El violonchelista y la canadiense

Hace ya más de un año que visité en Verona una exposición de Robert Capa. Se llamaba así, como él. O como el nombre que le puso Gerda Taro, pues ya saben que el suyo verdadero era Andree Friedman. Una de las mejores muestras de fotografía en las que he estado, y puedo asegurarles que van siendo unas cuantas. Para que se hagan una idea, sólo en los Rencontres d’Arles (Francia), hace dos veranos, sesenta y siete salas anduve. Cada vez que cojo la mochila lo hago con la excusa de meterme en una de ellas. Hagan cuentas.

Robert Capa © 1939

Robert Capa. Francia. Bram. Marzo, 1939. Músico de la filarmónica de Barcelona en el campo de internamiento de refugiados.

Como les decía, creo haber contado que en Verona, donde Romeo y Julieta, conocí a otra profesora canadiense con la que coincidí de manera fortuita. Un encuentro casual si quieren llamarlo así. Juntos recorrimos sus calles y llegamos incluso a ver la ópera de Carmen en la Arena de la ciudad, el anfiteatro. Fue increíble oír la música de la orquesta mientras la brisa francesa de julio me acariciaba la cara y un vaso de vino tinto me mojaba el paladar.

Pero volvamos a la exposición. Habíamos sacado esas tarjetas que por un precio cerrado te dan la posibilidad de visitar varios museos y monumentos. Una especie de tarifa plana. Lynnette, que así se llama la viajera canadiense, tenía unos asuntos que resolver en la estación de trenes, y yo aproveché para ver sin distracciones la sala de la Photography International Centre Scavi Scaligeri que albergaba las instantáneas de Capa. El plan me parecía perfecto, pues a veces prefiero estar solo y no distraerme con comentarios de otras personas. Sobre todo si quien me acompaña no aprecia como yo el tema al que vamos. Es el mejor modo para no temer por que nadie me presione por el tiempo y no estar pendiente de ninguna otra cosa que no sea lo que de verdad me importa en ese momento.

Me encantó, la exposición me pareció fabulosa. Ya lo he dicho. Disfruté tremendamente viendo esas fotografías, una retrospectiva en la que se recogían varias tomas de la Guerra Civil española, de la conquista de Sicilia, de su viaje a la URSS con John Steinbeck, el desembarco de Normandía y tantas otras. Me puse la música en mis auriculares y me dispuse a saborear ese tiempo, esa época que me tiene enganchado, ese ambiente que suena a tango, a melódicos violines, a las buenas costumbres de galanes caballeros cuando cedían el paso a deslumbrantes señoritas demostrando cortesía. A trajes, gabardinas y sombreros de fedora. A blanco y negro. A sepia. Viendo las fotos del fotógrafo rufián, como lo llamaba Bresson, uno puede imaginarse todo esto y mucho más allí en las frescas galerías subterráneas del centro Scavi Scaligeri.

Había quedado más tarde con Lynnette en una cafetería céntrica para seguir juntos nuestra ronda por la ciudad. Cuando nos vimos me preguntó qué tal había estado la exposición y yo le comenté con otras palabras lo mismo que ahora les cuento a ustedes. Debí de convencerla porque me propuso volver. Lógicamente, a mí no me desagradaba la idea, al contrario, no tenía ningún tipo de reparo.

Una vez allí, traté de seguirle el ritmo. A pesar de que no me detenía como en mi primera vez, la ligereza de su mirada superaba con creces la mía. Y de repente, en una de las imágenes que a mí me había dejado muy marcado, ella dio un vistazo, una pasada rápida, como un escáner de esos imprenta; y listo, a continuar. Entonces me paré de pronto, saqué mi cuaderno de notas y escribí apresuradamente lo que sigue:

La imagen de este hombre que aparece pausado, con su violonchelo y el arco sin utilizarlos, como si hubiese sido interrumpido en mitad de una canción, muestra en su rostro toda la tristeza y toda la resignación del lugar donde se encuentra.

Una persona que no conoce la historia de España, que no sabe lo que fueron los campos de internamiento, y por tanto las situaciones y circunstancias que allí se vivieron, no será capaz de ver más allá de un violonchelista. No comprenderá la tristeza, ni la angustia de sus ojos, de su rostro, la resignación y el abatimiento de su mirada. Y por tanto, no valorará esta fotografía ni la importancia que tiene pararse a pensar qué fue esto que muestra esta foto. Ni comprender la figura del fotógrafo como testigo y como notario de la historia.

De modo que la ignorancia, al ser tan atrevida, sólo será capaz de ver un simple violonchelista obviando todo lo que se esconde tras él.

Yo he leído el diario de Agustí Centelles y tengo alguna idea de cómo fueron esos campos. También conozco esa historia, de España y de la segunda Guerra Mundial, y de los campos de concentración, muy parecidos a los de internamiento, o éstos muy parecidos a los otros.

Considero que es arte porque transmite y documenta a la vez. Pero hace falta una preparación previa sin la cual somos incapaces de comprenderlo. Es un ejemplo que nos enseña qué actitud debemos mostrar cuando no entendemos una obra, pues deberíamos pensar que a lo mejor no estamos preparados para ella; que, como diría Borges (yo sin ironía): no somos un digno lector.

Nos perdemos demasiado prescindiendo de la historia y de la cultura. Somos menos civilización si no entendemos ésta como la suma de todas las anteriores, de todas las historias y de todas las culturas.

Cerré el cuaderno y continué mi visita pensando que cada persona es lo que lee, lo que ha aprendido. Para Lynnette era un músico triste, para mí aquella foto era el símbolo de la derrota española en su propia guerra.

Verona, 5 de julio de 2012. Frente a la foto del violoncellista (Cellist) del campo de internamiento de Bram,
del fotógrafo húngaro Robert Capa. Reflexión sobre el arte.

¿Ustedes qué ven en la foto?

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