Todo lo que es capaz de capturar una imagen es una cámara

Primer principio de mi decálogo fotográfico. A veces se me olvida. Frecuentemente, he de reconocerlo. Es difícil escapar de esta vorágine consumista en las que andamos imbuídos. Yo no culpo ni a la publicidad, ni al comercio, ni a los gobiernos neoliberales, ni al capitalismo, ni a amazon o fnac que me mandan correos electrónicos con productos que saben que me pueden interesar. Me parece estúpido hacerlo, qué quieren que les diga. ¿Por qué sacudirnos siempre la responsabilidad de nuestros actos? En última instancia nadie te apunta con una pistola obligándote a comprar otra cámara, otro objetivo, otra mochila, trípode y toda suerte de chalauras que componen hoy día la parafernalia de la fotografía. Oye, ya somos mayorcitos para saber lo que de verdad nos hace falta para hacer fotos y lo que sólo atiende al gusto de consumir, a esa espuria sensación de bienestar cuando uno suelta las pelas y recibe a cambio uno de esos cachivaches bien embalados, nuevos, brillantes, garantizados. A veces disfrutamos sólo comprobando que siguen impolutos a pesar del paso del tiempo. Y eso realmente sólo es por un único motivo: sencillamente, no lo usas.

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Mi decálogo fotográfico

Si no somos eternos estudiantes corremos el riesgo de estancarnos en una serie de conocimientos anquilosados que no permiten la mejora. Esa es mi actitud, sin embargo, a pesar de toda la literatura que circula por librerías e Internet, he querido publicar aquí cuáles son las normas e ideas que sigo cuando hago fotos; más por definición personal que porque crea que pueda aportar algo nuevo de lo que ya se ha dicho. De hecho, estas cuestiones en su mayoría son más bien aprendidas de grandes fotógrafos, aunque luego las haya podido experimentar. Insisto, no me confundan, no soy fotógrafo, sólo hago fotos. Hay una distancia evidente.

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Una niña en el Rif

De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias. 

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