Mi verano Robert Capa

Robert Capa por Myron Davis

Ligeramente desenfocado es el libro que recoge las memorias de Robert Capa durante un corto período de su vida, aquél en que fotografía la segunda guerra mundial. De entrada, es mi libro de cabecera. Lo he regalado en varias ocasiones, lo he prestado algunas veces y lo tengo con numerosas páginas dobladas como suelo hacer siempre que encuentro algo que me llama la atención en un libro. En casa duerme al ladito de mi cama para releer episodios.

El verano de 2009 fue mi verano Robert Capa; me dediqué a dar unas vueltas con mochila al hombro y cámara en ristre. Berlín, Madrid, Salamanca, Barcelona, Bournemouth, Londres y Cádiz finalmente. En ese tiempo leí varios libros sobre Capa: Esperando a Robert Capa de Susana Fortes, Ligeramente desenfocado del propio Capa, Robert Capa: La biografía de Richard Whelan su biógrafo oficial, Sangre y champán de Alex Kershaw y aún me queda Esto es la guerra: Robert Capa en acción, también de Richard Whelan con motivo de la exposición que hubo en julio en el MNAC de Barcelona a la que pude asistir. Igualmente he visto un par de documentales, el primero de Historia de la Fotografía sobre su vida y el segundo La sombra del iceberg sobre la polémica foto del miliciano de Cerro Muriano en Córdoba.

Capa era un húngaro exiliado que se encontraba en París huyendo de la persecución nazi y decidió convertirse en fotógrafo para ganarse la vida. Su nombre verdadero era Andrei Friedmann, pero como apenas ganaba dinero para mantenerse como fotógrafo; a él y a su amante Gerta Pohorylle -más tarde Gerda Taro– se les ocurrió inventarse un personaje para aumentar la tarifa a la que vendería sus trabajos. Combinando los nombres de personas famosas del cine americano, Capa nacía como un reconocido fotógrafo estadounidense, mujeriego, rico, dado a los placeres de la vida y sobre todo, un gran fotorreportero capaz de adentrarse en el epicentro de los conflictos.

Solía decir: Si tu foto no es buena, es que no te has acercado lo suficiente. El nuevo traje le encajaba a la perfección. Pronto empezaría a vender y firmar fotografías en importantes revistas de la época: Dephot, Regards, Vù, etc. Su firma (PHOTO CAPA) se cotizaba al alza, y aunque terminaron descubriendo el engaño, lo cierto es que las imágenes empezaban a destacar entre el fotoperiodismo del momento.

Sin duda, la imagen que lo encumbró en su carrera fue Muerte del miliciano republicano de la Guerra Civil española en septiembre de 1936. Un combatiente del bando republicano es captado justo en el momento en que cae abatido por el impacto del enemigo fascista.

Robert Capa estuvo en las guerras y batallas más importantes de su tiempo: la guerra civil española; en la segunda guerra mundial fue el único fotógrafo a pie de “pista” del desembarco de Normandía, los enfrentamientos en el norte de África; la guerra de Corea, etc. Sin embargo, Capa decía que las guerras eran como las actrices maduras; cada vez menos fotogénicas y más peligrosas. En algunas ocasiones intentó huir de todo aquello, abandonar la fotografía, incluso coqueteó con el cine como técnico de cámara y también… amante de Ingrid Bergman –protagonista de Casablanca-. Sin embargo tuvo que recurrir siempre a la guerra, a veces por motivos económicos y otras porque nunca pudo adaptarse a la vida civil. Los viejos fantasmas de los conflictos bélicos intentó ahogarlos en alcohol, juego y mujeres. Sobre todo, la muerte de Gerda Taro en 1937 atropellada por un tanque cuando regresaba de una de las batallas más cruentas de la guerra civil española le dejó marcado.

Siempre fue un apátrida, antes y después de convertirse en Capa. Ligeramente desenfocado, transmite a la perfección su carácter alegre y aventurero. Como apunta su hermano Kornell: «Durante su corta estancia en nuestro mundo, vivió y amó mucho. Nació sin dinero y murió sin dinero. Lo que dejó atrás es la historia de su viaje irrepetible y un testimonio visual que reafirma su propia fe en la capacidad de los seres humanos para resistir y, a veces, triunfar. Un claro alegato a quienes viven de forma apasionada en busca de unos sueños».

Desde el principio ya te engancha su testimonio:

Ya no tenía motivo alguno por el que levantarme cada mañana. Mi estudio estaba en el ático de un pequeño edificio de tres plantas de 9th Street; tenía un tragaluz en el techo, una cama grande en una esquina y un teléfono sobre el suelo. No había ningún otro mueble, ni siquiera un reloj. La luz me despertó. No sabía qué hora era, ni tenía especial interés en saberlo. Mi capital se reducía a una moneda de cinco centavos. No pensaba moverme hasta que sonara el teléfono y alguien me invitara a almorzar o me ofreciera un trabajo, o al menos un préstamo. El teléfono, sin embargo, se resistía, y mi estómago empezaba a protestar. supe que cualquier intento de seguir durmiendo sería inútil.

Me di la vuelta en la cama y vi que la casera había echado tres cartas por debajo de la puerta. El único correo que había recibido en las semanas anteriores habían sido facturas de teléfono y electricidad. La misteriosa tercera carta me hizo salir de la cama.

Como era de esperar, una de las cartas era de Consoldated Edison, la compañía eléctrica. La segunda venía del Departamento de Justicia, y me informaba de que yo, Robert Capa, ex ciudadano húngaro y actualmente sin nacionalidad definida, pasaba a ser considerado por la presente un potencial enemigo extranjero, y como tal debía hacer entrega de mis cámaras, objetivos y armas de fuego, además de solicitar un permiso especial si quería alejarme a más de quince millas de Nueva York. La tercera carta era del redactor jefe de la revista Collier’s. Me decía que Collier’s, después de haber valorado mi portfolio fotográfico durante dos meses, había llegado a la repentina conclusión de que yo era un gran fotógrafo, que estaría encantado de encargarme un proyecto especial, que me habían reservado una plaza en un barco que salía hacia Inglaterra en cuarenta y ocho horas y que adjuntaba un cheque de 1 500 dólares como anticipo.

Me encontraba ante un interesante dilema. Si hubiera tenido una máquina de escribir, y el carácter suficiente, habría respondido a Collier’s para contarles que estaban requiriendo los servicios de un enemigo extranjero, que no podía ir ni a Nueva Jersey, mucho menos a Inglaterra, y que el único lugar al que podía llevar mi cámara era a la Oficina de Propiedades de Enemigos Extranjeros del ayuntamiento.

No tenía máquina de escribir, pero sí una moneda de cinco centavos en el bolsillo. Decidí echarla al aire. Si salía cara, intentaría salirme con la mía y viajar a Inglaterra; si salía cruz, devolvería el cheque y le explicaría la situación a Collier’s.

Lancé la moneda y… salió cruz.

Entonces me di cuenta de que en una moneda de cinco centavos no había ningún futuro y tomé la decisión de guardar (y cobrar) el cheque y apañármelas de algún modo para llegar a Inglaterra.

El resto lo podéis encontrar en Ligeramente desenfocado de Robert Capa, editorial LA FÁBRICA. Seguro que su lectura no os va a defraudar.

[Post publicado en blogspot en 27-02-2010]

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