La aldea de Amun

Después de unos días en Mukono, cerca de Kampala (capital de Uganda), me dirigí al norte del país donde el Ministerio de Exteriores aconsejaba no acercarse. Había conseguido contactar con unos misioneros combonianos que llevaban años establecidos en Alenga. Me interesaba visitar un lugar más apartado del bullicio y adentrarme en la cultura africana y los problemas que habían asolado en los últimos años. El tema de los niños soldado y el tan famoso, por aquel entonces, Joseph Kony fueron mis impulsos para viajar adonde se ven pocos muzungos (hombre blanco).

En fin, la historia es conocida en el blog, sobre todo por el vídeo que colgué cruzando el río Nilo sobre una canoa y de la mano de dos jóvenes negros que no quisieron dejarse en tierra su motocicleta. Es sin duda alguna la mejor experiencia de mi primera estancia en el corazón de África. Allí tuve la oportunidad de conocer de cerca una cultura que se encuentra a largas distancias de la nuestra, tanto en espacio como en tiempo. Quizá más en esta última. Tribus que todavía conservan muchas tradiciones a pesar de la colonización. Un proceso que ha borrado la identidad del indígena, aunque a veces también ha sabido respetarla a pesar de la impronta que ha marcado.

Este episodio me hizo reflexionar en su momento sobre el papel de la Iglesia y la religión, así como sobre la relación de subordinación que aún perdura. Allí fui objeto de todo tipo de atenciones y parabienes que las pobres gentes pudieron ofrecerme con suma humildad. En Amun pude enrolarme con el padre Carmelo en uno de los safaris que destinan para continuar con la evangelización de las aldeas más perdidas de África. La celebración de la misa con los bautizos, el banquete, los bailes y el teatro posterior me recordaron a las conocidas películas de Hollywood. Zulú, Mogambo, La Reina de África.

En otros viajes tuve la oportunidad de recibir un trato que no considero acorde a mi posición, pues la importancia de mi persona ralla el suelo y creo que siempre se me ha atribuido mayor significación de la merecida (en Palestina me entrevisté con uno de los ministros en la ciudad de Belén, yo, que no soy nadie). Aquellos aldeanos de Amun no cesaron en rendirnos pleitesía y mostrarnos un respeto fuera de lugar para el grupo de simples españoles que estábamos allí de turismo, más que de otra cosa.

Pasado todo este tiempo, reflexionando en mis clases de Historia de Mundo Contemporáneo sobre la colonización y la descolonización; uno se pregunta en qué grado de civilización andan estas personas que, por otra parte, siguen con sus conflictos étnicos y sus guerras civiles. Así lo demuestran los sucesos que tienen lugar cuando escribo estas líneas en Burundi, por poner un ejemplo actual.

Queremos, en Occidente, adelantar o acelerar la evolución cultural del resto del mundo como si fuesen las agujas de un reloj que con nuestros dedos hacemos girar a nuestro antojo. Nos olvidamos de que hace apenas doscientos años ni siquiera eran conocedores de su propia lengua escrita, ya que debieron esperar la llegada del hombre blanco para ello.

En este mundo globalizado creemos que los cambios de las mentalidades corren tan deprisa como los bytes de las líneas telefónicas y de Internet. Y que esto nos dan permiso para implantar, de mejor o peor modo, nuestra forma de pensar tal y como la entendemos aquí.

Cuando vuelvo a ver las imágenes que tomé en Uganda, y regresan de nuevo los recuerdos de aquellas miradas de curiosidad y extrañeza. Los miles de ojos observándome, atentos al disparo de mi cámara de fotos. Cuando pienso en el choque de culturas en Marruecos, Cuba, la India, Ruanda o qué sé yo. Cuando delante de mi ordenador vuelvo a todo eso, me digo: cuánto nos queda por comprender.

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