#La cima está a un paso

La cima está a un paso, la noche cae y comienza a llover. Porque siempre llueve en el momento en que se acerca el final, y te sorprende girándote hacia atrás como Eastwood cuando hacía de fotógrafo en aquella maravilla de película de Los puentes de Madison, cuando en la última escena; allí, mirando a su amante bajo una sábana de lluvia que le calaba hasta los huesos, todo se acababa.

El sudor se mezcla con el agua. Está exhausto de haber recorrido tanto camino, pero no tiene la sensación de habérsele hecho tan largo, es más, parece como si todo hubiese durado un respiro. Se detiene de repente, y reflexiona sobre dónde estaba.

El Roto, en El País.

El Roto

Qué curioso —piensa— tantos años caminando y jamás tuve la certidumbre de saber por dónde iba. He debido llegar hasta aquí para saber dónde me encuentro y ahora veo que todo esto se termina… —Después mira hacia delante con lo poco que le queda, con aquello que apenas le complace. El horizonte pintaba mucho más atractivo cuando era horizonte. No en este tiempo presente que se observa monótono, sin luz. Apenas unos pasos más y llegará a la cumbre, a la meta, a ese final del camino hacia el que se dirige desde hace años sin saber por qué, como los salmones remontan el río para morir. Cuando la meta es triste y oscura, y cada vez llueve más, y la noche cae. Demasiado próximo este horizonte para unos ojos que se acostumbraron a mirar siempre más allá, sin mirar alrededor, a su realidad próxima e inmediata.

A pesar de todo, se encuentra fatigado; dobla las rodillas para descansar. Sólo un poquito más y alcanzará la cima. Un último esfuerzo. Se pone de pie, gira media vuelta y se sorprende a sí mismo: —¡Acaso es ése todo el camino que recorrí? ¡No puede serlo!— grita.

Después un silencio rompe todo su cuerpo, se queda sin habla, hueco de pensamiento, absorto. Simplemente se limita a mirar lo que quedaba tras él. Intenta adivinar la huella que dejó en el horizonte que ahora arrastraba a sus espaladas. Pero no la ve, en su lugar se le presenta un paisaje que no recuerda: un río maravilloso llevando agua clara y cristalina. Agua que corre fresca hacia su desembocadura. En él, peces y otros animales saltan volando felices. Un poco más adelante sus ojos caen en un bosque frondoso, verde, lleno otra vez de vida animal. Pájaros de todas las especies bailan de rama en rama. Primates colgados de los árboles festejan cada segundo el hecho de vivir en la Tierra. Una playa de arena blanca y caliente, con olas diminutas sobre un mar apacible, tranquilo, quieto, azul. Es una gigantesca bandeja de plata que se confunde con el cielo.

Sin embargo, él no recuerda nada de eso. Espera, parece… parece que cruza como una serpiente el camino que tomó para llegar hasta esta cima. Un sendero cómodo pero a la vez seco, árido, áspero. Con las piedras que ahora sí le vienen a la memoria. —Sí, puedo verlo a lo lejos— piensa. Un camino muy bien señalizado, sin divagaciones ni entretenimientos, directo a esta cima, para no perder tiempo. —No debí de darme cuenta durante mi viaje de que en la trayectoria existían lugares tan fascinantes —medita para sí mismo—, justo delante de mis propias narices. Pero sólo iba fijándome en las piedras, en lo duro que era pisarlas, intentando esquivarlas a cada momento. No levanté la cabeza para comprobar mis alrededores, jamás quise indagar aquellos lugares que no estaban señalizados —se lamenta—.

A su mente le recorre de nuevo un pensamiento que le aturde, y dice en voz alta cuando nadie lo escucha: —Espera, ahora que me doy cuenta; alguien me habló de esos lugares, sí. Pero no le hice caso, andaba con prisa por seguir adelante, sin distracciones, por llegar a la meta que es lo que importa… Me aconsejó que mirase, me señalaba constantemente. Tonto de mí me quedaba embobado observando su dedo en lugar de dirigir la atención adonde me indicaba.

De nuevo, todavía más cansado, hinca las rodillas en el suelo, taciturno espera que caiga la noche, la oscuridad va apangando la luz y engullendo todo atisbo de vida, de apenas un soplo de vida como el aire caliente que jugaba bailando con la bolsa en aquella película de American Beauty.

Nota: Otra lectura para los alumnos de 3º de Educación para la Ciudadanía (aunque podría servir a cualquiera). Para que reflexionen antes de eso, de que la cima esté a un paso. O quién sabe, el final siempre puede andar cerca. Aprovechad el momento, como diría Keating. Fue publicada en blogspot el 26/06/2011.

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