#Telemierda

Es un tema muy manido. Quizás por eso creo no haber hablado nada en toda la historia de este blog, o haber hablado tan poco que no lo recuerdo. Y sin embargo, pienso que apenas se comenta ya precisamente por eso, por aburrimiento. Nos ganaron los malos y con razón, pues no se equivocaron cuando sabían lo que queríamos ver por la tele, cuando se dieron cuenta de que el menú bigcacadelavaca TV es lo que más pide el cliente que enciende lo que antes se llamaba ‘la caja tonta’ y ahora la llaman ‘la caja sucia’. Por eso me gusta hablar de telemierda, más que de telebasura. Hemos llegado a un grado tal que esto apesta de verdad y el reciclaje es imposible.

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El Roto en El País.

El caso es que quería comentarles un artículo que he leído hoy (esta entrada se publicó en blogspot el 27 de octubre de 2011) buscando información al respecto para enviar una reflexión sobre la educación a un periódico de Málaga. Me topé con él, y dije: voy a colgarlo en el blog por si a alguien le da por leerlo.

Léase por delante que no es esta una entrada pedagógica ni mucho menos. Por mi parte, ya lo he dicho más arriba, es un análisis de nosotros mismos. Es decir, somos así, no vengo aquí a convencer a nadie de que lo que ve en la tele suelta un hedor insoportable y te convierte en un mierda insalubre y hediondo. Ni siquiera creo eso porque, como digo, somos así, venimos con la peste de serie. Parece que el ser humano necesita ese morbo, ese menú bigcacadelavaca que alimenta nuestras vidas.

Pero vayamos con el artículo en cuestión. Es de Valentí Puig y podéis leerlo íntegro en La Vanguardia: Telebasura como sistema. Yo sólo citaré lo que me ha parecido más interesante.

Campos magnéticos indemostrables atraen el zapeo televisivo para que coincidamos con la más cruda confesión sexual desde los tiempos del marqués de Sade. Acostumbra a ser cosa de parejas que se echan en cara lo peor de sí mismos, lo más sórdido de su intimidad, claves tan enrevesadas como vulgares de su relación más pornográfica que erótica. El público del estudio jalea, según las instrucciones de los productores, interpela a gritos, ríe o vive un pasmo forzosamente transitorio porque las escenas van a gran velocidad y ya está contando su vida privada otra pareja y luego otra, con ese poder de fragmentación tan propio de la televisión. ¿A quién pueden importarle las prácticas sexuales de un matrimonio de la zona sudeste de la Península? Pues a bastante público, a cientos de miles de ciudadanos contribuyentes, legiones del homo videns que mascan una pizza margarita repantingados en el sofá.

Convertidos en uno de los países más permisivos de Europa, la confesión sexual logra en los platós de televisión un grado de crudeza que agradecerían los guionistas de Tarantino. Cuente los detalles de cómo su marido incumple sus deberes conyugales y tenga su minuto de gloria audiovisual.

Las madres aplauden a sus hijas adolescentes al oírlas contar en público sus aventuras sexuales. Eso se llama autenticidad.

Nadie va a descubrir a estas alturas que la telebasura corresponde a una sociedad que, por una ambigua relación y causa y efecto, aumenta todos los días su inmadurez y su irresponsabilidad.

Ocurre lo mismo con los juicios populares escenificados en un plató, en los que se dirimen asuntos sustanciales sin otro método que la agresión verbal y una clara degeneración de la idea de justicia.

La confesión íntima ante las cámaras tiene como consecuencia que quienes no la practican pueden llegar a ser sospechosos de actos privados de naturaleza inconfesable.

Cualquiera puede conjeturar sobre las monstruosidades ajenas al no haber límite a la exposición de lo íntimo. Va mucho más allá de la falta de respeto al otro o a uno mismo. Es como un banquete caníbal donde los secretos de los demás son el menú obligado.

¿No hay en todo eso un esbozo de inhumanidad? No es un rasgo menor de esa estructura sin límites entre público y privado que la televisión pueda ser genéricamente considerada –según Sartori– algo que produce imágenes y anula conceptos, y así atrofia nuestra capacidad de abstracción y nuestra capacidad de entender.

Bingo, queridos lectores. Ya lo decía, y no por descubrimiento personal. El acto de ver la tele es pasivo, el cerebro no trabaja. Y como éste es un músculo (o casi casi), como cualquier músculo, si no lo ejercitamos, se atrofia. O sea, que nos quedamos tontitos. Sigo con el artículo.

Es pusilánime querer ignorar que la televisión forma parte –deliberada o involuntaria– del sistema educativo. La hipermodernidad ha generado vacíos que la telebasura se apresta a colmar. De ser la televisión un barómetro del estado psíquico y moral de una sociedad, estamos tocando fondo. Sólo la ausencia de la pena de muerte en la ley impide a las productoras de telebasura competir por la audiencia televisando ejecuciones capitales en directo. Serían un éxito.

Es curiosa esa contradicción que encierra el ser humano. Ser capaz de lo mejor y de lo peor. Y hacer ambas cosas tan bien.

Todo esto me viene a la memoria aquel relato que les leí a mis alumnos de lengua llamado: Niños inteligentes, adultos necios. Algún día lo comentaré en el blog.

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