El peso cubano

Para quienes aún no lo sepan, en mi viaje a Cuba allá por 2010, me dediqué a conocer la realidad del país, de ese sistema arcaico que ha resultado ser una ruina a lo largo de la historia. No lo digo sólo por lo económico, que siempre estuvo abocado al desastre y al colapso, sino por el mundo tenebroso en el que se convierte la vida de quienes son encarcelados en este modelo socialista-comunista. El caso es que hoy me gustaría contarles una pequeña historia de las visitas que hice con mi amigo Jose a varios lugares, ya saben, hospitales, escuelas, mercados y cosas así.

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Recordando Cuba

De vez en cuando está bien echar la vista atrás, para no olvidarse, para recordar. Ojeando el cajón de fotografías me encuentro con éstas de Cuba, de mi viaje al comunismo del siglo XX. Me temo que así siguen, anclados en el pasado nuestros hermanos cubanos.

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Reparto Sueños en el IPEP

Con motivo de la exposición de fotografías del Instituto Provincial de Formación Permanente, van a mostrarse un conjunto de cinco retratos que hice cuando visité Cuba en 2010. Es por ello que he elaborado este trabajo, con texto incluido de mi diario de viaje.

Extraigo aquí una parte del mismo para que vean una muestra de lo que encontrarán dentro.

Diario de Cuba:

Esta mañana he vuelto a charlar con Jose. Tengo la sensación de que se habrá pensado que soy tremendamente gilipollas. Ya llevamos varios días hablando de todo esto y cuando le he dado mi dirección y mis teléfonos españoles, creo haber quedado como un auténtico imbécil.

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Estudia para que no te manipulen

Desempolvando viejos diarios, buscando notas y anécdotas para el libro, me acabo de cruzar con una de Cuba. En Santiago estuve hospedado gracias a la ayuda de Santiago Lussón, uno de los hijos del exministro castrista Antonio Enrique Lussón.

Día del libro. El Roto.

Día del libro. El Roto.

Este hombre, que vivía cuidando a su madre en unas condiciones bastante humildes, jamás me habló ni del sistema represivo de la Isla, ni de política, pero se despidió de mí con estas palabras que resuenan ahora con fuerza cuando las leo después de tres años:

«Estudia para que no te manipulen. Todos los regímenes lo hacen».

Con la que está cayendo allí y aquí, detenerse en esta obviedad sólo puede hacerte ver que nunca cambiará nada.

El ejemplo de Meneses

«Comprendió la vida. La vivió intensamente. Fue espléndido a la hora de dar a la vida todo lo que tenía que darle… Vivió con valor, con vigor, con una insólita integridad».

Edward Steichen sobre Robert Capa

De haber sabido que la publicación de mi artículo rondaría el centenario del nacimiento de Roberto Capa hubiese hablado de él por motivos comerciales, pero como no fue así y tampoco soy muy de venderme el destino ha querido que en el cumpleaños del maestro recordemos a otro grandísimo de este mundo.

La última vez que vi a Enrique Meneses fue en Cuba, me llevé su libro a la isla. Sí, esto es tanto como decir que no lo vi nunca, pero desde entonces no he podido evitar acordarme con bastante frecuencia de este viejo periodista que tenía la grandeza de atender a personas como el que firma lo que escribe. Les paso un fragmento de la conversación que intercambié con él en mayo de 2011.

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#Estudia para que no te manipulen

Desempolvando viejos diarios, buscando notas y anécdotas para el libro, me acabo de cruzar con una de Cuba. En Santiago estuve hospedado gracias a la ayuda de Santiago Lussón, uno de los hijos del exministro castrista Antonio Enrique Lussón.

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Este hombre, que vivía cuidando a su madre en unas condiciones bastante humildes, jamás me habló ni del sistema represivo de la Isla, ni de política, pero se despidió de mí con estas palabras que resuenan ahora con fuerza cuando las leo después de tres años:

Estudia para que no te manipulen. Todos los regímenes lo hacen.

Con la que está cayendo allí y aquí, detenerse en esta obviedad sólo puede hacerte ver que nunca cambiará nada.

#Justos en Sodoma (I)

Nota: Rescato una vieja entrada que hará de primera parte de otra ya en mente que soltaré en unos días. La que sigue fue publicada en blogspot con fotos incluidas (15/06/2011).

Espero —a veces no cumplo las promesas— colgar antes de que termine el curso una entrada en la que explique por qué me gustan esos viejos cascarrabias, esos héroes cansados, esos que parecen que han tirado la toalla pero no se callan. Y que salga el sol por Antequera.

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Pero para suavizar la cosa, vamos a saltarnos el protocolo —cada uno es como es— y empezar por el final. Hablemos antes de los buenos para que queden respondidos aquí los que crean que yo pienso que todo está perdido, y que soy un fatalista, un deprimido crónico y un pesimista que aburre con su visión oscura de la vida a quienes van felices danzando por este jardín de flores de colores, verdad de las verdades, porque todo es maravilloso y no podemos quejarnos, maldita sea.

Por eso, voy a hablar ahora de los «justos en Sodoma», de los que quedan y dan sentido a esto. De los que se salvan de tanta infamia y de tanta envidia sobre el vecino en este mundo cainita que nos ha tocado sufrir desde que le pegaron una patada en el culo a Adán y a Eva y los echaron del paraíso, ya fuese el dios que fuese, eso me importa un huevo de pato. De pato a la naranja, quiero decir.

Cuando uno va caminando por la calle como el «probe Migué» pueden verse actitudes de lo más diversas: gente tirando papeles al suelo, colillas de cigarrillos, escupiendo (en algunos países tiene multa); gente saltándose los semáforos, aparcando en doble fila, pitando estresados en una caravana o al coche de al lado porque no le deja pasar (¿quién no ha sufrido un suceso de estos?); también nos cruzamos con gente que te perdona la vida con la mirada (para eso los adolescentes son muy suyos, cuando están en grupos fumando petas y sujetando un par de birras se sienten los amos del mundo); por no hablar de las últimas tendencias que están siendo recogidas en Internet cuando te para la policía ebrio: efectivamente, me refiero al «pim pam toma calasitos». Un chaval que deberían haberlo deportado a la isla de Santa Elena por imbécil profundo.

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El caso es que las viejas costumbres se han perdido y no predomina una actitud cívica por mucha «Educación para la Ciudadanía» que se dé en los centros. Por mi parte sigo mi lucha contra los modales en clases y terminaré el curso como lo empecé: indicando a mis alumnos que se sienten correctamente, se tapen la boca cuando bostecen o no se estiren como si acabasen de despertarse. Jaime Martínez Montero, inspector de Educación, lo cuenta mucho mejor que yo en este excelente artículo que puede leer pinchando aquí.

Así las cosas, se me abren los ojos y el corazón cada vez que veo un acto de civismo, ya sea en clase o fuera de ella. Hoy un alumno de tercero ha esperado a que tocase el timbre para pedirme permiso nuevamente e ir a hacer fotocopias. Le digo: -¿Por qué no me lo has recordado cinco minutos antes de terminar como te dije?- Y me responde: -No quería interrumpirte; estabas hablando.- Se me iban a caer dos lagrimones como puños. ¿Estará todo perdido? Pensemos que no.

De todas formas, lo que quería enseñales hoy es una secuencia que hice en Cuba. Son tres fotos de una mujer con «elefantiasis», esa enfermedad que se hinchan las piernas y se pueden parecer a las de un paquidermo, de ahí su nombre.

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Me encanta la secuencia porque es bastante expresiva. No quise llamar mucho la atención al hacer la foto y de ahí que la toma está desequilibrada y a veces no tiene un encuadre, digamos, clásico. Pero el resultado me ha satisfecho bastante porque en la primera imagen aparece sola y fatigada, en su cara puede verse ese desamparo fruto del trabajo de caminar en busca de la compra y los quehaceres diarios. En la segunda toma se fija en otra mujer que porta un paraguas para protegerse del sol, aunque no parece haberse dado cuenta. Y, finalmente, la última es la mejor de todas, mirad la expresión del rostro de la anciana, qué felicidad y alegría al comprobar que le tiende la mano para cruzar la calle y liberarle la carga de sus piernas.

A mí me liberó la carga del corazón, que siempre es mucho más grande y pesada.

Si quieren pueden leer también: Jodidos justos de Sodoma