Mrozek para principiantes

Hacía tiempo que después de leer uno de los relatos que contiene este librito en Jot Down sobre la revolución no pude resistirme a comprarlo. También le regalé otro a Pepa Cabello. Igual ya hablé de él en alguna entrada anterior. Me suena que lo mencioné.

Portada de La vida para principiantes de Slawomir Mrozek con ilustración de Chaval.

El caso es que lo tenía a medio terminar. Es corto, pero como ya me conocen, soy un lector promiscuo y combino, alterno y engaño a varias novias que tengo. El otro día intenté poner orden y colocar a algunas en las estanterías. Me salió un anaquel entero de libros a medio terminar. Por lo que sea, algunos se me agotan en el trayecto y corto relación. Ojo, sólo hablo de terminar, no de aquellas que he empezado y no llegaron ni al segundo café.

La gente se obstina en acabarse un libro cuando lo empieza como si debiese comprometerse con él. Deberían leer Como una novela de Daniel Pennac para que se les quite ese remordimiento absurdo. Dámaso Alonso dijo más o menos: Están los libros que has leído, los que te vas a leer y los que nunca te leerás; pero todos abrigan. Yo añadiría: y los que has empezado y abandonaste esperando a que llegara ese momento para acabarlos. O sin esperar. La cosa es coquetear con ellos y dejarse seducir, luego ya se verá hasta dónde llega uno. Si se queda en la primera cita o pasa a palabras mayores.

Bueno, sigo. Como saben ya por las últimas entradas, La vida para principiantes cayó en mi mochila de viaje a Barcelona, y de camino en el avión terminé de zamparme las historias que quedaban de Slawomir Mrozek, su autor. Unas me resultaron más interesantes que otras, pero sobra decir que este escritor es un auténtico genio que en cada una de ellas te obliga a reflexionar inevitablemente.

Este dramaturgo polaco que actualmente vive en Cracovia (hasta puede que estuviese cerca de él cuando visité esta maravillosa ciudad), me ha dejado con ganas de él. Es tan pesimista: No creo que se me agoten los temas, porque no estoy de acuerdo con nada —dice, y tan descreído: Podía simpatizar con el sentimiento revolucionario y con su rabia, pero no con sus programas, —continúa— como yo. Lógicamente vivió episodios muy duros de persecución soviética y hubo de exiliarse. Habrá que seguir indagando. Prometo secuestrar otro libro suyo si se atreve a retarme. Tango, Emigrantes o Striptease presentan unos títulos que uno no sabría decirles que no con dos copas de más. El elefante ya me resulta un poco pesado, pero no lo descarto.

Pero lleguemos a un trato. Les pongo aquí una de esas narraciones cortas incluida en La vida para principiantes, la que leí en el citado magazine, y en entrada posterior les comento también la ilustración de su portada.

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese ‘cierto tiempo’. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez ‘cierto tiempo’ también se mostró impotente.

Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio —es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

La revolución, de Sławomir Mrożek. Perteneciente a la obra La vida para principiantes. © de la traducción, 1995  Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles y Quaderns Crema S.A.U. Y la pueden encontrar también en jotdown.com.

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