La batalla perdida

La batalla perdida

Las horas

Abrió los ojos largo rato después de las tres. Despertarse y no poder soñar a la hora en la que todas las batallas están perdidas. Tenía una mordaza en la boca y un grillete presionaba el corazón. Deseó estar muy lejos cuando cayó en la cuenta de que todos los lugares y momentos del mundo iban a ser insuficientes.

En cualquier parte aparecería como si nunca se hubiese marchado, como si anduviese tras una negra cortina. Como esa misma noche lo hizo. Entonces sintió que no habría viaje ni escapatoria que lo alejara de aquella muerte tan lenta y dolorosa. Pasaron las páginas de los libros que se había leído, buscando consuelo inútil. Consciente de haber caído enfermo terminal, sin más vida que la de un moribundo, se acordó del cautiverio de Edmon Dantés. Su cárcel le recordó a la suya. Y todo le hacía comprender, no sólo numerosísimas obras contadas y escritas, sino la parte más importante de su propia historia y la de cuantos le rodearon. Parecía el último capítulo, explicado de una forma tan magistral que ni el abate Faria podría haberlo hecho con mayor eficacia. La sangre continuaba goteando al paso de las agujas de un reloj que punzaban a cada segundo. Mientras, las gaviotas se oían al fondo presagiando nada. Sin esperanza terminaban los días y se rendían las noches. La vida, concluyó, sólo eran los ríos que van a acabar a la mar de la resignación que es el morir. Una vez más deseó la muerte. Y finalmente murió.

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