Historia del mundo contada para adultos (IV)

Como íbamos diciendo, Europa (y algunas otras partes del mundo como Japón) presentaba una serie de estructuras que se han llamado como Antiguo Régimen. Sin embargo, a partir del siglo XVII y, en especial, a fines del XVIII, se asentarán las bases para que se produzcan una serie de cambios que den al traste con ese mundo. En lo económico, será el surgimiento del capitalismo y las revoluciones industriales que llegaron después, las causas principales motivadoras del cambio.

Paralelamente, una serie de filósofos y pensadores van a ir recogiendo toda una suerte de nuevas ideas que poco a poco irán calando en parte de la sociedad (no creamos que me refiero a toda la sociedad, pues el acceso a las obras de estos autores estaba restringido a los grupos más pudientes: clero, aristocracia y burguesía) y serán la base ideológica de las revoluciones liberales que terminen asestando el golpe final al viejo modelo.

Al conjunto del movimiento que agrupa a estas ideas se le conoce como Ilustración, y no fue exclusiva de Francia, pero podemos decir que fue en ella donde tuvo mayores repercusiones (aunque su origen remoto estuviese en los pensadores ingleses). Podría definirse como el movimiento filosófico, literario y científico que se desarrolló en Europa —y sus colonias— a lo largo del siglo XVIII sustentado por la razón como única fuente de explicación de la realidad. De ahí que también fuese conocido como «el Siglo de las Luces». Entenderán ustedes que asistimos al momento más importante de la Historia en el que las religiones comienzan a abandonar el protagonismo y la preponderancia tradicional, ese papel que les otorgaba el privilegio en exclusiva de ser fuente de conocimiento, aun cuando sus interpretaciones de los hechos escapaban a la razón.

Portada de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot (1751)

Portada de la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot (1751).

Resumamos las aportaciones más destacadas de la Ilustración:

  1. Rechazo de toda justificación basada en la revelación divina o tradición. Crítica a la superstición, al fanatismo religioso, a la intolerancia, a la ignorancia.
  2. El único motor de los cambios de la sociedad debía fundamentarse en los principios de la Razón  (razón o ciencia es todo lo contrario a fe o religión) o la inteligencia humana, la cual —se pensaba— era capaz de resolver todos los problemas económicos y políticos existentes. La Historia de la Humanidad se entiende como la del progreso humano; había demostrado ser una historia de sociedades con tendencia al cambio positivo, a la mejora. Las dos guerras mundiales darían un duro golpe a este hecho.
  3. La naturaleza sería la fuente de inspiración de este progreso, espejo en el que todos los ámbitos de la vida (jurídico, económico, social, político, etc.) debían mirarse por su funcionamiento armónico.
  4. Y para que todo este entramado de ideas pudiesen llevarse a cabo, era necesario contemplar la libertad del individuo frente al Estado, romper las cadenas que frenaban el dinamismo social y político. Desarrollar una actitud de tolerancia entre los hombres y las ideas.

Su origen no es fruto de la casualidad, sino del avance de la ciencia. Siglos de investigación que continuaban dando sus frutos. René Descartes desarrollaría el método de experimentación (empirismo) basado en la duda metódica (sólo es considerado verdadero lo que es evidente, cogito ergo sum) y en las leyes generales de la Física de Newton (por ejemplo, la ley de la gravedad).

  1. En lo social, la burguesía ilustrada francesa se opuso radicalmente a la división por estamentos que impedía un mecanismo más dinámico, una sociedad que ofreciese oportunidades para aquellos que con su talento, capacidad y esfuerzo pudiesen prosperar. Rechazaron la pertenencia a grupos sociales según el nacimiento, de este modo, nadie podría heredar ni gozar de honor, prestigio o privilegios en nombre de sus antepasados.
  2. En lo económico es lógico que los burgueses, esto es, los empresarios de la época, no tuviesen a bien que el Estado (en estos momentos el Estado era el rey, recuerden las palabras de Luis XIV L’État, c’est moi) pudiese meter las narices en sus asuntos, pues de un modo u otro el derecho más defendido por los liberales era la propiedad. Y éstos comenzaban a amasar grandes fortunas con el desarrollo de los negocios durante la revolución industrial. Así, el liberalismo económico se basará en dejar en libertad los factores de producción —capital, tierra y trabajo—, todos ellos sometidos hasta entonces al control de la nobleza o el clero (Adam Smith, 1776) para poder alcanzar el progreso.

La idea clave que se baraja aquí es, en definitiva, la no intervención del Estado en la economía, dejando a ésta a su aire según la Ley de oferta y demanda, una ley natural que consiste en la regulación del precio de un producto según el mercado, según compradores y vendedores. La oferta es la intención de venta en el mercado, la cantidad de productos que se desean vender a un precio; la demanda es el número de compradores dispuestos. Dependiendo de estos dos factores el precio variará: libre mercado. Por ejemplo, si la oferta de un producto es muy alta y hay pocos compradores, el precio será muy bajo; en cambio, si el producto escasea en el mercado (poca oferta) y hay muchos compradores (demanda), el precio será muy alto.

  1. En lo político la teoría liberal acaba derrocando al absolutismo del Antiguo Régimen. Los philosophes franceses rechazarán definitivamente dicho sistema en la Revolución (1789-1799), basándose ideológicamente en los postulados de Locke y Voltaire (tolerancia y libertad civil), Montesquieu (división de poderes) o Rousseau (soberanía nacional), para argumentar su rechazo a ese sistema.

A grandes rasgos los súbditos del rey ahora se convierten en ciudadanos gracias a un código legal igual para todos, sin privilegios; el poder político (la política es el arte de gobernar) se repartirá en un juego de equilibrios entre el parlamento, el rey y los tribunales de justicia; y la soberanía (la capacidad para tomar decisiones) recaerá en la nación. Esto último es lo que se conoce como soberanía nacional, que no soberanía popular; pues básicamente sólo podían votar los más ricos (sufragio censitario) y algunos lo argumentan con bastante lógica. Recuerden las palabras del poeta alemán Schiller: los votos deberían pesarse, no contarse. Y aquí un texto de la época.

«No quisiera perjudicar ni ofender a las clases laboriosas. (…) Frecuentemente están dispuestas a los más heroicos sacrificios, y su abnegación es tanto más admirable cuanto que no es recompensada ni por la fortuna ni por la gloria. Pero entiendo que el patriotismo que da el valor de morir por su patria es distinto del que hace capaz de conocer bien sus intereses. Se requiere, pues, otra condición, además del nacimiento o la mayoría de edad. Dicha condición es el ocio, indispensable a la adquisición de la cultura y el recto criterio. Sólo la propiedad hace a los hombres capacitados para el ejercicio de los derechos políticos». — Benjamin Constant en Principios de política (1815).

Estas ideas, no obstante, circularán en un ámbito reducido ya que sólo sabían (y podían) leer algunos nobles, clérigos y miembros acomodados de la burguesía. La publicación más importante donde se recogió fue la Enciclopedia (1751-1776), dirigida por Diderot y d’Alembert. Una especie de wikipedia de la época, pero cuyos autores eran los más reputados en materia de ciencia, arte y técnica. Por otro lado, no podemos olvidar la proliferación de las sociedades científicas, literarias o artísticas, y las academias, apoyadas por los poderes públicos y con publicaciones en revistas y periódicos; las «sociedades de amigos del país» establecidas usualmente en las principales ciudades y capitales de provincia; y los salones, tertulias o reuniones de ilustrados para tratar sobre los más diversos temas, constituyéndose como otros medios de difusión.

FOTO: Steve Jobs rodeado de ordenadores en los primeros años de su carrera profesional.

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