El club de los faltos de cariño

Cuando comencé a viajar solo, en un principio por España (fue en Barcelona donde me enfrenté a mis primeros miedos) y luego cruzando las fronteras de Europa, América y África; siempre me he hecho la misma pregunta: ¿colgarse la mochila al hombro se debe a un motivo que nos arrastra a conocer otros lugares, o a otro distinto que nos empuja a huir del puerto de partida? Se trata de una duda que no he resuelto, al menos no de un modo definitivo.

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Una niña en el Rif

De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias. 

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Si después de ver estas imágenes no os dan ganas de coger una mochila y un diccionario de inglés, yo me rindo, saco la banderita blanca y ya salga el sol por Antequera que firmo el armisticio, la capitulación y el testamento si hace falta. ¡Pardiez, pero cuánto nos estamos perdiendo!

PD. Si podéis verlo a tamaño completo y con el sonido, muchísimo mejor.