Miren a Pastor

El trabajo de Waiteen de Mira Pastor, fruto de un viaje personal por EE.UU. y Canadá, posee una poesía de gran belleza para quienes sepan apreciarla. Un gran dominio de la fotografía.

Para quienes quieran conocer cómo se pierde uno hacia su interior, pinchen aquí.

La mirada

Desde muy pequeño siempre sentí gran atracción por la imagen. Me gustaba dibujar sobre todo monstruos. Debí de heredar esta predilección de mi abuelo materno quien dominaba la pintura y tenía cursos de dibujo y de ilustración comercial. Siempre fui bastante creativo, recuerdo que andaba todo el tiempo inventando la manera de cómo cambiar el aspecto de la bicicleta o el monopatín. Mi preocupación por lo estético ha sido una constante en mi vida y de un modo u otro lo sigue siendo. Pero más allá de que me atrape el mundo del diseño o del arte figurativo en general, el descubrimiento de la fotografía fue un momento muy importante en mi vida.

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La aldea de Amun

Después de unos días en Mukono, cerca de Kampala (capital de Uganda), me dirigí al norte del país donde el Ministerio de Exteriores aconsejaba no acercarse. Había conseguido contactar con unos misioneros combonianos que llevaban años establecidos en Alenga. Me interesaba visitar un lugar más apartado del bullicio y adentrarme en la cultura africana y los problemas que habían asolado en los últimos años. El tema de los niños soldado y el tan famoso, por aquel entonces, Joseph Kony fueron mis impulsos para viajar adonde se ven pocos muzungos (hombre blanco).

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El hombre de Kapuściński

El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír.

Ryszard Kapuściński, Viajes con Herodoto.

El camino de Ruanda

Si estos son ruandeses, desde luego nada tienen que ver con los que me he cruzado durante los dos meses que he permanecido recorriendo el país de las mil colinas. De no ser por las condiciones en las que se encuentra este edificio, pensaría que he terminado en el JFK de Nueva York o en el Midway Internacional de Chicago. Muchos de los negros que se pasean aquí parecen salidos de un videoclip del cantante rapero Snoop Dogg. Ataviados con collares, anillos y colgantes, relojes de pulseras que harían de palacios para cuco. Ropa con motivos y colores de los «iuesei», como si las prendas hubiesen sido tejidas con la bandera del Estado que dirige Obama. Hasta dónde llega la globalización, pardiez. Si esto es África, que baje Mandela y lo vea.

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