#La navaja de Hanlon

Es gracioso esto de la incompetencia en los cargos públicos. Lo es hasta que a uno le terminan tañendo los dídimos por muy a cubierto que los ponga. Lo vemos todos los días y como está igual de extendido que la corrupción —suelen ir de la mano—, por no llorar, reímos. Pero como digo, la gracia viene cuando ¡bingo! te toca el más tonto. Es cuestión de estadísticas, gilipollas por metro cuadrado y todo eso.

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#Un café por un rabillo

Llevo varias notas, bocetos y pruebas, y sólo me salen ripios cuando intento escribir un artículo para explicarles mi desánimo en cuanto a la enseñanza. Así que he desistido incluso de esta pequeña empresa, pero no por ello puedo dejar de publicar una carta que me fue enviada por mi antigua alumna Silvia, estudiante de periodismo en la actualidad.

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Si saben leer entre líneas, comprenderán fácilmente cuál es el problema de este asunto. Sólo les diré ya por último, que el motivo de este correo fue una petición que os hice allá por julio o agosto cuando pensaba que iba a cambiar de centro y quería comenzar mis clases con un texto escrito por alguno de ustedes a quien yo le hubiera dado clases.

“Posdata: Bienvenidos al nuevo curso escolar 2013/2014. El objetivo será ponerle el rabillo a la ene para convertirla en eñe. Me apuesto un café a que no lo consigo.”

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#Mi carta de Reyes preferida

Una antigua alumna me recuerda hoy la carta de Amadeo de Saboya que para quienes no lo sepan fue rey extranjero durante uno de los períodos más inestables de la historia de nuestro país. Me refiero al Sexenio democrático o revolucionario, a lo de la I República que tanto ensalzan algunos sin tener ni idea que fue la muestra de quiénes somos y cómo nos comportamos en cuanto se supone que el pueblo toma las riendas. Como si fuésemos cosa distinta a los reyes que nos han gobernado o a nuestros políticos.

Amadeo de Saboya, rey de España desde noviembre de 1869 hasta el 11 de febrero de 1873.

Aquí, deberíamos darnos cuenta de una vez, que no hay buenos ni malos y que realmente somos todos unos hijos de puta de mucho cuidado. Ejemplos en nuestros libros de Historia, si se saben leer, los hay a patadas, pero de todos ellos es la carta de renuncia al trono de Amadeo de Saboya una de las que más alivio me producen. En ella se dice explícitamente cuál es la verdadera causa de nuestros males. Lean:

«Dos largos años há que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada dia mas lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fueran estrangeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, seria primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con pluma, con la palabra agravan y perpetuan los males de la nacion, son españoles; todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamar de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinion pública, es imposible afirmar cuál es la verdadera , y mas imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.»

El 11 de febrero de 1873, este rey importado de Italia, abdicó del trono español después de apenas dos años. Jamás gozó del apoyo de ningún grupo político, entre otras cosas porque su gran valedor, Juan Prim, había sido asesinado antes de su llegada. Por lo poco que he leído al respecto, quiso hacer las cosas bien y convertir España en un Estado democrático; sin embargo, han de saber que lo que vino después de su marcha —I República con gobierno autoritario del general Serrano incluido— fue otro de esos episodios que demuestran que lo peor que puede sucedernos a los españoles es que nos dejen gobernarnos a sí mismos. Es lamentable, pero francamente cierto. Hagan sus reflexiones.

Pinchando aquí pueden disfrutarla por completo. La abdicación, digo.

#El garrulo educado

El otro día estaba en el gimnasio, ya saben, lugar de moda en la actualidad. En la antigua Grecia compartía el espacio —la palestra (así se llamaba)— con las bibliotecas. Sin embargo, hoy día no puedo imaginarme algo más antagónico con él que la casa de los libros; basta con escuchar las conversaciones en unos y otros. En los primeros no se sale del fútbol o los asteroides*, mientras que en las segundas lo que abunda es la comunicación silenciosa con los grandes filósofos de la Historia (bueno, más o menos, reconozco que las bibliotecas universitarias también han evolucionado).

El Roto, en El País.

El Roto, en El País.

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#Ya no puedo recomendar El conde de Montecristo

A menos que creáis en vosotros mismos, nadie lo hará; este es el consejo que conduce al éxito. —John D. Rockefeller

Es media noche y me dispongo a interrumpir la lectura del que se ha convertido en un libro de cabecera como El Príncipe de Maquiavelo para Napoleón. Uno de esos libros que trascienden en el tiempo y te cambian los esquemas por completo. Ya sabe usted que suele decirse que uno es lo que lee. Desde hace poco mi admirado Edmon Dantés me ha trastocado la forma de pensar tanto como lo hizo hace unos meses Don Fabrizio. Y es una pena que sean estas las obras que más huella me están marcando cuando no puedo más que recomendarlas con cierta timidez en esta casa que es mi blog. El último, El Gatopardo, porque sé que no comprendería su mensaje, pues ni conocen en profundidad la decadencia de la nobleza en el siglo XIX, ni habrán experimentado como éste que firma lo que escribe el inexorable paso del tiempo cuando las manillas del reloj se hacen cada vez más pesadas. Tampoco puedo animarles a la lectura de El conde de Montecristo simplemente porque tiene mil páginas, y reconozco que no nos queda ni la paciencia ni el interés necesarios en los días que corren para devorar este plato, tremendamente nutritivo, pero demasiado copioso para sus delicados estómagos. En el mejor de los casos renunciamos a todo ello sustituyendo a uno y a otro, a los clásicos en general, por otras lecturas epidérmicas de las que no se pueden extraer grandes aprendizajes, de las que sólo entretienen con el dominio dudoso de la técnica literaria, sin dejar ningún recuerdo importante en nuestras memorias. Cuanto menos: una pena.

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javirroyo.tumblr.com

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#Exámenes sin virgulillas

Llevo toda la mañana corrigiendo hasta acabar con retortijones. Vienen y van según me voy saltando los renglones. Lo de corregir es un decir, la mayor parte de las pruebas son tipo test, ya saben a,b,c,d… Bueno, a decir verdad, «a» o «b», y ya.

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Imagen: Felipe, de Mafalda. QUINO.

Desde hace tiempo tengo una máxima: cuantos más exámenes peor. Por eso me limito a los estrictamente necesarios, ni más ni menos. El silogismo es de cajón: si a más exámenes peores resultados, cuantos más ponga más gente me cargo; luego más estudiantes aprobados cuantos menos haga. Así todos felices. Yo contento, la delegación contenta, los papás contentos (mucho ha que doy en adultos, pero seguro que sigue habiendo por ahí algún padre feliz por que su hijo se saque el graduado de secundaria o el bachiller), y los alumnos con… los alumnos jamás estarán contentos.

Ustedes están pensando, este tío está chaveta, ¿cómo van a suspender más estudiantes si das más oportunidades para aprobar? Pues aunque les parezca ilógico es así, y tiene una explicación bien sencilla. Imaginen que tienen dos oportunidades para una prueba física. La primera se realiza en junio y la segunda en septiembre. Seguramente entrenarán durante todo el invierno sabiendo que aún les queda el verano si no han hecho todo el esfuerzo suficiente. No la superarán en junio y el verano en realidad lo tomarán como descanso, pues en época estival poco o nada se hace. De modo que la prueba de septiembre saldrá incluso peor que la anterior. Pero si de entrada ya conocen que sólo tendrán una única oportunidad en junio, irán con todas sus fuerzas a ella. Aprobarán o no, pero se habrán sacrificado al máximo.

Esta es la realidad que me encuentro cada curso. Por regla general (siempre hay excepciones) los exámenes de septiembre son de una calidad óptica abominable. Los alumnos llegan de las vacaciones (también pueden incluir pascua y cualquiera en la que estén más de tres días alejados de la Escuela) en pésimas condiciones, como los deportistas antes de la competición. Parecen haber olvidado todo lo que han aprendido durante el curso. Y me pregunto si sólo somos capaces de retener conocimientos y destrezas durante los nueve meses que dura y durante los doce o catorce o los años que sean que dure la vida académica, ¿para qué estudiamos? O sea, si luego salimos por la puerta de la Escuela, del Instituto o de la Universidad con nuestro titulín bajo el brazo, pero con la cabesa vacía, ¿de qué nos sirve?

Algo estamos haciendo mal sin duda. No es normal este nivel Maribel. Porque ¡cómo es posible que no pongamos ni las mayúscula a los nombres propios?, ¡cómo es posible que no escribamos bien nuestro propio nombre? Me he encontrado con casos en los que no sólo no se colocaba la tilde en un apellido, sino en los que se olvidaban hasta de la virgulilla de la de la eñe. ¡Nuestra eñe! ¿Quieren decirme cómo le llamamos a esto? Y también, ¿qué hace uno con semejante equipo al que le da pereza ponerle siquiera el rasguillo a la ene para convertirla en eñe? Si respetásemos las reglas de circulación como las de la ortografía adelantaríamos a la India en accidentes de tráfico.

Algunos estarán pensando: qué meticuloso, dará igual una tilde más o menos. Efectivamente, por eso mismo porque da igual, ¡me la ponen! Es fácil deducir, imagino, que con esta tendencia del laissez faire, laissez passer si a un médico se le olvida qué vena ha de pinchar, no pasa nada; si a un juez se le pasan dos o tres pruebas y por ello un acusado queda absuelto, no pasa nada; si un mecánico olvida (o no le apetece, o no sabe) cambiar el líquido de frenos, no pasa nada; si un taxista se equivoca de dirección porque la desconoce, no pasa nada… En mi caso, en el de quienes nos convertimos en profesores con la ilusión de transmitir conocimientos, hago la siguiente reflexión: si no podemos enseñar, si no quieren aprender; qué narices hacemos aquí.

Lo peor de todo es que uno se siente impotente ante semejante rebeldía, ante colosal huelga de saberes ortográficos o cualquiera de aquellos que con tanto esfuerzo pretendemos comunicar.

Lo del contenido de las pruebas, eso ya lo dejo para otro día porque aún me quedan exámenes por corregir. Me desahogué, que es lo que llevo haciendo en este blog desde que con la excusa de colgar apuntes lo abrí para ustedes.

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Posdata: Bienvenidos al nuevo curso escolar 2013/2014. El objetivo será ponerle el rabillo a la ene para convertirla en eñe. Me apuesto un café a que no lo consigo.