#La navaja de Hanlon

Es gracioso esto de la incompetencia en los cargos públicos. Lo es hasta que a uno le terminan tañendo los dídimos por muy a cubierto que los ponga. Lo vemos todos los días y como está igual de extendido que la corrupción —suelen ir de la mano—, por no llorar, reímos. Pero como digo, la gracia viene cuando ¡bingo! te toca el más tonto. Es cuestión de estadísticas, gilipollas por metro cuadrado y todo eso.

La de hoy es una historia de policías. No obstante, por separar el trigo de la paja, mientras me remango quiero advertir que no seré quien cargue las tintas contra un cuerpo en el que tantos amigos tengo. De manera que ahórrenme réplicas innecesarias porque es evidente que muchos —también los conozco— comprenden el significado de su placa y hacen uso del sentido común cuando la lucen. Una institución, por otro lado, a la que se accede a través de méritos y capacidades demostradas en oposiciones escrupulosamente limpias, sobre todo en ayuntamientos y alcadías (sic). Con unos exámenes psicotécnicos a la altura de los pilotos de aviación (sic, sic). Al pato se le conoce por la cagada.

Volvía a casa hace un par de semanas. Venía de explicar la primera Guerra Mundial, de combatir la ignorancia en clase y todo eso. Tratando uno de iluminar las mentes ávidas de conocimiento de mis alumnos, lo típico. Cuando para mi sorpresa, me quedaba por librar una batalla más cruenta aun que las de las trincheras de Verdún. Bondadosas intenciones aparte de los caballeros que me atendieron —saben ustedes que es más peligroso un tonto que un hideputa—, la brigada de zoquetes parecía salida de un casting de Berlanga.

—Buenas noches— dije educado encendiendo la luz interior del coche. Un munipa equipado de la reglamentaria gorra de Martínez, chaleco fluorescente, pistola y espada láser, zummm… me preguntó: —¿Lleva usted algo que pueda comprometerlo?—. Pensé en comentarle lo de la montaña de exámenes por corregir que me comprometerían durante el fin de semana, pero sin duda deduje que no era lo que insinuaba. Escupí un «no» seco, rotundo como un axioma, por si acaso el espadachín se quedaba corto en luces, en luces láser: zum-zum… su… s…, y no alcanzaba a iluminar que movía la cabeza para negarle.

—Detenga su vehículo a la derecha— dijo enjuto. De haberle respondido que escondía una semiautomática, tres facas albaceteñas y una bandeja de plata para servir la farlopa, no sé cómo habría reaccionado.

—Pare el motor y salga del vehículo— uno de sus colegas me conminó. Y solícito, vacié de monedas mis bolsillos sobre el techo esperando a que los sabuesos olisquearan, con la tranquilidad de que, a menos que no recordase, no llevaba drogas, armas, ni niño muerto. Cuando abriesen el maletero, cargado de libros de Historia, comprobarían que era sólo un pringao que venía de dar clases a venteañeros que necesitan el bachillerato para hacerlos felices reteniendo a profesores que regresaban del tajo. Por lo demás, refrescarían sus olfatos con el ambientador de frutas del bosque que cuelga del retrovisor y me dirían «puede usted continuar».

Tres o cuatro se pusieron a hurgar en los asientos. Iban preparados con guantes. Analizaron la guantera, las alfombrillas —delanteras y traseras—, todos los compartimientos y recovecos que traen los carros modernos. Abrieron el bote de los chicles, la caja de pañuelos, la carpeta donde van los papeles del seguro… Un grupo de rumanos fumaba esperando turno en su furgona.

—Caballero, ¿sabe usted que porta un arma blanca?— dijo muy solemne señalando con un gesto capital el capó.
—¿Se refiere usted al cortaúñas de Springfield?— contesté como un pasmarote.
—Yo no hago las leyes. Eso no lo puede usted llevar en el vehículo— replicó intentando exculparse de la memez que apuntaba acometer, y apartándolo en el coche patrulla me lo sustrajo.
—Pero si es un regalo— dije apabullado acordándome de una suegra que tuvo a bien, hace muchos años, obsequiarme unas navidades con tal presente. Una pequeña navajita de diversos utensilios, como las suizas pero muy menudiiilla. Llavero de dicha franquicia en que se podía leer SPRINFIELD en letras mayúsculas. Cierto es que posee una hoja, pero ésta apenas llega a cinco centímetros. Y aunque aquel inquisitivo señor se la sacase intentando convencerme de lo larga que la tenía, eran cinco centímetros por mucha voluntad que le pusiera. A menos que nuestras observaciones sobre medidas las tuviéramos muy distintas, lo que podría explicar otras discrepancias métricas, llaveros, navajas o cortaúñas aparte.

Imaginen este grupo de sabuesos regresando de su misión; o sea, acabando el turno:

—¿Cómo ha io ezo?— un inspector con las botas sobre la mesa.
—Zeñó, hemo requizao dosh tirachina, dieh petardo y un cortaúña.
Azí que un cortaúña. ¿Cuál eh su prosedensia?
Zeñor, parece que de… es-prin-fil. Mire, lo dice aquí.
—Son loh peore, Manolo.

El agente, cómplice, dándoles unos golpecitos en la espalda concluiría:— No creáis que esto va a quedá en zaco roto. Hablaré arriba pa que ce comporten. Ya me entendéi.

Zeñor, no ze lo tome a mal, pero lo hasemo porque eh nuehtro debé.
—No zea usteh modesto, Manolo, loh ciudadanoh de este barrio pueden pazear tranquiloh, ya lo creo, Manolo, ya lo creo…— Bueno, y todo eso que se ve en las series y películas de policías americanos que no se pierden los maderos españoles.

El caso es que después de debatir largo rato sobre el contrabando de armas, empezaba a quedarme claro que en realidad se trataba del machete con el que Rambo recibió la medalla al honor del Congreso. Me habían decomisado el recuerdo de mi suegra y no sabía si me iban a llevar al calabozo esposado, si tendría que pagar con servicios a la comunidad, o si la gracia me costaría además pasar por caja en el consistorio. Aquel grupo de paletos con más porra que sesera no quería aclararme si acarrearía sanción económica, porque en ese punto, se imaginarán, en cuanto al cuchillo como si se lo metían en el cajón de objetos incautados.

Y cuando empezaba a olvidarme de Murphy, nuestro ladino inspector, mirando hacia otra parte, me confiesa: —Tiene usted un código tres—. Un código tres debía de ser algo así como: «Cod. 3. Portador de accesorios de la franquicia Sprinfield». El código dos del Pulanbiar y el uno —supongo es más peligroso— del Bresca.

—¿Y eso qué es?— pregunté pasando por alto toda mi teoría acusatoria sobre Amancio Ortega. El poli me miró de soslayo y dijo como revelando un crimen: «una orden de alejamiento». Mi último divorcio lo tengo en Canadá, por lo que debía de tratarse de algo serio si tal orden tenía un radio muchísimo mayor que el tamaño de la navaja susodicha. Estaba dispuesto a admitir que era primo hermano de Viktor But, a pagar trescientos napos por el oportuno regalo de maldita sea la hora en que a mi suegra se le ocurrió. Pero no podía quedar como un maltratador. Eso sí que no.

—Mire, debe tratarse de un error— dije.
—Eso me ha dicho mi compañero— me respondió.
—Pues dígale que lo revise otra vez, por favor.

Y como los rumanos, más cansados que yo, comenzaban a sacar el cobre que llevaban y a punto estaba de arrodillarme para rezarle a la Virgen de Lourdes. No con la intención de que un juez me quitara ninguna orden de alejamiento, pues no tenía, pero sí con el deseo de que me la pusiera esta vez sobre la estupidez de aquella cuadrilla de imbéciles. El munipa, haciendo alarde del poder que le había otorgado la ley, decidió, él y sus santos cojones, rearmarme de nuevo con el cuchillo como si los tratados de SALT entre la Unión Soviética y los mismísimos iuesei se hubiesen roto y volviésemos a la Guerra Fría.

Cuando ya por fin me marchaba, Sherlock Holmes me detuvo de nuevo, hizo bajar mi ventanilla y entonando una farisaica disculpa va y me suelta: «Disculpe, se ha tratado de un error». Mientras abandonaba el control me acordé de cuánta verdad tenía Hanlon y su principio: «nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez». Pero en algo acertó el madero: nunca un padre pudo engendrar error semejante, hijo de la grandísima…

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