Un sombrero lleno de lluvia

Se habían sentado uno frente a otro de piernas cruzadas. En la playa, la arena húmeda por el rocío de la noche refrescaba la tibieza de aquellos cuerpos envueltos en sudor. En el mar, el reflejo azul de la luna chispeaba en un camino infinito.

— Valoras mucho lo que tienes. —Le dijo ella entre afirmación y pregunta.

— No tanto como debería. Pero sí, a veces comprendo la riqueza que poseo de disfrutar a ciertas personas que me rodean. Rememoro algo que dijo éste o aquél, y cuando entro en esos recuerdos se me escapa una sonrisa. Y creo que para eso vivimos. Lo más importante son los hermanos que uno elige, como decía Manuel Alcántara. O sea, los amigos. Porque la felicidad no es absoluta si no es compartida. A esta conclusión llega Christopher McCandless en su lecho de muerte. El chico que se fue a los bosques de Alaska en un viaje por la naturaleza salvaje intentando escapar de este maldito mundo y de todas sus posesiones. Hicieron una película: ‘Into the wild’. Magnífica.

La chica se quedó pensativa, sin desclavar sus pupilas en él. Sin duda esperaba algo más, intuía que aún había otro poco que sacar. Y medio inquirido, medio escrutado, al fin prosiguió:

— Porque el refugio de un hombre es eso que se esconde bajo el cuerpo de una mujer. Ésa que nadie señala, pero que nadie sabe cómo renunciar.

— Y lo dices tú que andas solo.

— Precisamente por eso. Porque estoy solo, pero no siempre fue así. —contestó.

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21 de agosto 2012. Amritsar, India.

Un sombrero lleno de lluvia es el título que me habría gustado ponerle a cualquier cosa. También lo es de una película pendiente por eso mismo, por el título.

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