#Ya no puedo recomendar El conde de Montecristo

A menos que creáis en vosotros mismos, nadie lo hará; este es el consejo que conduce al éxito. —John D. Rockefeller

Es media noche y me dispongo a interrumpir la lectura del que se ha convertido en un libro de cabecera como El Príncipe de Maquiavelo para Napoleón. Uno de esos libros que trascienden en el tiempo y te cambian los esquemas por completo. Ya sabe usted que suele decirse que uno es lo que lee. Desde hace poco mi admirado Edmon Dantés me ha trastocado la forma de pensar tanto como lo hizo hace unos meses Don Fabrizio. Y es una pena que sean estas las obras que más huella me están marcando cuando no puedo más que recomendarlas con cierta timidez en esta casa que es mi blog. El último, El Gatopardo, porque sé que no comprendería su mensaje, pues ni conocen en profundidad la decadencia de la nobleza en el siglo XIX, ni habrán experimentado como éste que firma lo que escribe el inexorable paso del tiempo cuando las manillas del reloj se hacen cada vez más pesadas. Tampoco puedo animarles a la lectura de El conde de Montecristo simplemente porque tiene mil páginas, y reconozco que no nos queda ni la paciencia ni el interés necesarios en los días que corren para devorar este plato, tremendamente nutritivo, pero demasiado copioso para sus delicados estómagos. En el mejor de los casos renunciamos a todo ello sustituyendo a uno y a otro, a los clásicos en general, por otras lecturas epidérmicas de las que no se pueden extraer grandes aprendizajes, de las que sólo entretienen con el dominio dudoso de la técnica literaria, sin dejar ningún recuerdo importante en nuestras memorias. Cuanto menos: una pena.

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javirroyo.tumblr.com

Y le hablo de Montecristo porque tiene mucho que ver con el tema de esta entrada, pues si algo enseña la obra de Alejandro Dumas es a ser paciente. La paciencia es una virtud y también una palabra que no existe en su joven diccionario, señorita. Permítame que me dirija a usted directamente. Porque desde que acabé la última clase llevo dándole vueltas a esto. Esa hora en la que un grupo de adolescentes de veintitantos me formaron revuelo en el aula como los ciudadanos franceses del Estado Llano lo hicieron durante la convocatoria de Luis XVI en los instantes previos a la Revolución. Así que son pasadas las doce y aquí ando garabateando el cuaderno con el propósito de seguir vendiéndole la moto, a mi edad, a mis años de docente. O sea, malditos justos de Sodoma que están hechos los viejos alumnos.

Porque las vueltas a las que hago referencia son las de siempre, las de mis primeros días cuando entro en clase y me presento tan convencido de lo que digo que hasta el predicador más anciano tendría dudas comparado con el mensaje que defiendo frente a la pizarra. Creo de un modo tan sólido en él que si estuviera frente a la Santísima Inquisición juraría y sin embargo se mueve como si fuera el auténtico Galileo Galilei. Pero quizás usted no sepa ni de justos de Sodoma, ni de hogueras inquisitorias que quemaban a amantes de la ciencia como Galileo cuando mantenía que todo el mundo estaba equivocado.

Galileo ante el Santo Oficio, por Joseph-Nicolas Robert-Fleury (siglo XIX).

Permítame que le diga que, son varios cursos ya, muchos centros, miles y miles de alumnos, y siempre es más de lo mismo. Y este que está aquí, que ha gastado algunas tizas, observa, analiza y detecta como un mecánico dónde está el fallo de motor, o los fallos, pues ojalá fuese sólo uno. Y a mi cabeza acuden recuerdos e imágenes pasadas tan vivas como si me encontrase delante de ellas transportado en el tiempo. Y rostros de viejos lectores y antiguos alumnos aparecen. Escenas que no se me borran, como si esta tarde en vez de llamarse Lucía se hubiese llamado Silvia o Estefanía, por citar un par de nombres de alumnas que lloraron por un suspenso en historia o porque no les parecía justa la nota. Y podría recitarle listas de chicos y chicas que hoy me dan la razón. Aunque habrá quienes de mí se hayan despedido creyendo que todo se debe a un asunto resuelto de un modo arbitrario: las cosas son así porque se me antojan y punto. Como si realmente fuese una persona maniática que se levanta con voluntad de fastidiarles por el supuesto goce que eso produce. Pues niet de niet.

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El Roto, en El País.

Qué fácil sería dejarme llevar por la corriente. Ya sabe usted: tirar la toalla. Porque le prometo que no es sencillo aguantar la presión. Tantos rechazos estos primeros días. A veces tanta miopía equivocada de quien no ve más allá que lo que le ponen delante. Y no le culpo, en el fondo es a  lo que nos tienen acostumbrados, enseñados, educados; a la inmediatez con la que se consigue absolutamente todo. ¡Ahora! ¡Ya! Y con suma sencillez, sin obstáculos, sin trabajo, sin esfuerzo ni sacrificio. Palabras prohibidas en esta sociedad decadente que ha perdido los valores necesarios para poder progresar, o al menos para no seguir hundiéndonos en esta mugre pestilente. ¿Quién las quiere? Aprenda inglés en dos semanas, adquiera unas abdominales increíbles sólo dedicando cinco minutos, consiga el trabajo de su vida obteniendo el graduado fácilmente. No me jodas.

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Testimonio como forma de anuncio en una web donde
aseguran sacarse la ESO en la mitad de tiempo que en
cualquier instituto.

¡Cómo nos venden la moto! Y cómo picamos insensatos. Qué forma de manipularnos y de dejarnos manipular. Cómo mordemos el anzuelo y tan panchos y contentos. Cuánto daño está causando esta estúpida sobreprotección paternal (y social) que nos ha terminado convirtiendo en unos completos gilipollas creyéndonos los cuentos que cuenta cualquier cantamañanas.

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Titular de 20minutos hace tan solo unos días.
(pinchen en la imagen para ver el vídeo)

Lo siento, pero yo digo lo que hay, como es, sin medias tintas porque renuncio a seguir engañándole. Así lo llevo haciendo desde que entré por primera vez en un instituto. Y así llevan agradeciéndomelo muchos alumnos desde entonces. Salvo aquellos que dicen que en la ignorancia vivían mejor, y también los que siguen sin darse cuenta, por inmadurez o por lo que sea. Supongo que no puedo asumir la educación de todos mis alumnos porque siempre hay ovejas que se apartan del rebaño, y porque una hormiga no puede luchar contra un elefante por mucha voluntad que le ponga. Pero orgulloso estoy de quienes supieron aprender cosas más importantes que la Historia.

En esta entrada quería decirte que sé de qué va esto, que sé lo que me hago, que si tienen dudas confíen en mí, pues mis antiguos alumnos, quiero pensar, que me avalan. Porque los grandes proyectos no se realizan en un día, y no conozco un proyecto más grande que el de su Educación. Al menos de esta manera lo asumo yo, no sé usted. De modo que comprenda que son demasiados los valores y demasiadas las técnicas que tengo que enseñarle para que en el primer control me apruebe, o me saque un diez. Si de entrada comenzásemos el curso obteniendo dicha nota poco sería lo que iba a aprender usted de mí. Reflexiónelo, hágame el favor.

A mis alumnos de antes gracias por haberos convertido en ese ejemplo que me dice que no voy tan desencaminado. Así quiero pensarlo. Y a los de ahora: paciencia, cuesta mucho trabajo, sacrificio y esfuerzo convertirse en antiguos alumnos. Pero si no creéis en vosotros mismos, nadie lo hará.

PD. La última frase es de una cita de John D. Rockefeller con la que he abierto este post. Hace varios años que la colgamos, junto con otras, en mi tutoría de 4º de ESO. Hoy muchos de aquellos alumnos son los primeros de sus familias que van a la universidad tratando de cumplir sus sueños.

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