Historia del Mundo contada para adultos (VIII)

Durante el proceso revolucionario que vivió Francia, otros Estados y reinos en Europa temían que las ideas que cuajaron en la Ville de l’Amour también triunfasen en sus propios territorios. Así, Austria, España o Prusia por ejemplo, le declaran la guerra a los gabachos en un intento por devolver el modelo absolutista a la corona borbónica.

En tal situación, el Ejército sería para Francia un instrumento vital en el devenir de la revolución, pues sin él, este movimiento que comenzó en 1789 habría gozado de escasa duración. Sin embargo, no fue sólo importante como defensor de los intereses franceses frente a los enemigos de la patria, sino que se constituirá, en alianza con la burguesía, como la herramienta que devolverá al Estado a una situación de calma y normalidad. Desde 1795 y el Directorio, se proclamará un nuevo gobierno que terminará en el Golpe de Estado de Napoleón el 18 de Brumario (9 de noviembre). Este episodio ya está comentado en anterior capítulo, pero me gustaría aquí remarcar el papel estabilizador de la figura de los militares y en concreto del general Napoleón Bonaparte.

Victorioso de las luchas contra Austria (Campoformio) e Inglaterra (Egipto) el pequeño (era bajito) corso, se erigirá en el responsable político que supo mantener el espíritu de la revolución y las ideas de los ilustrados franceses, aun concentrando el poder en su persona para tratar de evitar los desmanes y desvaríos a los que se había llegado en tiempos pasados, especialmente con los jacobinos de Robespierre y la Etapa del Terror. Dicho de otro modo, Napoleón acabó con la agitación social y la inestabilidad política dotando a Francia de una economía más o menos próspera y consiguiendo una legislación que ha transcendido como modelo jurídico en el que inspirarse. En palabras de Eslava Galán: «atajó el desorden de la Francia republicana, regeneró la economía) lo que terminó con el hambre) y prescribió un código legal moderno que garantizara los derechos y libertades conquistados durante el periodo revolucionario, la igualdad ante la ley y la libertad de culto (el código napoleónico que todavía inspira las legislaciones de los países avanzados».

Lo que ocurre es que por otra parte, en su empeño por evitar los tumultos y excesos revolucionarios, concentra cada vez con mayor empeño cantidades enormes de poder. Y se proclama cónsul único y vitalicio (1802), emperador (1804)… Y si fuese sólo este el entretenimiento al que se dedicó, quizás Francia no habría tenido mayores problemas. Sin embargo, le dio por conocer mundo y prácticamente toda Europa quedó conquistada en diversas formas de dominio; bien era él el órgano de gobierno, bien lo hacía a través de los napoleónidas, esto es: amigos y familiares que colocaba al frente de los diferentes Estados que iba sometiendo. En España nos encasquetó a su hermano José Bonaparte, conocido como Pepe Botella, fama infundada porque al parecer era abstemio. Pero aquí ya sabemos, somos muy de etiquetar y matas a un gato y no le mires el diente… o algo así era el dicho.

La cuestión es que terminaron venciéndole en dos ocasiones, pues de la primera a la que fue confinando a la isla de Elba (próxima a Córcega) logró escapar y fundar el Imperio de los Cien Días. De la segunda, vencido en Waterloo, ya fue más complicado que lo hiciese. Lo mandaron a Santa Elena, un islote en mitad del Atlántico donde murió seis años después, en 1821.

Muerto Napoleón se acabó la rabia, y potencias como Rusia, Prusia (futura Alemania) y Austria se reunieron en Viena para rehacer el mapa de Europa. Quitaron de aquí, pusieron allí, recortaron por ahí, redujeron las fronteras de Francia a la etapa anterior a la revolución; y sobre todo, se juraron intervenir en aquellos territorios susceptibles de sufrir un nuevo estallido liberal burgués. El Antiguo Régimen era restaurado y Europa entera regresaba (más o menos, pues conocido lo bueno fue complicado volver a la situación anterior) al modelo absolutista, los privilegios estamentales, el fanatismo religioso, etc. Es decir, la burguesía alemana, italiana, austríaca, española probaron las mieles del sistema liberal, gozaron de derechos y libertades nunca antes vistas. Lo que les molestaba era estar sometidos a los gabachos, pero la forma de gobierno y las ideas que traían éstos les molaba cantidubi.

Estas potencias y algunas otras añadidas después (Francia, Inglaterra), se juraron en la Santa Alianza, la Cuádruple Alianza o la Quíntupla Alianza. Dar leña al mono ante cualquier atisbo de revolución, o sea, intervención de los militares. Para ello convocaban diferentes congresos en los que estudiaban la situación de los Estados. En Verona, la ciudad de los amantes de Chespir (Shakespeare, para los estudiantes de Openin), hicieron una quedada, vía palomas mensajeras (el WhatsApp de la época*) en 1822 para debatir si era necesario intervenir en España, donde desde 1820 Fernando VII hubo de jurar un régimen constitucional. Finalmente, Luis XVIII llegó con un ejército conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis (no eran tantos) y al peor de nuestros monarcas le restituyeron el poder absoluto aboliendo la Constitución de la Pepa.

Pero ya dije que fue imposible, y desde 1820 hasta 1848 continuaron sucediéndose toda una serie de oleadas revolucionarias que pretendían reponer el modelo liberal, las constituciones, los derechos y libertades individuales, sufragio… en suma, la base política de nuestro sistema actual. En Estados como España, Portugal, Francia, diversas ciudades alemanas e italianas, e incluso en las colonias latinoamericanas, se sucederán movimientos ilustrados a cargo de los grupos masónicos, que deseaban la implantación definitiva de un modelo parlamentario y un Estado que, por fin, convirtiera en ciudadanos quienes antes habían servido simplemente como súbditos del rey.

*Resulta obvio que no quedaron a través de palomas mensajeras, pero para que ningún despistado lo ponga en el examen, yo aviso.

Comentarios