Retrato de autor: la íntima identidad

Si buscamos en Google las fotos de Marilyn Monroe que hizo Richard Avedon, entre todas destaca una en la que aparece con la mirada perdida. Nada tiene que ver con las que le tomó Tom Kelley para el número uno de la revista Playboy. A diferencia de aquellos posados sin ropa, Avedon supo cómo desnudar emocionalmente a su modelo, quedando ensimismada e inmortalizando así un momento de suma intimidad.

Aunque no sabemos si un retrato puede o no ser reflejo de lo psicológico (no al menos de manera definitoria), la fotografía consiste en el juego de leerlo formulándonos preguntas. Nos detenemos en imágenes que exudan incertidumbres. ¿Acaso, por esa foto, nos atreveríamos a defender que la protagonista de La tentación vive arriba era una mujer apesadumbrada, que le preocupaba algo…? ¿Podríamos deducir algún indicio de su futuro suicidio? Apenas son conjeturas. Por tanto, todo lo que nos queda es jugar con el resultado de someter lo real —en este caso una persona— a nuestra cámara. Decía Garry Winogrand que hacía fotos para ver el mundo a través de ellas. Sabemos que toda imagen puede provocar sensaciones subjetivas muy diversas. Aquellas que lo hacen con el rostro y el cuerpo humano son interesantes tanto para el extraño como para el propio modelo. Mirar y mirarnos impresos en papel, ya sea en un fotolibro o enmarcados en un cuadro, es un ejercicio recomendable dentro del proyecto vital de descubrir quiénes somos.

Portada del libro de Garry Winogrand: Women are beautiful (1975)

El buen retratista siempre ha perseguido los rasgos singulares del individuo, peculiaridades físicas y psicológicas. Centrarse en aquello que lo diferencia para tildarlo como especial. Representándolo, además, en escenarios variados para disfrutar de múltiples perspectivas y situaciones, a saber: combinando con ingenio luces y sombras para moldear el rostro, recogiendo sus gestos en acciones cotidianas —o quizás no— como beber un café; incluyendo objetos personales ya sea un adorno o la misma ropa; exponiendo en encuadres inusuales que buscan sin respiro la belleza; captando la poesía contenida en primerísimos planos que fijan la mirada sobre una cicatriz, un obligo, una ceja… qué sé yo. El mundo de la pintura está cargado de grandes ejemplos, desde los antiguos griegos hasta las vanguardias del siglo XX; pasando por Giotto, los Van Eyck, Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Botticelli, Leonardo, Durero, Murillo, Zurbarán, Louis David, Delacroix, Gericault, Velázquez y Goya, Monet, Renoir, Degas… Artistas que bucearon en la psicología del sujeto, y ahondaron en el estudio y uso de la luz, en cómo incidía para enriquecer las facciones y sugerir impresiones diversas.

Autorretrato, Francisco de Goya (1815)

Volviendo al terreno fotográfico, la primera conquista como retratista (quizá la que más nos deba importar) ha de centrarse en hacerle olvidar al modelo la presencia de la cámara. Por momentos, olvidar incluso al mismo fotógrafo. Si es cierto que podemos recoger en una foto los aspectos psicológicos, esto sólo ocurrirá si somos capaces de perder la percepción de que nos están fotografiando. No hay otra fórmula para lograr la naturalidad en la pose. Existen muchos métodos (Avedon lo consiguió fatigando a Marilyn después de varias horas de sesión), pero en cualquier caso resulta imposible sin establecer una relación de confianza y cercanía con la persona retratada. Nadie se abre emocionalmente a un desconocido, y si esto no sucede la foto no es sincera, no tiene ese halo que le dota de honestidad. De modo que, la mayor dificultad —superada la fase técnica—, se encuentra en la capacidad de acercamiento y empatía.

Autorretrato de torso, front. John Coplans (1984)

¿Y el desnudo? ¿Dónde tiene cabida? Un cuerpo desnudo dice soy así, así me reconozco. El hecho puede significar una pérdida, pero también una liberación. El desnudo es quitar el velo protector que cubre a la persona. Quizá represente indefensión, pero también aceptación. En todo caso, íntima identidad. Su razón (y su impacto) radica en la percepción cultural que tenemos al mostrarlo, el celo de destapar aquello que no suele salirse de la esfera de lo más íntimo. Cosa, por contra, que no ocurre en muchas comunidades tribales. Así, siendo la íntima identidad la suma de todas las partes, tanto emocionales como físicas —el rostro, las manos, los pies, los labios, los senos, el pubis, las arrugas y los vellos de las orejas, también los genitales, el tobillo, las uñas, la lengua, los dientes, y la nariz…—, parece evidente que el modo de lograr una representación tan personal de nosotros y de lo nuestro, pasa necesariamente por desnudar aquello que normalmente nos reservamos. Los autorretratos de John Coplans son excepcionales en este sentido, una entrega completa a la fotografía en todos los sentidos. Y es que, a través de ella intentamos que se produzca una comunión entre lo interior y lo exterior, lo emocional y lo físico, el reflejo de lo primero con la materia prima de lo segundo. Esta fórmula de retrato de autor que estoy empeñado en definir, el desnudo en sí mismo no tiene sentido, pues no solo buscamos las formas sugerentes que éste nos ofrece como lo haría Edward Weston. Pero prescindir de algunas partes del cuerpo, sugeridas en la foto o mostradas de forma explícita según el caso, supondría renunciar a uno de los elementos esenciales que completan la íntima identidad en este tipo de retrato.

Edward Weston, Nude (1934)

En suma, recoger en una sesión fotográfica un trabajo que contemple todas estas cuestiones  no es más que encerrar en un libro un texto escrito con el cuerpo humano; de interés polisémico, de múltiples y ricas interpretaciones; las del extraño espectador, las del conocido y las de la propia persona fotografiada. Una obra en la que no solo tiene cabida el reconocimiento del sujeto que se observa a través del prisma de la cámara: así me veo; sino en la que cabe también el descubrimiento que nos regala la fotografía: no me veía así.

Como modelos y protagonistas de una foto, la pregunta no es si podremos exponernos de tal o cual modo. La pregunta es si queremos participar en el ejercicio de una creación fotográfica. Algo mucho más sugestivo que mirarnos al espejo.

NOTA: La foto de cabecera pertenece a David Lynch de quien tenéis enlace a algunas de sus fotografías de desnudo: David Lynch, Nudes.

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