El juego de Centelles

Premonitoria cuanto menos, la fotografía de Agustí Centelles es una imagen que anuncia el legado que abona toda guerra: el odio heredado en los niños. La duodécima entrega de Imágenes para la Historia es un ejemplo magnífico de lo que les cuento.

Guerra Civil española
Jugando a la guerra (Guadalajara, 1936)
AGUSTÍ CENTELLES

FOTO: Agustí Centelles —Niños jugando a la guerra (Guadalajara, 1936)

FOTO: Agustí Centelles —Niños jugando a la guerra (Guadalajara, 1936)

Agustí Centelles (Valencia, 1909) entra a trabajar como aprendiz en el taller de Ramón de Baños, pionero en el cine catalán, con apenas 15 años. Diez más tarde empezó a colaborar en periódicos, y en 1936 al iniciarse la Guerra Civil española, es destinado al frente de Aragón. Allí realizó magníficos reportajes en las batallas de la conquista de Teruel y Belchite, pero al fin de la contienda se ve forzado al exilio, llevándose consigo a Francia gran cantidad de negativos en una maleta de la que no se separó ni en los campos de internamiento en los que estuvo retenido. A su regreso en el 46, su pasado republicano le obliga a convertirse en fotógrafo publicista por no serle concedido el carné de prensa. En 1984 fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía y Artes Plásticas. Al año siguiente fallecería en Barcelona legando una obra a la altura de los grandes de la época.

Nueve niños de identidades desconocidas emulan a sus padres: están jugando a la guerra. Simulan un pelotón de fusilamiento como los que arrancaron las vidas de los combatientes españoles durante la guerra (1936-1939) y la represión posterior de Franco. Llevan escopetas de juguete con las que apuntan a los prisioneros y gritan al mismo tiempo: «¡Viva España!, ¡viva España!». Las reglas marcaban que si el reo no contestaba, habría que abrir fuego.

Ver niños en ambos bandos jugando a la guerra solía ser bastante frecuente. Además, la infancia suponía un arma propagandística muy importante, y la transmisión del odio debía inocularse desde pequeños. El Gobierno republicano organizó evacuaciones para poner a los más jóvenes a salvo y aireó imágenes de escuelas bombardeadas por la aviación fascista. Por su parte, los nacionales publicarían semanalmente la revista Flechas y Pelayos desde finales de 1938. Se componía, esta última, de historietas con una propaganda política muy evidente. No podemos olvidar que entre los regímenes dictatoriales y totalitarios el adoctrinamiento para su pervivencia suponía una cuestión capital.

La imagen de Centelles amenaza al país con una premonición de peso. Los hijos y nietos del conflicto heredarían solo el di- vorcio irreconciliable entre ambas partes, y la brecha que partiría a España en dos crecería alimentada por el rencor entre «los injustos vencedores y los justamente vencidos», en palabras de Julián Marías.

Autor: Florencia Cubila Chaira

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