El collar de la paloma

Tenía unos veintidós años cuando cayó en mis manos un libro de Enrique Rojas llamado El amor inteligente. Recuerdo que un amigo me preguntó entonces para qué leía aquello, y respondí que para saber qué era el amor. Con un toque de sorna, pero no exento de cierta verdad, me contestó: «Si Eva se enterase le daría un zamacuco». Eva había sido mi pareja durante varios años.

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La despedida de Hazm

En las dos especies que hay de separación —es, a saber, la partida del amante y la del amado— ocurre la despedida, que es terrible espectáculo y situación difícil, en la que se quiebra la firmeza del más resuelto y se anuda la fuerza del más sagaz; en la que se anegan los ojos más reacios al llanto y sale fuera el amor escondido.

Ibn Hazm (1022): El collar de la paloma.

Las grietas de Lena

La fortaleza y la habilidad inspiran admiración, pero no amor. Lo que infunde amor es la fragilidad humana, las grietas que llevamos dentro. Pero la fragilidad por sí sola no basta, debe completarse con autonomía y una cierta capacidad de reflexión crítica sobre uno mismo. Las grietas despiertan ternura, pero tarde o temprano aquello que produce ternura acaba engendrando agresividad. La menesterosidad pura es, a causa de su impotencia, tan imposible de amar como la fuerza bruta.

Lena Andersson, Apropiación indebida (2015)

¿Entonces vive solo?

Esto es prácticamente una cita, pero le daré el dudoso honor de hacerla «entrada» aunque no sea yo quien aporte nada en este caso; o en este caso también, pues la mayoría de los post, o bien son fruslerías o bien citas y reseñas de otros que acuden en mi ayuda para darle algún contenido a este blog. En cualquier caso, así os dejo, en compañía, una vez más, de Alejandro.

—Señor —dijo de pronto la condesa, tras diez minutos de silencioso paseo—, ¿es cierto que usted ha visto tanto, viajado tanto, sufrido tanto?

—He sufrido mucho, sí, señora —respondió Montecristo.

—¿Pero es feliz ahora?

—Sin duda —respondió el conde—, pues nadie oye que me queje.

—¿Y su felicidad actual le serena el alma?

—Mi felicidad actual iguala la desgracia pasada —dijo el conde.

—¿No está usted casado? —preguntó la condesa.

—¿Yo, casado? —repuso Montecristo estremeciéndose—. ¿Quién ha podido decirle eso?

—No me lo han dicho, pero varias veces se le ha visto llevar a la Ópera a una joven hermosa.

—Es una esclava que compré en Constantinopla, señora, hija de un príncipe, a quien he hecho hija mía por no tener otro cariño en el mundo.

—¿Entonces vive solo?

—Vivo solo.

—¿No tiene hermana…, hijo…, padre…?

—No tengo a nadie.

—¿Cómo puede vivir usted así, sin que nada le ate a la vida?

—No es culpa mía, señora. En Malta estuve enamorado de una joven y, cuando íbamos a casarnos, llegó la guerra y me llevó lejos de ella como un torbellino. Pensaba que me quería lo suficiente para esperarme, para permanecer fiel incluso a mi tumba. Cuando regresé se había casado. Es la historia de cualquier hombre que ha pasado de los veinte años. Yo tenía un corazón más débil quizá que los demás, y sufrí más que hubieran sufrido ellos, eso es todo.

La condesa se detuvo un instante, como si necesitara aquel alto para respirar.

—Sí —dijo—, y ese amor se le ha quedado clavado… Sólo se ama bien una vez… ¿Y no ha vuelto a ver a esa mujer?

—Nunca.

El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Capítulo LXXI.

Segundas partes

Recuerdo haber escrito esta historia tantas veces que parece como si la hubiera vivido de verdad.

Podría haberla vivido de verdad. Y no me doy cuenta porque las imágenes que tengo en la cabeza, y que siempre acabo escribiendo en el papel, son las de una escena de cine europeo con actores que nadie conoce.

O puede que no me acuerde porque ocurrió como esas cosas que pasan, que en el momento no te das cuenta, pero luego se reviven mentalmente y es cuando caes en su importancia, cuando ya es demasiado tarde para rebobinar la cinta en el tiempo. Porque a veces sí que es demasiado tarde para dar marcha atrás, aunque algunos insensatos digan que no lo es. Y no es que te arrepientas de haberlo vivido como lo hiciste porque pienses que te hubiese gustado cambiar algo —eso no podrías hacerlo—; sino porque te habría gustado vivir esa historia de verdad y no como un inconsciente de no tener ni idea de lo que pasaba, como quien se sienta en el sofá a ver la tele.

Liv Tyler

Foto: Liv Tyler by Albert Watson

Episodios de esos de la vida que te marcan el futuro, le ponen nombre a tu historia. Te bautizan.