Una niña en el Rif

De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias. 

Para situarles debo decirles que cuando llegamos al aldeorrio en aquel furgón desvencijado después de varias horas por caminos de tierra y arena, lo primero que nos dijeron es que las mujeres y las niñas no se acercan a los extraños; esto estaba muy mal visto en ese lugar por donde apenas pasaba nadie. En los últimos años poco más que un par de cooperantes de ONG pusieron el pie allí, trataron de hacer funcionar un servicio de lavadoras con energía fotovoltaica, y más tarde se enteraron de que las placas solares de la lavandería se retiraron para emplearse en unos nuevos televisores. Al parecer decidieron que entre seguir fregando a mano y ver la tele, lo primero les ahorraría tiempo, pero tiempo era precisamente lo único que les sobraba.

Sharbat Gula Steve McCurry

Sharbat Gula, refugiada afgana
Steve McCurry © 1984

Aquel fue mi primer viaje de recorrer carreteras y calles con mochila al hombro y cámara al cuello como el mayordomo del castillo que se cuelga la llave maestra. Era entonces cuando comenzaba a hacer fotografías, ya saben; que si encuadrar aquí, que si la regla de los tercios, que si el diafragma, la velocidad, el angular, tal… y de repente una niña salida de la nada irrumpió en mi visor. Debía de tener unos siete años y se acercó con la curiosidad propia de esa edad y la suma de vivir en un lugar olvidado, esos que todavía existen donde la distancia y el paso del tiempo te hacen más viejo y más antiguo que en cualquier otra parte. Esos lugares donde la vida pasa lenta, muy lenta; pero dejando marcas en el rostro tan tempranas como indelebles. Allí entre las montañas por las que cazcaleaba tranquila la quietud infinita, emigrante desde este otro lado del planeta en el que llevamos tanto tiempo volviéndonos locos.

Pero a lo que iba, decía que ni las niñas ni las mujeres hablaban con desconocidos. Esto lo habíamos comprobado con rapidez nada más bajarnos del furgón, pues a las primeras sólo las vimos jugando y correteando entre el chorro de críos que nos seguían constantemente, pero rehuían como palomas desconfiadas en una plaza pública. Y a las mujeres adultas, nunca vi más que a una en la casa donde nos acogieron. Es por esto que aquella mañana, yo sólo entre las montañas, al amanecer, aquella niña de siete años que se acercaba sin tapujos ni timidez me dejó helado. Se encontraba apacentando a tres o cuatro cabras del ganado familiar. Debía de haber madrugado bastante para este trabajo, pero imagino que andaría pensando en sus cosas, mirando al horizonte  preguntándose qué demonios habría tras el mar de cordilleras que la separaba de casi todo. Entre señales con las manos, mi escaso francés de bachillerato y sus dos palabras de español, aprendimos nuestros nombres. Observó la cámara con asombro y curiosidad, intentando trastearla en una lucha consigo misma entre el respeto hacia mí y los deseos de saber qué era el cacharro que llevaba encima. Captura imágenes, intenté explicarle. Tenía una Nikon F8, la de carrete, así que no podía hacer una fotografía y mostrársela en la pantalla. Sin embargo, debió de entenderlo a la perfección, pues enseguida se dispuso a posar permitiéndome retener una experiencia que comprendí al instante no iba a olvidárseme jamás.

Silvio Rodríguez, Ojalá. Concierto en la Plaza de la Revolución de la Habana (Cuba) con la gran orquesta de Jazz Afrocuba, 1989.

Siempre estará ligada esta canción a los niños de una aldea perdida de Marruecos donde acabamos dieciséis cooperantes y yo. Comprobamos entonces cómo el corazón de los más pequeños se encariñan a una velocidad mayor que la de un adulto.

A la tarde en nuestra despedida con la familia, entre comentarios y risas, una canción que salía del viejo casete comenzó a sonar sigilosa como esa mujer que se cuela en tu vida. Las notas tristes de una guitarra y una voz cansada y melancólica decía aquello de «ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo». Y de pronto alguien del grupo dijo: —Mirad, ¿habéis visto la cara de los niños?—. Estaban todos en fila, callados e inmóviles, allí con sus camisetitas sucias repletas de churretes, taciturnos. Nos íbamos y en sus rostros podía leerse perfectamente que nos íbamos. No hubo ninguno de nosotros a quien no se le encogiese el pecho ni evitase un nudo en la garganta. Fueron unos minutos en los que el silencio descubrió a Silvio Rodríguez en la Plaza de la Revolución de la ciudad de la Habana cantando «ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta» y todo aquello que me llevan de nuevo a este viaje cada vez que lo escucho.

Esta es una historia a la que le he dado tantísimas vueltas durante todo este tiempo. Es realmente difícil tratar de transmitir lo que uno siente cuando te suceden estos pequeños episodios por ahí perdido. Cuando uno tropieza con el choque de culturas, pero a la vez se consiguen romper por completo todas las fronteras. Ni siquiera el idioma o el sexo supone una barrera insalvable cuando los deseos de conocer nos empujan a partir en dos los grilletes a los que estamos sujetos. Esta es una historia de esas que por más que te afanes por vestirla con palabras, resulta insuficiente, como un plato cocinado al que no por muchos ingredientes consigues darle el sabor que buscas. Pero en definitiva, esta es una historia que el paso de los años no ha podido borrar su huella, porque me enseñó lo que puede ocurrir si decides darte un garbeo de los de verdad. Aún guardo en mi retina (y en la diapo que tomé) la imagen de aquella niña envuelta en las montañas del Rif sonriendo curiosa al mundo a través de mi cámara.

NOTA: La cabecera es una fotografía tomada desde el balcón del hotel España del pueblo de Chef Cahouen, Marruecos.

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