#El garrulo educado

El otro día estaba en el gimnasio, ya saben, lugar de moda en la actualidad. En la antigua Grecia compartía el espacio —la palestra (así se llamaba)— con las bibliotecas. Sin embargo, hoy día no puedo imaginarme algo más antagónico con él que la casa de los libros; basta con escuchar las conversaciones en unos y otros. En los primeros no se sale del fútbol o los asteroides*, mientras que en las segundas lo que abunda es la comunicación silenciosa con los grandes filósofos de la Historia (bueno, más o menos, reconozco que las bibliotecas universitarias también han evolucionado).

El Roto, en El País.

El Roto, en El País.

La cuestión es que andaba yo enfrascado levantando pesas y tal, al tiempo que reflexionaba sobre por qué un jovencito de unos veinte abriles no saluda cuando entra, a pesar de que allí nos conocemos todos. En vez de eso, el pavo mantiene una pose de soberbia y rechazo sin mirar a nadie a la cara, con resignación cuando no le queda otro remedio que preguntar si tal mancuerna está ocupada o si te queda mucho con tal máquina. Y en ésas, otro chico de talla más bien menuda, no creo que llegase a los treinta, moreno de piel y con el típico peinado clásico de la raya al lado, me asaltó para preguntarme sobre qué ejercicios de brazos podía hacer él que no dañarse su hombro. Lo tenía vendado con esas tiras adhesivas que ponen ahora, y como en mi gimnasio no existe la política esa de tener un monitor que te asesore, el chavo pensó que yo podría decirle. Era nuevo, había llegado apenas hacía unos días y el deltoides se lo lesionó precisamente por no saber cómo entrenar.

El caso es que después de hablar por cinco o seis minutos, era un poco testarudo, y comentarle una tabla de bíceps, los cuatro ejercicios que deseaba conocer; se despidió con la apostilla: Muchas gracias y disculpe mi ignorancia. Con ese acento latinoamericano que envuelve las palabras de un modo inconfundible. Le pregunté, y era venezolano. Desconozco si en Venezuela y el resto de antiguas colonias españolas de América tienen en general las mismas formas, ese saber estar. Sólo he viajado a Cuba y puedo decir que lo que allí observé coincide con las buenas maneras, pero a pesar de todo no quiero generalizar.

Piensen. No se puede decir más en tan poco. Muchas gracias y disculpe mi ignorancia. Ya no sólo por las formas, sino por la lucidez de reconocer la propia torpeza y sentirse avergonzado, cuando en esta Españeta de charanga y pandereta lo que mola es hacerla ostensible como motivo de orgullo en vez de humillación o sonrojo. Y más, tratándose de una cuestión que no es capital, o sea, levantar pesas. En fin, no creo que el futuro de la Humanidad se le vaya la vida en ello. Puedo imaginarme si ese chico hubiese caído en mi clase y no hubiese sabido responder a dónde nace el río Ebro.

Cuando se retiró, me quedé pensando en lo que cambiaríamos si aunque fuésemos unos garrulos de gimnasio, al menos hubiésemos conservado los buenos modales, la antigua educación.

*Así le llamo a los anabolizantes porque hay gente que los confunde con los esteroides, y he llegado a escuchar a algún entendido la típica frase de: ese está fuerte porque se mete asteroides.

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