No quiero nada con Robert Capa

A pesar del título no es este otro post sobre el fotógrafo húngaro. Al menos no del todo. —«No quiero nada con Robert Capa»— fue lo que me dijo una chica que conocí la otra noche. Había oído que la foto del miliciano estaba trucada, a lo que respondí: pero tiene más, cubrió cinco guerras, estuvo a punto de morir en todas ellas, fue herido, cayó enfermo, combatió codo con codo con los soldados, fue el único periodista en el primer batallón que arribó en las playas de Normandía el día D… Niet: «No quiero nada con Robert Capa».

Aquello me hizo pensar otra vez en cómo somos y en cómo nos han vendido la moto con todas esas historias simplistas de superhéroes imposibles, de moral intachable, sobrehumanos. Toda esa literatura epidérmica a la que nos han acostumbrado. En estos tiempos incluso es que traspasa lo espiritual para adueñarse de lo físico con esos cuerpos «danone» perfectamente cincelados a base de horas en el gym. La búsqueda de la perfección en todos los sentidos, como si alguien pudiera decir que nunca ha pecado. Como si esa falacia existiera en alguna parte. Pero es que además, este requisito moral suele atribuirse con frecuencia a los periodistas, y en ello quiero centrarme ahora para ponerlos como ejemplo, por ser algo que comprendo aún menos. Quiero decir, como ejemplo de que en esta vida no le perdonamos una al prójimo y a la prójima.

No sé por qué tenemos idealizados a los plumillas, de texto o de imagen. Éste que escribe también lo hace. Últimamente no tanto, cierto es; pero suelo creer que muchos pueden aportar más de lo que pueden, que tienen más razón de la que tienen, que porque mueven su culo de un lado a otro cruzando tierra hostil y fuego siempre enemigo, todos poseen la suficiente inteligencia para hacer uso de esa visión aguda y escrutadora capaz de adivinar la respuesta a las grandes preguntas de la condición humana, de la política, la economía. Y no. Mejor uno acude a los clásicos o a periodistas escogidos, porque a muchos les falta cocción y a otros los ingredientes intelectuales necesarios para regalarnos esa mirada lúcida a la que me refiero, a la que anhelo. Muestra de ello es el comentario que publicó hace poco Manu Brabo en su «feisbú» sobre las fotografías que hace la gente en las manifestaciones. Y eso que hablamos de uno de los dos Pulitzer que ha dado este país. Pues no puede estar más equivocado con sus palabras. Claro, que el prestigioso premio lo recibió por lo que muestra con su cámara, no por lo que piensa y dice por su boca.

Pero volvamos a la moral del periodista, de la persona. No comprendo por qué habría que tachar toda la obra de Robert Capa sólo porque el miliciano fuese una farsa. Magnum tiene bajo llave los misterios que rodean a este icono, y Richard Whelan, su biógrafo oficial, antes de morir nunca desveló nada acerca de ella: «Tal como intentaré demostrar aquí, la verdad sobre El soldado caído no es ni blanca ni negra. No es ni la fotografía de un hombre fingiendo haber sido disparado, ni una imagen tomada durante lo que normalmente consideraríamos el punto álgido de la batalla.»  (Esto es la guerra. Robert Capa en Acción, publicado originalmente por el ICP de New York con motivo de una exposición itinerante a la que pude asistir en el Museu Nacional d’Art de Catalunya en 2009). Tampoco lo hizo Alex Kershaw en Sangre y champán, ni consiguieron decir nada definitivo Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer en un documental excelente llamado La sombra del iceberg. Cuando se le pregunta John G. Morris dice que Capa nunca quiso hablar de aquella fotografía. Yo creo que primero cabría que aclarar en qué términos lo fue; es decir, en qué medida se dice que es falsa o preparada. No es lo mismo que intencionadamente la mandase a la revista para “colarla”, a que fuesen unos fotogramas claramente identificables como secuencias “preparadas”, y que luego el editor de Vu (revista donde fue publicada por primera vez el 23 de septiembre de 1936) decidiera publicarlas como una acción real de la batalla. Mi hipótesis es que esto último fue realmente lo que ocurrió. Y vale, Capa no dijo nada, ¿y qué? No es por defenderle, pero qué iba a espetar un chaval de veinte años que trataba de sobrevivir jugándose el pellejo en una guerra que ni le iba ni le venía más allá de lo que quieren hacernos creer que fue la lucha contra el fascismo. ¿Acaso uno puede decir que en tales circunstancias lo habría desmentido? —No, miren, esa foto no es real. Es un soldado republicano que está haciendo unas simulaciones—. Menuda insensatez.

Ahora nos quejamos con ardor porque nos han obligado a emigrar a Inglaterra o Alemania a trabajar y dejar nuestro país, y nos escandalizamos porque en 1936, con la que estaba cayendo, un fotógrafo que no tenía prácticamente qué comer, que solía robar cruasanes en los desayunos de las cafeterías, que huyó de Budapest perseguido por el régimen de Miklos Horthy, que hubo de hacer lo mismo en Berlín con un tal Adolfo Hitler, y que se encontraba más solo que un perro en esta perra vida; como digo, con todo eso, no dijo: —perdonen, esta foto está preparada—. ¡Vamos, hombre! Parémonos a pensar un poco. Los héroes de verdad son personas de carne y hueso, con sus miserias, como cualquiera. Lo que les hace diferentes es que en suma puede decirse que merece la pena apoyarles porque en algún momento de su vida han hecho algo admirable y viven con cierta dignidad. Y precisamente, ninguno de ellos lo hace aliviado de sus propias miserias.

Para mí Capa no fue ningún héroe. Hizo muy bien su trabajo, eso es todo. No tengo ni la más remota idea de si fue mejor o peor persona, pero me importa un huevo de pato. Sus circunstancias fueron las que le llevaron al tipo de vida que sufrió, a registrar en una cámara la miseria humana. Pero por interés e inquietud personal, como todos. Que hay parte de lucha, de denuncia, de estar hasta los cojones de que pasaran —y pasen— estas cosas; claro. Pero un periodista no es un alma caritativa, ni tiene por qué serlo. Y eso no es óbice para dejar de admirarles, ahí está el verdadero asunto y lo romántico de todo esto. Lean la biografía de Robert Capa y se darán cuenta de ello.

Queridos amigos, lo demás son cuentos de Disney, de películas inverosímiles. Enamorarse del guapo de la clase es muy fácil, lo complicado es hacerlo del que no sobresale a simple vista.

Comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.