#Recuerdos

Recuerdo hace años, cuando anduve de prácticas de esto de darle a la tiza y tal, que tenía un par de grupos en cuarto de la eso. Para variar, la lucha fue la de siempre; la misma que cuando comencé como interino dicharachero recorriendo el desolado mapa andaluz. Me refiero a eso de tratar de transmitir hasta que se aprendan una serie de instrumentos básicos para el estudio; consabidas inquietudes aparte, por supuesto.

Que si esquemas por aquí, que si apuntes por allá, que si nene usa el diccionario, que si no te olvides de comprender bien lo que lees, patatín y patatán. La cosa es que después de uno o dos trimestres y varias luchas, una mañana me vino uno de los alumnos de mi tutoría. Un chico de quince años con granos en la cara. Nunca había sacado muy buenas notas, supongo que como cualquier joven de su edad sus intereses iban por otro lado. Conmigo había suspendido un par de controles, que aunque aviso siempre, nadie escarmienta en cabeza ajena. El entorno de aquel centro era rural, por lo que los muchachos no tenían demasiada curiosidad por estos saberes (sálvese el que pueda). Pero como les decía, aquel día este chaval me vino a hacer preguntas concretas de la asignatura. Traía una libreta con apuntes, resúmenes y esquemas. Parecían trabajados, estaban subrayados y contenían anotaciones en lápiz. Quizás lo habría hecho en clases particulares, qué sé yo. Pero lo que a mí me importó fue que sus dudas se centraban en cuestiones de comprensión y alguna que otra de enfoque, en plan: «no sé si sería mejor hablar primero de la Revolución Rusa o de la entrada de EE.UU. en la guerra», «qué opinas, Rafa, sobre la relación de la primera con la segunda guerra mundial», cuestiones de este tipo como digo.

Después de aquello, recuerdo que me dije: otro que ya está preparado para echar a volar, esta es la actitud que pretendo con mis alumnos, la que debieran tener si quieren formarse en lo que sea para tratar de conseguir algunas papeletas en lo de triunfar en la vida. Han sido tantos los que han pasado por mis aulas sin dominar ninguna técnica o hábito para el estudio que cuando tan temprano he comprobado cómo comienzan a trabajar adecuadamente me siento que les he aportado algo importante. No es raro que en el transcurso de los años me encuentre antiguos estudiantes que me agradecen lo insistente que fui con la elaboración de los esquemas o el uso del diccionario. Incluso los hay en la Universidad que me reclaman para que les aconseje cómo afrontar los exámenes con éxito o les ayude en la entrega de trabajos.

Y a pesar de todo, la historia de este alumno, por lo que sé, se torció en el camino y no quiso continuar sus estudios de bachillerato. Tenía problemas en casa y cuestiones que se nos escapan a los profesores. Unos padres divorciados y situaciones de este tipo que no ayudan en absoluto y que sabría cómo superar. Aunque políticos y pedagogos imbéciles quieran atribuirnos la resolución de todos los problemas del sistema educativo español, existen otros condicionantes que influyen en el estudiante. Muchos asuntos en los que no tenemos mano. La familia es el primero y más importante, pero también está el conjunto de la sociedad transmitiendo una serie de valores que son opuestos a los que se supone deberían practicarse en las escuelas.

Por ello, cada vez que leo o escucho que los responsables del fracaso escolar somos los maestros y profesores, que haciéndonos más eficientes y tirándonos de la oreja vamos a mejorar este fiambre en el que han convertido la enseñanza; de lo que me entran ganas es de ciscarme en la madre de algunos, porque no tienen ni puta idea.

FOTO: Niños jugando en las calles de Nablus, Palestina (enero de 2012)

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