El honor de la película de Alatriste

Llevo cinco alatristes y un rechazo a ver la película para evitar ponerle el careto de Vigo Mortensen por muy estupendo que estuviera o estuviese. Pero el caso es que la otra noche me dio por ahí y la empecé en el «aipa». Me resulta curioso que esté para todos los públicos en el «yutub». Ni idea de lo que tendrá que decir al respecto quien se lucra con ello, me refiero a los productores de la cinta, pero la cosa es que un servidor hace tiempo que colgó un fragmento de El club de los poetas muertos, cuyos responsables andan más fiambres que los propios rapsodas, y casi me dan una patada en culo porque violé no sé qué artículo de derechos de autor. A El Gatopardo ni siquiera le dejaron asomar los bigotes en el citado canal. Quiero decir que no entiendo por qué no pueden subirse cinco minutos de un film para comentar un detalle interesante, y en cambio, el alatriste está completo. Aunque este es otro tema y a lo que vengo es a hablar de por qué hay que ver al viejo y cansado soldado de los tercios de Flandes.

Hasta que me venció el sueño con la primera parte estuve echándole un ojo en la tableta y ya a la noche siguiente, después de tragarme Primera Plana de Billy Wyler (1974) me quedé con hambre y decidí terminar la obra de Arturo Pérez-Reverte llevada al celuloide. No sé cuántos son, si tres o cuatro los episodios que han intentado condensar en un metraje de unas dos horas, pero para quien lo ha leído, la película se ve algo forzada. Hubiese sido mejor centrarse en alguno de los fabulosos episodios y hacerla por entregas, así como el novelista nos suministra las aventuras de este asesino a sueldo que «no era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente».

Otro rollo es que los actores son españoles, y la verdad, el cine español no lo sitúo aún en este tipo de historias. Me gusta cuando entramos en otro género, ya saben Trueba, Amenábar, alguna de Almodóvar; dramas sobre todo, pero en una especie de gran producción, con chupinazos, acción y personajes históricos… Juan Echanove y Javier Cámara haciendo de Quevedo y el Conde Duque de Olivares me chirriaron bastante, por no hablar de una Blanca Portillo, ya saben, Siete vidas, en el papel de Fray Emilio Bocanegra. Quizás es una opinión muy particular y subjetiva, pero no terminaron de convencerme, y eso que el elenco es importante: Elena Anaya, Ariadna Gil, Antonio Dechent y compañía bajo la dirección de Agustín Díaz Yanes.

Alatriste: Todos amamos una vez, o varias, y un día deja de ocurrir.
Íñigo: ¿Así de fácil?
Alatriste: O así de difícil…

De todas formas, continué viéndola hasta el final y como todo es toro hasta el rabo, no saqué una valoración definitiva hasta que cayeron los créditos como telón de teatro. Y el resultado fue positivo, aprobado, un cinco si quieren. Por un simple motivo que no he percibido en otras partes o al menos no como con la peli, ni siquiera leyendo tantos libros de don Arturo. Y la verdad, no es que no lo haya intentado, pero me tocó la patata como suele decirse de esta forma tan cursi (sobre todo ahora que se acerca el 14 de febrero). Les hablo de una cuestión que en esta España estúpida y desmemoriada se ha convertido en un tema tabú, se ha tildado de postura fascista y se ha borrado de un plumazo por pacifistas imbéciles cuyos análisis simplistas roban la lucidez necesaria para comprender incluso su propia causa. ¿Acaso no es necesario conocer los horrores de la guerra para amar la paz? La lucha, el amor, las causas perdidas, el honor, el credo… a España. Uno dice España, y como su defensa ha sido mancillada hasta la extenuación por el pasado franquista los tontos del ciruelo confunden lo uno con lo otro. Yo me refiero a la nobleza de quienes se partieron la cara matando por aquello que bien sabían que no debían defender. Muriendo y asesinando. Matando incluso a sus propios amigos si éstos se interponían en el camino de la defensa de tales principios por una palabra dada. España era a la vez el símbolo de su identidad y de las sanguijuelas de la clase política, reyes y aristocracia que no se merecían más que la guillotina o un navajazo. Pero lucharon, lucharon hasta morir por esa causa. Daba igual si estaban equivocados, pero lucharon defendiendo su código de honor. Valores que han desaparecido completamente en los días que corren, y tanto es así que a uno le cuesta cada vez más mirarse al espejo.

No todos poseían una honra intachable, y claro que hay gente que merece la pena en la calle de hoy. Pero de lo que no hay duda es que la situación que mantuvieron aquellos hombres, los últimos de Filipinas, se merecen el respeto y la admiración nuestra, como hacen todas las naciones con quienes las han defendido, sin distinción de ningún tipo. Y esto sobre todo se puede comprobar al final de esta obra.

De modo que vean la peli, sinceramente merece la pena si hacen un esfuerzo por entender qué demonios ha sido este país, intenten comprender a esa noble infantería que siempre se ha partido la cara por esta piel de toro, porque la asumieron como importante a pesar de todo. Eso sí, borren rostros si van a leer los episodios más adelante, no es muy agradable tener el careto de Javier Cámara o el de Echanove en las retinas.

Imagen de portada: Vigo Mortensen como Diego Alatriste.

2 Comments El honor de la película de Alatriste

  1. Jon

    Le daré otra oportunidad, ya que cuando la vi se me antojó demasiado condensada para la obra que adaptaba. Aun así, sobre el tema tratado, yo recomendaría mejor el libro al filme, más que nada, para no herir sensibilidades al ver a Fray Emilio Bocanegra….

    Esperando impaciente estoy a la serie de televisión…

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  2. Rafa.

    Sí, ya lo he dicho. Le doy un cinco, pero en el fondo merece la pena verla, sobre todo a los más jóvenes, ésos que probablemente no vean nunca ninguno de los libros y tampoco tengan la oportunidad de saber qué demonios fue España, o lo que unos la entendieron por tal. Yo en cambio, le hincaré ya mismo el diente a los dos libros que me restan para completar la colección, lo de la serie ni fu ni fa.

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