Españoles en el corazón del horror

Hace unos años escribí para mis alumnos de secundaria un texto sobre el horror de los campos de concentración nazis. Subo ahora aquí el mismo a la espera de que a alguien le guste y especialmente para los nuevos alumnos de bachillerato.

Foto: Republicanos españoles supervivientes del campo nazi de Mauthausen saludan a los soldados norteamericanos tras su liberación. Mayo 7, 1945. Obtenida de periodismohumano.com

El chasquido de sus botas negras me despertó de nuevo en mitad de la noche. Aquel taconeo en el gélido hielo vibraba dentro del barracón y aún se me erizan los vellos cada vez que salgo a la nieve y repiquetean en mi memoria los pasos del verdugo. Teníamos tanto miedo, demasiado miedo; convivíamos con él y de él nos alimentaban cada día.

Se dirigían en grupo hacia nuestro bloque. Esta vez eran pocos. Abrieron las puertas de un golpe, y con otro golpe de luz apuntaron a cada uno de nosotros en aquella oscuridad azul y helada, con una luna llena y tétrica.

Un coro de insultos en alemán nos ametrallaban los oídos:

—¡Hijos de puta, levantaos! ¡Judíos de mierda! ¡maricones! Vuestras hijas y mujeres sí que saben obedecer. ¡Rápido! ¡Arriba!

Habíamos aprendido a soportar el ladrido de los perros rabiosos adiestrados para matar; aguantar las bajas temperaturas que se colaban hasta los mismísimos tuétanos; cómo sobreponerte a los golpes de culata de los fusiles; o qué pensar mientras te torturaban a palos en el potro; incluso a comer lo que una rata vomitaría. Sin embargo, la imagen de nuestras mujeres violadas por los nazis, se clavaban en las sienes como puntas de flecha, y era algo tremendamente insoportable. Una inmolación mental empujada por la SS, que podía llegar a causar las mismas bajas que el disparo de un G98.

La nave estaba atestada de uniformes de rayas mugrientos con toda clase de deyecciones: orinados, vomitados, y en fin, manchados por todos y cada uno de los desechos que pueda expeler el hombre, si acaso podía llamarse hombres. Rebozábamos aquella habitación como un ramillete de muerte; no cabía nadie más. Todos en pie, finas estatuas de hueso, decrépitos y oscuros, meras sombras. Listos para alcanzar la libertad por la chimenea como el único camino posible que nos era prometido.

Muchas noches, la SS se presentaba para hacer limpieza cuando llegaba un vagón con nuevos prisioneros. Venían de todas partes; Francia, Polonia, Rumanía, Holanda. Y encontrábamos nacionalidades de cualquier parte de Europa, incluso nosotros, españoles que nada teníamos que ver con la guerra. El recibimiento siempre era el mismo: primero unos cuantos disparos para amedrentar, después una depuración que escogía a los más fuertes, mujeres y niños aparte; y por último, nos levantaban de las literas para llevarse a los enfermos y a los débiles al paredón o las cámaras de gas, y dejar a cambio a los nuevos, más sanos y mejor alimentados.

A veces creíamos que escondiendo detrás a los que se encontraban en peores condiciones se llevarían menos. Nos engañábamos, tenían un número: veinte, treinta, cuarenta, ochenta, cien… Un número para las duchas. En ocasiones ni siquiera las alcanzaban, por el camino, por la espalda: pum-pum. La bala atravesaba la cabeza de la nuca hasta la frente, resbalándose entre las vísceras cerebrales, destruyendo todo tejido neuronal, los ojos se cerraban y el cuerpo desfallecía. Después, hombres y mujeres sin vida se amontonaban unos sobre otros mientras los supervivientes debíamos continuar trabajando como si nada. Pensando que quizás al día siguiente serías tú a quien enterrarían como a otros tantos en aquellas zanjas pestilentes de huesos con esperanzas truncadas.

Pero esa noche que recuerdo vivamente, no buscaban a muchos, quizás quince o veinte. El tren que había llegado fue masacrado casi por completo cuando se arrojaron en avalancha los primeros hombres al abrir las puertas. Habían llegado moribundos, probablemente del norte de Francia, desde donde las condiciones del viaje hasta Mauthausen eran extremas. El vagón de la muerte terminó siendo de más muerte aun cuando los nervios provocaron en los militares de la SS una ráfaga de disparos que acabó con la vida de unos cincuenta de los judíos y presos que llegaban a Austria. Por eso aquella maldita noche no nos sacaron en masa como lo habían hecho otras veces, cuando cuerpos desnudos cimbreaban de frío en mitad del hielo esperando a ser inspeccionados y analizados, amortiguando los palos, comprobando si estaban preparados para continuar sufriendo o sucumbir finalmente ante el Zyclon B.

Eran cinco: un oficial y cuatro soldados, dos de ellos con perros y todos altos y rubios, pura raza aria. Andree tiritaba de frío y de miedo. Tenía una piel transparente que dejaba ver sus huesos y unos ojos apagados que delataban el breve soplo de vida que le quedaba. Pero también tenía motivos para continuar respirando. Pocas horas antes me contó que le llegaron noticias de su mujer y de su hija. Estaban a salvo en Holanda, escondidas en casa de un familiar. Hacía muchos meses que no sabía nada de ellas desde que los separaron en Liubliana mientras compraba en una panadería. Eva, su mujer, se resistía a los abusos de dos militares nazis mientras su hija estaba tirada en la calle. Andree saltó de la tienda intentando abalanzarse sobre uno de ellos, pero no dio tiempo a golpearle cuando la culata de un fusil le alcanzó en su ceja izquierda. Todavía guarda la cicatriz y la imagen de la mirada de Mónica, su hija, que veía cómo lo arrestaban con esos ojos verdes enrojecidos por el llanto. Cuando me lo contaba, a aquel judío delgaducho volvían a caerles lágrimas que ahora mojaban su cicatriz. Tenía la esperanza de reencontrarse algún día con su familia y aquello alentaba el esfuerzo por vivir, aunque fuese dentro de ese ataúd, en pleno infierno, en el corazón del horror. En el bloque I, barracón número 23 del Campo de Concentración de Mauthausen.

Hasta el momento sólo catorce habían sido seleccionados por el oficial Friedrich cuando su mirada se detuvo tras de mí, justo en Andree. Por instinto me moví pretendiendo ocultarlo y enseguida tenía aquellos ojos azules de alemán clavados sobre mi cabeza como el cañón de un rifle. Intentar defender a otro reo suponía la muerte, y además de manera inútil.

Rápidamente un dolor agudo penetró por mi oído derecho y la siguiente imagen que tengo fue la perspectiva borrosa de aquel oficial desde el suelo. Todo en silencio porque no oía nada en absoluto. En una mano agarraba una Walhter P38 y con la otra me señalaba muy enfurecido. Lejos de amilanarme, me puse en pie. Esto lo enfureció mucho más. Casi tenía cogida nuevamente la posición erguida cuando me asestó otro golpe de culata en el mismo oído. Entonces no caí al suelo porque fui a parar sobre un compañero que sostuvo mi cuerpo durante dos o tres segundos hasta que pude ponerme otra vez en pie. Sólo veía mover los labios de aquel alemán, no oía nada. Los golpes en el mismo oído me dejaron sordo y aunque el izquierdo quedó intacto, en aquel momento de tensión también estaba bloqueado. Cuando recobré la postura la rabia contenida me hizo mirarle a la cara. Su rostro de indignación se había transformado en otra cosa que no alcanzaría a describir ahora con una sola palabra. No era admiración porque nos consideraban una escoria peor que perros vagabundos. Pero en el fondo se avergonzaba de aprovecharse de mí por las circunstancias, que a pesar de que estaba moribundo jamás claudiqué ante sus golpes y le hice frente sangrando por una oreja, mis ojos mirando fijamente los suyos.

Otro golpe, esta vez ni recuerdo de dónde vino, hizo que perdiera finalmente el conocimiento. Al día siguiente me desperté tirado en el suelo con la sangre seca pegada a mi uniforme de preso. Andree ya no estaba y yo no pude evitar ponerme a llorar.

Este texto más o menos improvisado nace a partir de unas palabras de José Marfil, superviviente malagueño (de Rincón de la Victoria) del campo de concentración de Mauthausen cuando explicaba cómo los españoles, en la medida de lo posible, no pedían clemencia, ni suplicaban. Hacían frente a la situación y se mostraban como hombres, con valentía y con entereza. Al menos así lo percibí yo, y así he querido transmitirlo a quienes se paseen por aquí. La charla tuvo lugar en el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria el sábado 10 de octubre de 2010. La sala estaba prácticamente vacía.

A José Marfil y a todos los españoles que perdieron la vida en los stalags y en los campos de concentración. A quienes lucharon por unos ideales y el honor de la palabra les llevó a la muerte.

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