#Quién era Robert Capa

Cuando hablo de Robert Capa pocos de ustedes saben a lo que me refiero. No les culpo, debieran haber hecho antes un par de deberes para comprenderme. El primero es sencillo: leer algunas de sus biografías, o quizás de sus memorias. El segundo es más complicado: haber amado a alguien.

Para mí Robert Capa fue una persona que pasó la mitad de su vida resignado por haber perdido a Gerda Taro. Y lo paradójico de todo esto es que era consciente de que lo suyo con la alemana era un amor imposible. La fotógrafa era mucho más «Robert Capa» que el propio André Friedman. Era más promiscua y más libertina que él. Y —como diría Sabinay sin embargo, te quieeerooo…

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Pero no es sólo porque Robert Capa pasó su vida vagando entre todas las mujeres que le salieron al paso huyendo de los recuerdos de Gerda. El fotógrafo húngaro, como ya he dicho en otra ocasión en palabras de su hermano Cornell, supo sacarle a la vida todo lo que ésta podía darle. Incluidas las dudas.

Si tuviese que rescatar un concepto que resumiera lo que significa vivir, su esencia, me refiero a vivir de verdad, no se me ocurre otro que el del amor, la filia. Piensen qué si no es la vida al fin y al cabo. Estamos aquí para amar (ni siquiera para ser amados) y eso es algo que no podemos renunciar. La esencia del amor es esa: no poder renunciar a ello.

Un amante de la literatura jamás pondrá excusas para no leer, no sabe. Un amante del cine nunca dirá: no tengo tiempo para ver esa película. Un amante del teatro ahorrará hasta el último céntimo si no tiene dinero para ver la obra que tanto desea. Quien tiene la vocación en el periodismo no sabe hacer otra cosa que la de informar y dejarse su pellejo en ello. Quien tiene adicción a la tiza no puede dejar de enseñar a quienes les preste atención. Al que le guste escribir, podrán pasar días, pero nunca habrá un sólo mes en el que no haya garabateado nada sobre las hojas de su cuaderno. El deportista que ama su deporte entrena horas y horas, e incluso cuando se retira del terreno profesional, seguirá practicándolo o buscará otro papel como entrenador o comentarista en la prensa. La vocación es también eso: amar lo que uno hace.

Y un amante de una mujer nunca sabrá renunciar a ella.

Capa no supo renunciar a Taro, o a la idea que de ella le quedó. Y esa es la misma imagen que tengo de este fotógrafo, la de alguien perdido, con tremendas dudas vitales: el amor, la vejez, la muerte, la guerra, la amistad, la política, el odio, el dolor ajeno… la condición humana, en suma.

Robert Capa era un disfraz confeccionado por su propia amante para poder soportar todas esas dudas y temores. Por eso era un borracho y un putero que bañaba en alcohol la ausencia de sentido de todo lo que hacía cuando había dejado de creer en ello. Así llegó a ser un descreído cuando comprobó que la lucha contra el fascismo había perdido toda norma. Cuando se dio cuenta de que en las guerras ya no quedaban buenos y malos. Cuando vio que a la gente le importaba un cuerno lo que ocurría en los lugares olvidados del planeta.

Murió prematuramente, para realzar el mito y la leyenda. Con 41 años. Relativamente joven.

Por eso me gusta Robert Capa, porque vivió encerrado en sus dudas y en sus decepciones, personales y vitales. Un personaje decadente barnizado por una patina de glamour como si fuese un gran actor de Hollywood.

Así es la imagen que tengo de él y que tanto admiro. Además de otras tantas cualidades que no es el momento ni el lugar de intentar explicarles a ustedes.

Algunas lecturas recomendadas:

  • Ligeramente desenfocado de Robert Capa.
  • Robert Capa, la biografía de Richard Whelan.
  • Sangre y champán de Alex Kershaw.
  • Gerda Taro, la sombra de una fotógrafa de François Maspero.

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