¿Entonces vive solo?

Esto es prácticamente una cita, pero le daré el dudoso honor de hacerla «entrada» aunque no sea yo quien aporte nada en este caso; o en este caso también, pues la mayoría de los post, o bien son fruslerías o bien citas y reseñas de otros que acuden en mi ayuda para darle algún contenido a este blog. En cualquier caso, así os dejo, en compañía, una vez más, de Alejandro.

—Señor —dijo de pronto la condesa, tras diez minutos de silencioso paseo—, ¿es cierto que usted ha visto tanto, viajado tanto, sufrido tanto?

—He sufrido mucho, sí, señora —respondió Montecristo.

—¿Pero es feliz ahora?

—Sin duda —respondió el conde—, pues nadie oye que me queje.

—¿Y su felicidad actual le serena el alma?

—Mi felicidad actual iguala la desgracia pasada —dijo el conde.

—¿No está usted casado? —preguntó la condesa.

—¿Yo, casado? —repuso Montecristo estremeciéndose—. ¿Quién ha podido decirle eso?

—No me lo han dicho, pero varias veces se le ha visto llevar a la Ópera a una joven hermosa.

—Es una esclava que compré en Constantinopla, señora, hija de un príncipe, a quien he hecho hija mía por no tener otro cariño en el mundo.

—¿Entonces vive solo?

—Vivo solo.

—¿No tiene hermana…, hijo…, padre…?

—No tengo a nadie.

—¿Cómo puede vivir usted así, sin que nada le ate a la vida?

—No es culpa mía, señora. En Malta estuve enamorado de una joven y, cuando íbamos a casarnos, llegó la guerra y me llevó lejos de ella como un torbellino. Pensaba que me quería lo suficiente para esperarme, para permanecer fiel incluso a mi tumba. Cuando regresé se había casado. Es la historia de cualquier hombre que ha pasado de los veinte años. Yo tenía un corazón más débil quizá que los demás, y sufrí más que hubieran sufrido ellos, eso es todo.

La condesa se detuvo un instante, como si necesitara aquel alto para respirar.

—Sí —dijo—, y ese amor se le ha quedado clavado… Sólo se ama bien una vez… ¿Y no ha vuelto a ver a esa mujer?

—Nunca.

El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Capítulo LXXI.

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