#La carta de Arturo

Soy bastante pesimista desde que tengo uso de razón. No me cabe en la cabeza otra fórmula teniendo en cuenta cómo están las cosas. Aunque realmente no me gusta que me lo digan. Es decir, que me llamen pesimista, pues significa ver las cosas por el lado más desfavorable. Parece que se esconde una intención o propensión a querer entender los problemas de la peor manera posible. Y no es eso. Quizás indignado se ajuste más a mi postura a la hora de entender y analizar la realidad, cercana o lejana. Pero ahora está tan de moda la palabra indignado que incluso los más indecentes hacen uso de ella. Cualquier mamarracho viola el diccionario impertérrito, sabiéndose con total seguridad tan impune como el que aplasta un mosquito. Aquí no pasa nada.

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El Roto en El País.

Murphy dijo que las cosas siempre pueden ir a peor, pero realmente bien podrían —en muchas ocasiones deberían— estar mejor, o sea, en su justa medida, como debe ser. Vamos, que si se pueden hacer bien por qué tenemos que conformarnos con sufrir las incompetencias de algunos.

Cuando terminé la carrera y comencé a opositar y a buscar empleo me frustré al ver cuánto inútil había ocupando puestos laborales en determinados lugares, cuánta gente en un trabajo que no se merecía. Es desolador haber hecho todo lo que supuestamente debes hacer, y llegar a la meta para que te den en las narices con un cartel que ponga: “Aquí no tenemos nada para ti”. Secundaria, bachillerato, carrera, el CAP, otros cursos, preparador, horas y horas de estudio. Y más horas. Y más. Y al final, ¿para qué? Te quedas con una cara de gilipollas impresionante comprobando que realmente no tienes nada. No tienes trabajo, no tienes nada. Y lo peor, personas que no se han esforzado ni la mitad, que les falta talento, y les sobra suerte; ésas, te miran desde la ventana de su oficina como seres superiores mientras tú vas de un lugar para otro con un sobre bajo el brazo, una foto de carné y el gesto de buenos modales, cuando de lo único que tienes ganas es de ponerte a llorar de la rabia y ciscarte en la madre de alguien.

No es que uno se crea mejor a nadie. Todo tenemos fallos, lógicamente. Pero entran en juego diversos factores que la crítica repetida acierta en tantas ocasiones como uno se lo proponga mínimamente. Vamos, que el mundo está tan patas arriba que difícil va siendo encontrar algo que funcione. Yo diría que Apple y poco más. Y ahora que ha muerto Jobs, miedo me da en qué se va a convertir la manzana mordida de aquí a unos años. Y digo el porqué de todo esto.

Al cabo del día contemplas demasiadas veces cómo las cosas no se hacen como deberían. A veces no es carencia de talento o de inteligencia, es de ganas. Y otras, de las peores, es debido a conflictos de intereses. Porque no es lo mismo que el mecánico no te arregle bien los frenos del coche y te la pegues contra un muro por:

a) no sabe hacerlo porque su capacidad intelectual no le alcanza.

b) no quiere hacerlo porque tenía que haber pedido una pieza rota y no le apetece.

c) no quiere hacerlo porque así vuelves otra vez y gana más dinero.

En los tres casos el resultado es el mismo: tu coche convertido en papilla, y los piños de tu boca clavados en el volante. Pero en cada uno estamos hablando de un mecánico diferente, de un hijo de puta distinto. El primero es lerdo. No hay que ser muy duro con él. La culpa no la tiene la criatura, sino el imbécil que lo contrató para dejarle la responsabilidad de la seguridad de las personas que entren en el taller. El segundo es un flojo, un vago, un holgazán que no se merece el trabajo que tiene, llegando la cola del paro a doblar la esquina en los tiempos que corren. Seguro que hay gente dispuesta a cobrar la mitad por hacer el mismo trabajo con el doble de eficiencia. Pero el tercero es un miserable, se aprovecha de las necesidades de otros y agudiza sus problemas estrangulando cada vez un poco más la soga económica. Mientras más cerrada esté, más provecho le saca. Un cabrón sin escrúpulos que sólo mira su bolsillo sin importarle un ápice nada, ni nadie.

Entenderán ustedes, queridos lectores, muy queridas lectoras, que la ineptitud, la pereza y la impudencia son cánceres que merman la sociedad. No hablaré de épocas porque estas virtudes parecen perseguir al ser humano durante toda su historia. No es cuestión de edades, ni de culturas. Puede que en algunos lugares seamos más que en otros. Pero me temo que salvo injerencia de la ley, en todas partes cuecen habas.

Espero haber respondido, aunque sea apresuradamente, por qué a veces ando triste y cabizbajo. Deseoso de que esto acabe. Pensando en mandarlo todo a tomar por saco.

Y si no, les concedo un último intento, para que vean que tengo paciencia. Hace ya algunos años don Arturo Pérez-Reverte mandó a tomar viento toda su carrera profesional como periodista y corresponsal de guerra. Supongo, por lo que leo en la nota que dejó, que tuvo la suerte de a quien lo ha mirado un tuerto, pues su mecánico tiene toda la pinta de ser pariente directo de cualquiera de los tres que describimos más arriba. O de los tres a la vez, pues diría perfectamente que reúne lo mejor de cada ralea.

Lean ustedes, como les digo, la nota de despedida y entenderán por qué a veces no te queda otra que coger petate y decir aquello de: el último que apague la luz.

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Imagen: Carta de dimisión de Arturo Pérez-Reverte.

Esta carta es verídica. Hablando con Pérez-Reverte a través de twitter le preguntaron por ella y confirmó que era la misma que había escrito en 1994.

PD. Sigue pendiente —porque quedan más detalles— explicar por qué me gustan esos viejos cascarrabias como los personajes de Eastwood o el mismo Arturo en su columna semanal. No lo olvido.

Nota: entrada antigua publicada en blogspot (14/12/2011)

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