El camino

Hojeando el periódico compruebo una vez más que no existe un camino, sino múltiples. Puede que sólo haya una forma correcta de transitarlo, pero existen múltiples itinerarios, vidas, momentos, etc.

Tocando a Bernini

En el museo Borghese de Roma volví a coincidir con ella. Ya saben, la suerte a veces se pone de tu parte. Digo volví a coincidir porque en las salas del excelso Vaticano también pude verla. Me quedé prendado admirando su sonrisa; divino semblante por el que vendería mi alma al mismísimo diablo. Irradiaba luz. Una luz blanca y despejada. Era el rostro de quien flota en el nirvana. Pero ahora lo hacía en la sala del Borghese delante de Bernini.

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Imagen: Apolo y Dafne. Bernini, 1625. Museo Borghese, Roma.

De todas las obras que saboreé en Italia, fue sin duda la de Apolo y Dafne la que retorció con más fuerza mi mullida sensibilidad. Una sensibilidad mullida que chorreaba ideas después de absorber otras ideas, las de los grandes genios de la Historia del Arte. Venía de pisar museos y edificios emblemáticos en Bolognia, Venezia, Verona, Milán, Florencia y el Vaticano. Figúrense. Pero Lorenzo me atizó con un golpe de luz que casi me tumba de espaldas en aquella sala que rodeaba, que guardaba, que custodiaba, que vigilaba el instante en el que Dafne escapaba de las ansias de Apolo, quien fustigado por las saetas de Cupido, una de amor y otra de rechazo, la perseguía cual efebo que suspira anhelando el beso de su amada.  

Bernini y su Barroco fueron una vuelta de tuerca más al arte clásico cuando parecía imposible superar todo lo anterior sin salirse del guión, de esas líneas que iban marcando el camino antes de llegar a las vanguardias, o quizás antes, al preimpresionismo. Hay que ver cómo cincelaba suavemente esas esculturas que parecían hechas de otra cosa y no de piedra. Como si hubiese tardado varias eras en hacerlas. Y ese ligero apretón en la piel que Apolo presiona levemente con su mano izquierda el vientre de Dafne y parece como si le otorgarse una plasticidad natural, como si estuviese acolchada, esponjosa, elástica. Por no hablar del movimiento y el dinamismo, de la danza de ambos en la huida virginal de la ninfa sujetos en un pentagrama imaginado y ondulante.

El mito ya lo conocen, Apolo le tiró los trastos a Dafne y ésta que quería morir virgen lo rechazó. Efectivamente, lo que se conoce vulgarmente como calabazas. Pertenece a pasaje mitológico extraído de la Metamorfosis de Ovidio: «…Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos crecen transformándose en hojas, en ramas sus brazos, sus pies un momento antes tan veloces quedan inmovilizados en raíces fijas; una arbórea copa posee el lugar de su cabeza …».

En la estatua de Apolo hay una sublime leyenda, una moraleja como colofón que fue añadida por el Papa Urbano VIII en un grabado en el que se lee: «Aquel que persigue la belleza fugaz, acaba conteniendo en sus manos frutos amargos».

Y este pequeño poema de Rubén Darío dedicado al mito.

¡Dafne, divina Dafne! Buscar quiero la leve / caña que corresponda a tus labios esquivos; / haré de ella mi flauta e inventaré motivos / que extasiarán de amor a los cisnes de nieve.

Al canto mío el tiempo parecerá más breve; / como Pan en el campo haré danzar los chivos; / como Orfeo tendré los leones cautivos, / y moveré el imperio de Amor que todo mueve.

Y todo será, Dafne, por la virtud secreta / que en la fibra sutil de la caña coloca / con la pasión del dios el sueño del poeta; / porque si de la flauta la boca mía toca / el sonoro carrizo, su misterio interpreta / y la armonía nace del beso de tu boca.

¿Saben una cosa? Todo esto que trato de contarles pudo verlo con sus ojos de ciega la mujer que encontramos en el Vaticano. De ahí esta entrada ya pasada en la que gritaba sensibilidad. Deberían haberla visto ustedes: la expresión de su rostro, su sonrisa. No hace falta nada más para darse cuenta que aquella invidente a la que permitían el privilegio de acariciar las esculturas de los museos de Roma, las obras que siglos antes habían sido moldeadas por los más ilustres artistas de la Historia; aquella mujer, tenía sensibilidad. Ni siquiera le hacían falta los ojos para deleitarse con ello y salivar con cada rincón del cuerpo de los seres mitológicos.

Aún recuerdo perfectamente aquella escena, y cada vez que hablo de la sensibilidad, de la capacidad de ver más allá de lo que ven nuestros ojos, de estremecernos; se me viene a la mente la entrañable anciana a quien la ceguera no le privó de cautivarse con el maestro Bernini. Y con tantos otros.

Sigan dándole vueltas a la sensibilidad. Maldito Bresson.

  1. *Apolo en la mitología griega es el hijo de Zeus y de Latona. La personificación del Sol, y en el cielo es también considerado el dios de las artes, la medicina y la poesía. Aparece armado con un arco y flechas con las que hería de muerte como dios vengador y competía con Cupido.
  2. *Cupido o Eros en la mitología griega es el dios del amor, hijo de Zeus y Afrodita. Era representado como un bello efebo con los ojos vendados que lanzaba flechas o saetas de pasión temidas incluso por otros dioses.
  3. *Dafne es una doncella o ninfa, hija de Peneo y de Gea, de la que se enamoró Apolo. En la persecución por éste dio un grito que fue escuchado por su madre, la diosa de la Tierra, quien abriéndose la recibió y en el lugar donde desapareció brotó un frondoso laurel.

Lean: Grito ¡sensibilidad!

Grito ¡sensibilidaaaaaaaaaad!

Apaga esa maldita luz. Sí, la que no te deja pensar. La luz ambiente. ¿Pensar? ¿Dije pensar? Perdón; sentir. La maldita luz que no te deja sentir. Ese ruido que ronronea constantemente martilleando tu abollonada cabeza. Pum, pum, pum. Estupendo, ahora que tienes la luz que ronronea apagada, ahora que ya no se oye nada y todo está en absoluta quietud. Ahora que lo que escuchas es todo negro y lo que ves se sumerge en el silencio…

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