La vida es bella con Marina Marfil

Corría el año 1997-1998, y el que golpea a la tecla era un estudiante universitario de Historia. Muchos, le debemos nuestra afición cinéfila a aquellas novias de entonces porque lo normal era ir al cine un sábado o un domingo. A veces el sábado y el domingo. Era la época en que ponían «Salvad al soldado Ryan», «Más allá de los sueños», «La delgada línea roja», «El Show de Truman», «La máscara del zorro», «American History X»… Muchas de ellas eran muy buenas películas, tengo que reconocerlo. Y todas galardonadas, o nominadas a los Oscar de la Academia de Hollywood.

Pero hubo una que marcó en cierta medida a una generación. Con el tiempo, las niñas de entonces, las mujeres de ahora (aunque no sólo depende de la edad); siempre han recordado una frase, anhelando a ese príncipe que les tratase como princesas. Guido, el personaje de «La vida es Bella», y Roberto Benigni, nos enseñó cómo enamorar a una mujer gritando: ¡Buenos días princesa!

La cinta en sí es una auténtica obra de arte, como dije la otra tarde cuando la pudimos ver un grupo de alumnos de 4º: es una poesía. Es una poesía porque como en los versos de este arte, todo rima, todo encaja. Una sintonía, armonía, música. Cada palabra, cada escena, cada truco de magia que se inventa Guido para conquistar a Dora. Y desde luego que la conquista, ¿qué mujer podría no rendirse ante la decisión de los dioses? Aquellos dioses que le lanzaban una llave del cielo o ponían un sombrero en su cabeza cuando Guido lo pedía.

Y nos dice Marina Marfil (4º ESO):

Al comenzar la película se ve a un hombre optimista y alegre, Guido, que se enamora de una mujer haciendo lo imposible por que ella se fijara en él. Había venido desde el campo para ayudar a su tío en el hotel que tenía. De camino allí, se le averió el coche y paró en una granja para arreglarlo; es donde la conoció, cuando cayó desde lo alto de un granero sobre Guido. Éste, imaginativo, le dice que es un príncipe, que todas aquellas tierras eran suyas, y que ella sería su princesa.

En la ciudad empieza a trabajar con su tío, intenta conseguir el permiso para que le dejaran abrir una librería, pero lo único que consiguió fue tirarle una maceta en la cabeza y unos huevos al funcionario que debía firmarle la autorización. Para colmo, la mujer de la que está enamorado iba a comprometerse precisamente con él. Guido se sale con la suya, como no podía ser de otra manera.

El matrimonio tiene un hijo, y el día antes de su cumpleaños, la abuela, que estaba contra su casamiento porque era de familia judía, fue a la librería que había conseguido abrir y le dijo a su nieto que en su cumpleaños tendría una sorpresa, y así fue: ese día se los llevaron a todos a un campo de concentración nazi.

Una vez presos, Guido hizo todo lo que pudo para que su hijo no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Se inventó que aquello era un juego y que el premio era un carro blindado. En mi opinión, esta es la parte más triste y emotiva de la película, ya que se ve como el padre pasa por toda esa esclavitud ocultándosela a su hijo y transformándosela en un juego para que sobreviviera. Te dan ganas de reír, pero al mismo tiempo de llorar.

Llegó el final de la guerra y Guido intentó por todos lo medios salvar a su hijo y a su mujer, ya que los alemanes estaban cogiendo a todos los judíos para llevárselos a otros campos de concentración. ¿Lo consiguió?

La película es preciosa. Le hace a uno abrir lo ojos y ver las penas por las cuales han tenido que pasar tantas personas sólo por el hecho de ser de una raza. Es también un alegato al esfuerzo y a la imaginación, porque, aunque el camino sea duro, al final siempre tiene su recompensa.

La vida es Bella es una tragicomedia en la que no sabes si reír o llorar. O ríes, y de pronto la risa se te corta por el drama cuando logras salir de ese mundo que se había inventado Guido, de ese mundo creado para engañar a su hijo Josue y salir con vida del horror. Con sus bromas, Roberto Benigni te hace subir volando hasta el cielo para cuando te das cuenta soltarte y dejarte caer de repente. Una genialidad. Hasta entonces, Chaplin había sido quizás el otro famoso director que utilizaba este recurso: una crítica irónica, pero mordaz de las más crueles e infames prácticas inhumanas a las que había llegado el hombre durante el genocidio nazi.

La segunda parte del film es oscura y estremecedora. Cuanto más avanzamos en ella, más nos hundimos. La tragedia se palpa con mayor virulencia, aunque con un gusto exquisito. El arte de los genios: la insinuación, la sutileza. Ni una escena de muerte visible en todo el largometraje. Y detalles y más detalles de lo que debieron de sufrir los presos judíos, gitanos, homosexuales, disidentes políticos.

Creo que ha sido un acierto haber puesto «La vida es Bella» para comentar un poco más el período de la Segunda Guerra Mundial y lo que fueron los campos de concentración.

Gracias Roberto.

Nota: vieja entrada de blogspot (13/05/2011)

Marina Marfil fue alumna de mi tutoría cuando cursaba 4º de la ESO, en estos momentos se encuentra preparando las pruebas de Selectividad para el acceso a la Universidad. Buena suerte, Marina. Y gracias por tu colaboración en el blog.

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