Las grietas de Lena

La fortaleza y la habilidad inspiran admiración, pero no amor. Lo que infunde amor es la fragilidad humana, las grietas que llevamos dentro. Pero la fragilidad por sí sola no basta, debe completarse con autonomía y una cierta capacidad de reflexión crítica sobre uno mismo. Las grietas despiertan ternura, pero tarde o temprano aquello que produce ternura acaba engendrando agresividad. La menesterosidad pura es, a causa de su impotencia, tan imposible de amar como la fuerza bruta.

Lena Andersson, Apropiación indebida (2015)

#Elecciones

A fines de mi estancia en Mil Colinas se me ocurrió que aparte de hacer fotos y vídeos podría dar una especie de clase a los más adultos, chavales de lo que aquí conocemos como bachilleratos. La idea me vino a la cabeza después de pasar unos días en Abadahemuka, la asociación que montó Gaudence en Kayenze y de la que ya he hablado en otra ocasión. Allí, conviví unos días con una docena de jóvenes aspirantes a monja. Imagínense la estampa del asunto, el menda, apartado de cualquier atisbo de civilización, sentado en una mesa rodeado por ruandesas entre los 18 y 25 años.

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Lee

En el cole sí, pero en el instituto no. No recuerdo si Juan Ruiz, el profesor de Arte de quien bromeábamos que era la copia china de Juan Ortiz, el de Historia que admiraba todo el mundo; mandó obligatoriamente la lectura de La tabla de Flandes de Pérez-Reverte aquel año que hice segundo de bachillerato. La cuestión es que no dudé en leerlo y hoy día le debo el descubrimiento de uno de los autores que han influido con más fuerza en mi pensamiento, o quizás sería mejor decir, en mi planteamiento vital. Después de haber abierto tantos libros desde entonces, y haber comprendido entre otros a Daniel Pennac, tengo la máxima de no obligar a la lectura, pues como escribía el gabacho: a leer se aprende en la escuela, a amar la lectura… (1) Sin embargo este año he sido infiel a mis principios como Groucho Marx (2) y en los bachilleratos he puesto una lectura obligatoria a ver qué pasa.

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El placer de la lectura (Paco Montero)

“Tolle, lege”, decía San Agustín en sus Confesiones. “Toma, lee”: una exhortación, un mandato, un deber y, en el fondo, una condena. Porque el hombre está condenado a descifrar el mundo que le rodea mediante sus experiencias, sus sentidos y su razón. Lee el campesino cuando reconoce el significado de las señales celestes y naturales, y sabe si lloverá o nevará, o por dónde soplará el viento, o cuándo parirá la oveja (1)… Lee el pescador en los movimientos de la mar rizada, en el vuelo de las gaviotas y en la suavidad de la brisa (2)… Lee el músico en su partitura; lee el arquitecto en su proyecto; lee el crítico de arte en los cuadros de pintura ajenos…

 

Leer es comprender lo que antes se contemplaba sólo como un enigma o como un conjunto de endemoniados ringorrangos trazados en el papel. Cuando el niño o el adulto que aprende tardíamente a leer balbucean las primeras letras y oyen la música de sus sonidos, se sienten poseedores de un conocimiento milenario y universal que les permite desentrañar misterios hasta entonces ocultos. Esas primeras letras que brotan de los labios se perciben como música celestial. No sólo las ven los ojos o las palpan las manos, sino que parece que huelen y que son saboreadas por la lengua. Descifrado el código, el mundo se hace más claro.

En las sociedades antiguas, como Egipto o China, una casta de escribas se adueñó del lenguaje y lo apartó del pueblo. Se convirtieron así en los celosos guardianes de un bien superior, un don otorgado por los dioses. El dios egipcio Thot, patrón de los escribas, fue el inventor de la escritura y, mediante las palabras, creaba las cosas del mundo, escribía las leyes y la historia, conocía las fórmulas mágicas y autentificaba las decisiones de los faraones, incluyendo su nombre en el libro de la historia. Esta facultad de leer y escribir convirtió a una minoría de servidores reales en sacerdotes indispensables para el equilibrio de la sociedad y el mantenimiento del orden político y social. Quien desconocía los entresijos de la lectura estaba privado de una función tan necesaria como la de respirar y, por tanto, de la posibilidad de medrar en el escalafón social.

Escritura y lectura son las dos caras de una misma moneda: escribir es leerse a sí mismo. Escribir era como tallar y fijar en el tiempo lo esencial y verdadero; leer, por su parte, era retrotraerse a los orígenes para comprender lo que sobrevendría. Los primeros textos escritos surgieron en Mesopotamia, allá por el año 4500 a. C., en tablillas de arcilla pictográficas, con unas pocas marcas y con una finalidad económica. La sencillez de una muesca y unos trazos que representaban a un animal (buey, cabra u oveja) principia el largo viaje de la humanidad por los caminos del saber. Igual que el granjero sumerio leía en la tablilla, quizás, “son diez cabras” o “aquí hubo diez ovejas”, nosotros, los lectores de estos días o los de cualquier época, hemos repetido esta labor de desciframiento y de amena revelación. El lector que se abisma en la hondura del papel de un libro, con los codos apoyados en la mesa o repantigado en el sillón, revivifica a otros muchos lectores pretéritos (lectores de papiros, de pergaminos, de vitelas y de pliegos de cordel), e incluso pronostica la venida de ciberlectores (perdóneseme el palabro) más difusos, pero cautivos también por el mundo de la lectura.

1. Nini, protagonista de Las Ratas, de Miguel Delibes, es un ejemplo literario del lector natural, verdadero, práctico, hecho a golpes de trabajo y sudor.

2. Hermós, personaje de Un viaje frustrado, de Josep Pla, recuerda vivamente al viejo lobo de mar que vive embelesado entre el cielo y el océano.

Fragmento de El placer de la lectura, escrito por mi compañero Francisco Montero Ruiz para el departamento de Lengua y Literatura del IES de Campanillas.

El texto íntegro deberían descargárselo pinchando con la rata en el siguiente enlace. No se lo pierdan.

El placer de la lectura, Francisco Montero Ruiz (pdf).