Si le gustan, no visite un museo (+18)

Los fotógrafos tratamos con cosas que se desvanecen sin descanso, y cuando han desaparecido no hay poder sobre la tierra que pueda hacerlas regresar. Es imposible revelar e imprimir un recuerdo.

Henri Cartier-Bresson, The Decisive Moment, 1952.

Cuando escribo estas palabras en mi cuaderno de viaje me encuentro en la Biblioteca Pública de Nueva York, o sea, en la Library Public. La Library Public es un edificio espectacular, de fachada clásica con columnas colosales de orden jónico. La primera vez que me topé con ella me invadió una sensación extraña por lo familiar. Resultó que allí se rodó la famosa escena de Spiderman en la que Peter se despide de su tío diciéndole que tiene que hacer un trabajo del instituto, cuando en realidad iba a una especie de lucha libre o algo así.

Estoy acabando este viaje a la Gran Manzana y después de mucho andar me he detenido en este lugar tranquilo y silencioso; tan tranquilo que los hay que duermen sentados con un libro o directamente delante del portátil. Nueva York en este sentido me recuerda un poco a la India, la gente hace ciertas cosas en la calle o en lugares públicos que en España yo no estoy acostumbrado a ver. Digo España como si fuese una ciudad, un pueblo; cuando la realidad es a veces tan diversa que siempre erramos con los tópicos.

Pero a lo que vengo con esta entrada es a desahogarme porque, de verdad, si le gusta el arte no vaya a un museo. Llevo visitándolos desde hace suficientes años como para saber cómo funcionan la mayoría. Prácticamente en todos los países en los que estuve, y ya van algunos (Roma, París, Madrid, Berlín, sólo por escoger algunas de las grandes capitales) cada vez que entro en uno me desespero enormemente, pues es increíble el grado de imbecilidad que hemos alcanzado con este desarrollo (sic) de la tecnología que nos ha cogido por los… por los mismísimos.

Aquí en Nueva York anduve por el MoMA, el Guggenheim y el Museo de Arte Metropolitano, entre otros y me pregunto para qué demonios entra la gente en ellos si en vez de comprender, sentir y disfrutar de sus obras, se dedican en exclusividad a ametrallar con la maldita cámara de fotos cada cuadro, escultura, foto, piedra, caca de perro que ven, no ya directamente con sus ojos, sino a través del visor del cacharro. O sea, que van brazos en alto andando por las galerías con el punto de mira fijo en la pantallita o llevándose ésta con inusitada frecuencia como quien chupa un piti soliviantado. Es como si pretendiesen convertir la memoria de su cámara en la suya propia; eso es imposible. ¿Por qué ese afán de pretender poseerlo todo? Y cuando digo todo, me refiero a absolutamente todo.

Estoy empezando a odiar los museos porque estamos convirtiéndolos cada vez más en el lugar menos adecuado para disfrutar del arte. Yo sé que queda muy chic hacerse una foto con la Gioconda detrás, las Señoritas de Avignon o la piedra Rosetta, para decir: «mira, yo he estado aquí. Qué guay soy, he estado ahí». Pero chaval, no tienes ni pajolera idea de qué significa, y mucho menos comprendes, a Leonardo, Picasso y el cubismo, o Mesopotamia por poner un par de ejemplos. Y el problema no es ese, sino que así no vas a enterarte nunca, aunque claro, imagino te importará un huevo de pato, pues al fin y al cabo estás aquí dando morcilla para vacilar en el «feisbu».

Elliott Erwitt - Museo de Nueva York

Elliott Erwitt – Museo de Nueva York

Pero déjame que te diga que eres tan palurdo que crees que pareces «guay» porque te haces una foto delante de los montones de cabellos de todos esos judíos asesinados en Auschwitz, y sin embargo, aunque conoces que allí mataron a tela de gente no sabes realmente qué carajo significa el holocausto porque confundes el souvenir como sería hacerte la fotito en la Torre Eiffel o en la estatua de la Libertad con faltarle al respeto a las víctimas del genocidio nazi.

Y no es que me preocupe demasiado esta estúpida moda (que me temo nunca va a extinguirse como a punto estuvieron los del pueblo de Yahvé) de creerse alguien sólo porque estuviste allí y por eso vas contando a cada instante a qué te huelen las flatulencias. Niet. Lo que me enerva, tontolaba, es que cuando me detengo delante de un Pollock, un Mondrian, Miguel Angel, Picasso o cualquiera de los que estén colgados ahí dentro, tu estúpida cara me estorba porque la carne de burro no se trasparenta. No sé si me comprendes. Entonces me distraes, no sólo tú, que si fueras el único estaríamos salvados, pero el problema es que imbéciles como tú tenemos a toda una turba que se dedican a hacer diez fotos en cada una de las obras, inmersos todos vosotros en esta diarrea visual de la que ya habló un tal Jim Fox. Intenta comprender con tus cortas luces, que asimilar la complejidad de algunos artistas no es cuestión de segundos; es igual que el sexo, requiere su tiempo para poder detenerse y gozar de cada rincón.

Porque un museo debe ser un lugar tranquilo, silencioso, sin aglomeraciones, en el que esté prohibido hacer fotos (nos lo hemos ganado a pulso) porque para eso ya está Internet y los catálogos que venden en la tienda esa que hay al final donde tú sólo compras postales, tazas y camisetas. Si no, es imposible disfrutar ni aprehender. De modo que cuando estés poniendo morritos delante del Guernica, las lanzas o los fusilamientos del Dos de Mayo; recuerda que yo de quien me estaré acordando es de tu madre.

Ambas fotografías, tanto la de cabecera como la que se encuentra entre mis palabras, son del genial fotógrafo de la Agencia Magnum Elliott Erwitt. Siempre he pensado que lo más absurdo que podría hacerse en un lugar destinado al arte como es una sala de exposición o un museo, es negar el arte prohibiendo hacer fotos. En PhotoEspaña 2009 me indignaba que no dejasen sacar mi cámara para ello. Sin embargo, como he explicado, nos estamos ganando a pulso el hecho de, si prima la cordura, nos prohiban hacer fotos. He leído que en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz así será. Ojalá, nunca sentí más indignación por pertenecer a la misma raza que aquellos imbéciles que se fotografiaban junto a las alambradas y enseres de las víctimas que allí perecieron. Incluso ante la prohibición exclusiva en tales lugares concretos.

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