La carta de Almudena

El género epistolar es uno de los más interesantes que se hayan dado, aunque no sea reconocido como otros, podemos decir que toda la literatura está repleta de este recurso que además de arte, es flujo de ideas y sentimientos entre amigos. Hoy me ha llegado una carta urgente de alguien conocido en este espacio bloguero. La misiva es de mi amiga Almudena y en ella me explica cómo fue su encuentro con Arturo Pérez-Reverte en la firma de libros el otro día en Madrid. Esta chica no deja de sorprenderme y uno no puede más que sucumbir ante las repetidas muestras de aprecio y agradecimiento cuando yo aún no sé muy bien por qué.

Autógrafo de Pérez-Reverte

El caso es que me ha recordado la famosa “Carta a María” y no puedo más que repetir aquí en este nuevo espacio donde iré “mudándome” desde blogger. Una a una pasaré las diferentes entradas (al menos las más interesantes) para comenzar a disfrutar de esta nueva plataforma, mucho más completa y atractiva. Llevo tantísimas horas trabajando en ella que aunque le quedan algunos flecos por pulir espero que sea del agrado de todos ustedes.

Ahora que no se acaba el mundo y que se hace más necesario reflexionar en los tiempos que corren, ojalá encuentren aquí un espacio para ello donde podamos satisfacer nuestras inquietudes ineludibles. Les animo a que participen, no se corten.

Les dejo con ‘La penúltima clase’ publicada el 16/6/2011.

Hace poco me topé con alguien por la red que contaba una de las clases que tuvo con un profesor de lengua, de latín, de literatura, de filosofía, qué sé yo, no me acuerdo exactamente qué diablos daba, o intentaba dar. El caso es este antiguo alumno explicaba con tremenda nostalgia aquella clase en que su profesor les leyó uno de los artículos de Pérez-Reverte. A mí me pareció también bastante emotivo, algo que cualquiera de nosotros hubiésemos deseado escribir y dejar como consejo a esos alumnos que se van y lo más probable es que ya no los volverás a ver en la vida. De modo que hoy es una de esas últimas clases de Historia en que concluye este curso y por eso he querido cerrarlo como lo empecé: haciendo un claro alegato a todo esto que más adelante nos cuentan algunos como Arturo, Manuel Alcántara o el propio Federico García Lorca.

Me seguís preguntando por el éxito. Pues el éxito es comprender lo que aquí se dice, experimentarlo y llegar a sentirlo en vuestras carnes. En pocas palabras… (*)

«La penúltima clase»

Tienes catorce años y preguntas cosas para las que no tengo respuesta. Entre otras razones, porque nunca hay respuestas para todo. Y además, he pasado la vida echando la pota mientras oía a demasiados apóstoles de vía estrecha, visionarios y sinvergüenzas que decían tener la verdad sentada en el hombro. Yo sólo puedo escribirte que no hay varitas mágicas, ni ábrete sésamos. Esos son cuentos chinos. De lo que sí estoy seguro es de que no hay mejor vacuna que el conocimiento. Me refiero a la cultura, en el sentido amplio y generoso del término: no soluciona casi nada, pero ayuda a comprender, a asumir, sin caer en el embrutecimiento, o en la resignación. Con ello quiero sugerirte que leas, que viajes, y que mires.

Fíjate bien. Eres el último eslabón de una cadena maravillosa que tiene diez mil años de historia. De una cultura originalmente mediterránea que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica, que luego se hace romana y fertiliza al Occidente que hoy llamamos Europa. Una cultura que se mezcla con otras a medida que se extiende, que se impregna de Islam hasta florecer en la latinidad cristiana medieval y el Renacimiento, y luego viaja a América en naves españolas para retornar enriquecida por ese nuevo y vigoroso mestizaje, antes de volverse Ilustración, o Fiesta de las Ideas, y Ochocentismo de revoluciones y esperanzas. 0 sea, que no naciste ayer.

Para conocerte, para comprender, lee al menos lo básico. Estudia la Mitología, y también a Homero, y a Virgilio, y las historias del mundo antiguo que sentó las bases políticas e intelectuales de éste. Conoce al menos el alfabeto griego y un vocabulario básico. Estudia latín si puedes, aunque sólo sea un año o dos, para tener la base, la madre del universo en que te mueves. Da igual que te gusten las ciencias: ten presente – como siempre recuerda Pepe Perona, mi amigo el maestro de Gramática -, que Newton escribió en latín sus Principia Mathematica, y que hasta Descartes toda la ciencia europea se escribió en esa lengua. Debes hablar inglés y francés por lo menos, chapurrear un poco de italiano, y que el estudio del gallego, del euskera, del catalán, que tal vez sean tus hermosas y necesarias lenguas maternas, no te impida nunca dominar a la perfección ese eficaz y bellísimo instrumento al que aquí llamamos castellano y en todo el mundo, América incluida, conocen como español. Para ello, lee como mínimo a Quevedo y a Cervantes, échale un vistazo al teatro y la poesía del Siglo de Oro, conoce a Moratín, que era madrileño, a Galdós, que era canario, a Valle-Inclán, que era gallego, a Pío Baroja, que era vasco. Rastrea sus textos y encontrarás etimologías, aportaciones de todas las lenguas españolas además de las clásicas y semíticas. Con algunos de ellos también aprenderás fácilmente Historia, y eso te llevará a Polibio, Herodoto, Suetonio, Tácito, Muntaner, Moncada, Bernal Díaz del Castillo, Gibbon, Menéndez Pidal, Elliot, Fernández Álvarez, Kamen y a tantos otros. Ponlos a todos en buena compañía con Dante, Shakespeare, Voltaire, Dickens, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Melville, Mann. No olvides el Nuevo Testamento, y recuerda que en el principio fue la Biblia, y que toda la Historia de la Filosofía no es, en cierto modo, sino notas a pie de página a las obras de Platón y Aristóteles.(*)

Viaja, y hazlo con esos libros en la intención, en la memoria y en la mochila. Verás qué pocos fanatismos e ignorancias de pueblo y cabra de campanario sobreviven a una visita paciente a El Escorial, a una mañana en el museo del Prado, a un paseo por los barrios viejos de Sevilla, a una cerveza bajo el acueducto de Segovia. Llégate a la Costa de la Muerte y mira morir el sol como lo veían los antiguos celtas del Finis Terrae. Tapea en el casco viejo de San Sebastián mientras consideras la posibilidad de que parte del castellano pudo nacer del intento vasco por hablar latín. Observa desde las ruinas romanas de Tarragona el mar por el que vinieron las legiones y los dioses, intuye en Extremadura por qué sus hombres se fueron a conquistar América, sigue al Cid desde la catedral de Burgos a las murallas de Valencia, a los moriscos y sefardíes en su triste y dilatado exilio. En Granada, Córdoba, Melilla, convéncete de que el moro de la patera nunca será extranjero para ti. Y sitúa todo eso en un marco general, que también es tuyo, visitando el Coliseo de Roma, la catedral de Estrasburgo, Lisboa, el Vaticano, el monte San Michel. Tómate un café en Viena y en París, mira los museos de Londres, descubre una etimología almogávar en el bazar de Estambul o una palabra hispana en un restaurante de Nueva York, lee a Borges en la Recoleta de Buenos Aires, sube a las pirámides de Egipto y a las mejicanas de Teotihuacán. Si haces todo eso o al menos sueñas con hacerlo, conocerás la única patria que de verdad vale la pena.

‘Carta a María’, por Arturo Pérez-Reverte. 19 de noviembre de 2000.

(*) Porque leer (…) Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana. Leer así requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni siguiera las bombas son capaces de romper el vínculo mágico. No hay comandante de avión que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena del un desierto.

De Pérez-Reverte ‘Leer a la luz de la Luna’. Domingo, 14/11/2010.

También he aprendido que un libro que no te enganche hay que saber dejarlo, eso lo aprendí de Borges, con el que tuve el honor de comer y estar alguna tarde. Él practicaba un cinismo humorístico y no decía que rechazar libros, sino que decía que no era “lector digno” de ciertos libros. La lectura debe ser complacencia, gozo, aunque sea uno arduo de filosofía. Si no te gusta la lectura, hay que preferir otras obras, y tener el valor de leer y comprar libros. En la época de mi remota juventud, que era una España más difícil, siempre que he comprado un libro he deplorado no poder comprarme dos. Y ahora que se habla del posible eclipse de la galaxia Gutemberg y la gente no sabe qué hacer con sus libros (en Madrid tengo miles de libros y aquí en Málaga también) quizás tenga que regalar algunos, pero esa sensación de tener tantos libros quizás te somete a una sensación de martirio. Los libros no están todos hechos para tragárselos. A Dámaso Alonso, eminente director de la RAE, en su casa de Chamartín tenía muchos libros y un día le dije cuando era joven: *Evidentemente, estos libros no se los ha leído usted*. Y él me dijo: –Claro que no. Hay libros que esperan ser leídos, otros que hay que volver a leer,…. pero todos los libros abrigan–.En mi cabecera tengo muchos poetas, Quevedo sobre todo y Omar Kayán, alguien que se dio cuenta cabalmente de que aquí estamos de paso, de la fugacidad del tiempo que era un partidario del vino color rubí.

Sobre la lectura, por Manuel Alcántara (Málaga, desconozco fecha).

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Feodor Dostoievsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

‘Medio pan y un libro’, Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros. Granada, septiembre de 1931.

A mis queridos alumnos:

Tenéis la edad de la rebeldía, de rechazar todo aquello que pensáis va en contra vuestra, aquello a lo que no encontráis explicación y la única explicación que le dais es esa. Dejadme que os cuente un último secreto: jamás encontraréis una mínima explicación a esto que os aturde si no dais oportunidad ninguna, si no adoptáis una actitud conciliadora, receptiva, amable con la vida y con quienes os quieren; si no os abrís a la cultura, a la ciencia, a la lectura, a lo que os puedan decir vuestras personas mayores que no siempre lo fueron, que hubo un tiempo en el que como vosotros también tenían todas esas dudas, y la edad les ha ido dando soluciones que sólo quieren que sean igualmente válidas para vosotros: me refiero a vuestros padres, profesores, hermanos. Sólo así comenzaréis a encontrar esas respuestas y daros cuenta de que el mundo no está en contra de vosotros, sino que está para vosotros, sólo hace falta mirar.

Pero, queridos alumnos, para esto es necesaria una actitud valiente, un compromiso con uno mismo y aceptar que se puede estar equivocado, aceptar que se necesita mucho que aprender para estar en lo cierto, y a veces ni así es suficiente. Como dijo James Mattew Barrie: No soy lo bastante joven como para saberlo todo.

No os permitáis el lujo de rechazar el verdadero sentido de la existencia del ser humano, lo que nos diferencia del resto de los animales, lo que nos hace ser la maravilla más asombrosa de la naturaleza: el conocimiento. De lo contrario, estaréis ninguneado las múltiples opciones de alcanzar lo más parecido a la felicidad por mucho que os vendan la moto y llenéis con sucedáneos y anestésicos vuestra existencia. Jamás se podrá sustituir lo que se siente con una buena lectura, el beso apasionado de una película, la brisa de un viaje o la conversación de un gran amigo; igual que no se puede comprar el amor.

Málaga a 16 de junio de 2011.
R.G.G.

La historia del ‘biblioburro’ en YouTube.

No se la pierdan por nada del mundo. (*) …En pocas palabras, lo dice la pequeña: —Espectacular, ustedes no se lo imaginan.— Y después de todo esto, yo sigo preguntándome: ¿Por qué aquí no?

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