#Final de curso

Acostumbro, al finalizar los cursos, a valorar en este blog cómo ha ido. Hacer una especie de balance del que trato de obtener ciertas conclusiones, algún aprendizaje, reflexiones que me sirven para ir cargando mi maleta escolar particular.

Allá por septiembre inauguramos el cole en este espacio con una apuesta (en el fondo me cabrea sobremanera que se le llame colegio, pues es instituto). El reto, bastante retórico, consistía en conseguir que los alumnos colocasen la virgulilla a la eñe. En otras palabras; tuviesen interés en hacer bien sus tareas, aprender el valor del trabajo que se elabora con la voluntad de quien desea conocer cuál es su potencial, hasta dónde alcanzan, etc., etc.

En porcentaje, los justos de Sodoma en España son tan escasos como el lince ibérico o el camaleón; sin duda alguna se encuentran en peligro de extinción. Y lo peor de todo es el consentimiento de quienes nos dedicamos a esto de la tiza, la transigencia con esa actitud pasota y desinteresada, con la desidia aireada por cuantos alumnos pisan hoy día las aulas y se niegan a pegar un palo al agua. O sea, ni hay virgulillas, ni bolígrafos rojos con pantalones suficientes para exigirlas.

Y esta es mi derrota confesa, vencido por un sistema que no sólo no promueve la excelencia y arropa a la mediocridad, sino que permite y consiente y tolera la falta de conocimientos, el rechazo descarado por alcanzar unos objetivos cada vez más simples y sencillos, con la desgana propia de soñadores perezosos que por más que el listón haya sido ignorado bajo tierra, tropiezan y tropiezan una y otra vez.

¿Cómo podríamos entender si no, que un alumno se vea en Selectividad con el título de Bachiller acompañado por decenas de faltas de ortografía y dificultades serias de expresión escrita? ¿Cómo es posible que sean incapaces de corregir una redacción en la que combinan de un modo aleatorio las mayúsculas y minúsculas? ¿Cómo se explica que los bachilleres de hoy no sepan el significado de términos tan comunes como abdicación o coyuntura?

Yo me cuestiono: si después de diez años de estudios en Primaria, Secundaria y Bachillerato, no hemos aprendido lo básico; esto es, leer y escribir, ¿en qué demonios estamos empleado el tiempo en los centros educativos (ya no se denominan formativos, pero el caso es que lo que se dice educación, también brilla por su ausencia)? ¿para qué tanta inversión económica, tanto ordenador, Internet y tantas TIC de las narices si al final no hemos conseguido que España la escriban con mayúscula y español en minúscula, y que la eñe sigue manteniendo la puñetera virgulilla!

Aun así, deseo proclamar mi más profunda admiración por quienes trabajan, se esfuerzan y se sacrifican; esos justos de Sodoma que no se rinden a pesar de que este país de mierda les invita cada día a hacer las cosas de la forma más deshonesta. Un país en el que  triunfan los tramposos, no sea que se den cuenta de que no son más que unos mediocres.

Pd. Especialmente quiero agradecer a mi tutoría las satisfacciones que me ha dado y el aliento para que siga creyendo en lo que hago.

Foto: Aula de la escuela del campamento de refugiados saharauis de Bojador (2014).

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