La pena

La sangre aún resbalaba tibia por la mejilla. Aunque nunca le habían abierto una brecha en la ceja calculó que cerrar aquella llevaría su tiempo. Al tacto, le escocía. Mientras caminaba a oscuras de vuelta a casa pensaba qué demonios se le había pasado por la cabeza para verse envuelto en semejante algarada, a su edad.

¡Hija de la gran puta! —Cinco palabras que retumbaron tan fuertes en las paredes como salieron de su boca; despertando las luces de algunas ventanas que se encendieron en la noche como los ojos de los animales salvajes cuando se abren en el bosque—.

Sin lugar a dudas, ella y sólo ella tuvo la culpa de todo. De su ceja partida, de vagar dando tumbos entre cabarets, prostíbulos y tabernas; de quedarse sin blanca, de su adición al alcohol; de presentarle a la mejor de las peores compañías, a la maldita soledad que tanto detestaba y tanto amaba según el momento. Jamás le habían consumido la vida, con esa incesante absorción, con ese egoísmo; como aquella mujer de bamboleantes caderas lo hacía con él cada dos por tres. Presa de la yugular de Peter, y él un alma maldita a su merced. Diríase que, en el arte de arruinar una vida, no imaginaba a nadie capaz de hacerlo mejor. Por lo demás, una treintañera, tirando ya a cuarentona, con más maneras que otra cosa. Y quizás por ello menos comprendía, cómo era posible que habiendo sudado en las sábanas más perseguidas de Montmartre, fueran precisamente las de Eloisa las únicas de las que no había conseguido escapar.

Pero qué imbécil eres —se dijo—; con lo que has sido y ahora te la juegas por esa puta caprichosa que no sabe más que joderte las pocas vueltas que te quedan. No sé si es que se te ha ablandado ese corazón que nunca te encontraron, o piensas que es imposible echarte algo mejor a la cama… el caso es que envejecer te sienta como el culo, chaval. Con cuarenta, y un cuerpo marchitado por el veneno.

Eran las cinco y la persiana de Le Fouquet’s no había caído aún. Desgraciadamente, la pena no se ahoga tan fácil. Aunque las colillas amontonadas en el suelo de la entrada eran signos evidentes de que estaban cerrando, Peter Hacher era un cliente habitual, y jamás lo dejaron colgado con una copa a deber. Incluso en alguna que otra ocasión María, la camarera, tuvo que acompañarle arrastrándolo hasta su casa. Pero aquello eran otros tiempos.

Una «hendrix» —dijo apoyando una mano en la barra—. Con la otra se tocaba la cara como si intentara comprobar hasta qué punto le dolía. De cuando en cuando rozaba la herida suavemente con la yema del índice y el corazón, mirando si descubría nuevas manchas de sangre.

No lo vio entrar, cuando rellenaba las neveras vacías de agua y refrescos con mecánicos movimientos, vigorosos y entrecortados. Lo miró, se percató de la linfa, y no dijo ni esta boca es mía. Al cabo regresó con la ginebra, pañuelos y una bolsa de hielo que abrió en canal delante de él. Sacó tres o cuatro, los metió en otra bolsa de plástico que anudó para que no se salieran, y por unos momentos dudó si curarle, si lamerle las heridas como una loba. Él, que había mantenido la mirada perdida mientras tanto, de repente pareció volver en sí; cruzó su mirada con la otra, y al leerse mutuamente los pensamientos ella le soltó los hielos sobre la barra. Después, con resignación, se dio la vuelta para cobrarse la copa cogiendo el billete que había soltado húmedo y arrugado.

Como si no hubiera tenido bastante —Pensó—. Y de una tacada se echó la ginebra al gaznate. Tiritando quedaron los cubitos de hielo en el vaso cuando los de la bolsa comenzaron a derretirse de pura ignorancia.

María era una rubia hermosa, una camarera que hacía clientela por su físico espectacular y su forma de tratar a la gente. Húngara, vino a Francia de Erasmus y se enamoró como tantas de uno de esos jovencitos prometedores que estudiaban medicina. Fantaseaba con poder cambiar el mundo cursando Periodismo, igual que cualquier adolescente de veinte primaveras, de los de ahora. Trabajaba en Le Fouquet’s desde 2006 tratando de sacarse unas perras hasta que encontrase un trabajo más serio. Escribir ruedas de prensa para la Universidad no era lo que había soñado. En la noche aprendió lo justo para saber cómo se le sacan tres copas a ejecutivo pijo con una sonrisa en la boca, y lo justo para no estar demasiado quemada de restregar las tetas y el culo por las retinas de la clientela. Aunque no lo sabía, con el tiempo comprendería que las mejores lecciones se las darían fuera de las aulas.

Peter dejó la silla, encauzó la puerta, y salió sin decir ni mu ni esperar cambio alguno. Por el camino, mientras olfateaba el olor fuerte del «espresso» que flotaba de las cafeterías, golpeaba con fuerza en su cabeza la Sonata 14 de Beethoven. Al mismo tiempo pensaba que no debió haber esquivado a la camarera, porque lo único que importa en la vida —se decía— es compartir la cama con una bella mujer. Pero aun sabiéndolo, no conseguía evitarlo. Consciente del lamento que le esperaba cuando llegase ese momento irreparable, se dio cuenta de que estaba condenado a la nostalgia y al pasado.

El sol anunciaba un nuevo día. Él se cerraba en la oscuridad de su habitación.

Foto de cabecera: Fotograma de ‘La Gran Belleza’ en la que se ve al protagonista Jep Gambardella regresando de una de sus noches de fiesta, alcohol y otros excesos.

6 Comments La pena

  1. Davinia

    Y alguien un día me dijo que no dejara de escribir y leyera mucho y aquí estoy, un relato perfecto como siempre. Gracias por escribir en este día donde la invitación a leer o escribir viene de lujo.

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    1. Rafa.

      Pues mira, también por la peli que encabeza esta entrada: La gran belleza. Y porque como aparece en la imagen, pero de noche, yo también he caminado muchas veces solo, a la vuelta de una juerga, en muchos lugares: París, Londres, Berlín, Polonia y qué sé yo. Y eso también tiene su magia, su reflexión, su poesía. Mucho más que volver del brazo de una bella dama, que son momentos, estos últimos, en los que no se para uno a pensar…

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