Si esto es un hombre de Primo Levi

Foto: presos del régimen fascista alemán en un barracón de uno de los campos de concentración nazis.

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros / En vuestras casas caldeadas / Los que os encontráis, al volver por la tarde, / La comida caliente y los rostros de los amigos:

Considerar si es un hombre / Quien trabaja en el fango / Quien no conoce la paz / Quien lucha por la mitad de un panecillo / Quien muere por un sí o por un no.

Considerar si es una mujer / Quien no tiene cabellos ni nombre / Ni fuerzas para recordarlo / Vacía la mirada y frío el regazo / Como una rana invernal. / Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras. / Grabadlas en vuestros corazones / Al estar en casa, al ir por la calle, / Al acostaros, al levantaros; / Repetídselas a vuestros hijos. / O que vuestra casa se derrumbe, / La enfermedad os imposibilite, / Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Así comienza Si esto es un hombre de Primo Levi.

Algunos ya saben que hace un par de veranos estuve en Berlín pasando unos días de vacaciones. Aparte de ver la ciudad y venirme a España con la sensación de haber disfrutado de una de las capitales más interesantes de Europa, y quizás del mundo, —por su historia y su rica vida cultural—; pude visitar el campo de concentración de Sachsenhausen.

La mayor parte de los campos de concentración o de exterminio nazi que se conservan, han adoptado un aspecto más o menos parecido al de un museo: están bien cuidados, algunas zonas han sido restauradas y, sobre todo, se exhiben los enseres, ropa de uniforme y calzado, o sea, los pijamas de rayas de los judíos como se dice en la novela de John Boyne. También se exponen fotografías de la época en que estuvieron activas esas cárceles del dolor, o sea, funcionando, o sea, cámaras de gas abiertas escupiendo Zyklon B por un tubo y asesinando judíos a mansalva.

Como decía, los campos de concentración o «Lager» impresionan en la actualidad, aun con este nuevo cometido que han recibido para que no caiga en el olvido el episodio más infame que ha tenido lugar en la historia. Sin embargo, después de su visita a uno le quedan lagunas de información, un inmenso océano, diría yo. Y quizás también lagunas de sentimientos o emociones acerca de lo que pudo haber sido todo aquello del holocausto y del exterminio judío. Por mucho que se quiera, quienes no hayamos estado allí no terminaremos por comprender su significado. Y desde luego, mucho menos si nos dedicamos únicamente a ir de turista cámara en mano. Acaba uno haciéndose fotos como un imbécil en la alambrada donde cientos de häftling (cautivos o presos) murieron; intentando escapar, empujados por los SS para conseguir unos días de asueto, o simplemente como otra forma más de quitarse la vida. Uno se pasea sin comprender nada de lo que allí sucedió, confundiendo Sachsenhausen, Auschwitz o Mauthausen con Disneyland, Portaventura o Isla Mágica y la madre que los parió. Inmortalizándose sonriente como un tontolaba para colgarse la foto en su perfil de los tuentis y facebooks. Digo esto porque es necesario ampliar conocimiento para tener una idea más cercana de lo que es un campo de concentración y no frivolizar con ello.

Así que entre tanta literatura que se ha escrito al respecto, aquel día que visité Sachsenhausen, me compré un par de libros. El primero es una especie de catálogo de los editores Günter Morsch y Astrid Ley sobre el propio campo de Sachsenhausen, y el segundo, que es del que quiero hablarles, se trata de Si esto es un hombre del italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz, Polonia. Creo que es una obra esencial para intentar concebir en la medida de lo posible, todo aquel horror que debieron de soportar los hombres y mujeres, cuando dejaron de ser precisamente eso: hombres y mujeres. De ahí su título: «Si esto es un hombre». Como se cuenta en él, les despojaron de todo signo de humanidad para tratar de convertirlos en otra cosa que no fuesen hombres, «no hay donde mirarse, pero tenemos delante nuestra imagen, reflejada en cien rostros lívidos, en cien peleles miserables y sórdidos. Ya estamos transformados en fantasmas que habíamos vislumbrado anoche.

Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca.

Sabemos que es difícil que alguien pueda entenderlo, y está bien que sea así. Pero pensad cuánto valor, cuánto significado se encierra aún en las más pequeñas de nuestras costumbres cotidianas, en los cien objetos nuestros que el más humilde mendigo posee: un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida. Estas cosas son parte de nosotros, casi como miembros de nuestro cuerpo; y es impensable que nos veamos privados de ellas, en nuestro mundo, sin que inmediatamente encontremos otras que las sustituyan, otros objetos que son nuestros porque custodian y suscitan nuestros recuerdos.

Imaginaos ahora un hombre a quien, además de a sus personas amadas, le quiten la casa, las costumbres, la ropa, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad. Comprenderéis ahora el doble significado del término ‘Campo de aniquilación’, y veréis claramente lo que queremos decir con esta frase: yacer en el fondo».

Y en mitad de todo esto, en mitad de la nada, al final de los más oscuros infiernos donde aflora la más triste realidad de la condición humana… en mitad de todo ello, de nuevo, el hombre en su esencia, rescatando entre tanta inmundicia la diferencia con el resto de los animales, cubriendo el deseo que sólo a hombres y mujeres le corresponde:

«La necesidad de hablar a ‘los demás’, de hacer que ‘los demás’ supiesen, había asumido entre nosotros, antes de nuestra liberación y después de ella, el carácter de un impulso inmediato y violento, hasta el punto de que rivalizaba con nuestras demás necesidades más elementales; este libro lo escribí para satisfacer esa necesidad; en primer lugar, por tanto, como una liberación interior».

Qué maravilla.

Nota: Vieja entrada en blogspot (23/04/2011).

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