El club de los faltos de cariño

Cuando comencé a viajar solo, en un principio por España (fue en Barcelona donde me enfrenté a mis primeros miedos) y luego cruzando las fronteras de Europa, América y África; siempre me he hecho la misma pregunta: ¿colgarse la mochila al hombro se debe a un motivo que nos arrastra a conocer otros lugares, o a otro distinto que nos empuja a huir del puerto de partida? Se trata de una duda que no he resuelto, al menos no de un modo definitivo.

Suelo pensar en Robert Capa y la vida nómada que llevó vagando por Alemania, Francia, luego la guerra de España, Israel, su etapa en Los Ángeles y Nueva York, lo de Vietnam… no sé si se trató de ir tras la conquista de nuevos países o más bien de una evasión del suyo propio; de si el amor de Ingrid Bergman y otras tantas mujeres lo arrastraron y condujeron por desconocidos lugares, o si la fuga perpetua del vacío que dejó la muerte de Gerda Taro lo empujó a una escapatoria durante toda su vida. Si hay un tema capital que me fascina en la historia del fotógrafo húngaro es sin duda: Gerda. Ya escribí una vez que, a cierta edad, la historia de todo hombre tiene nombre de mujer.

Así que este que aporrea el teclado apenas un par de mañanas antes de marcharse para dos meses, en previsión de lo que me asaltará en la cabeza cuando suba al tren, escribo ahora las dos grandes cuestiones que me irrumpen cada vez que me siento en el vagón. ¿Qué demonios hago tan temprano cargado de maletas rumbo a lugares de los que todo el que puede huiría?¿Y por qué razón: por desgaste emocional de este mundo en el que vivo o por atracción de aquel donde se muestran esas partes de la condición humana tan ocultas aquí?

Vuelvo a África, o sea, al África profunda, ya que a comienzos de año estuve en el Sáhara. Los meses que restan de verano voy a Ruanda en un proyecto del que espero traer mucho más de todo el equipaje que llevo. Nada nuevo por otra parte. Viajo con una ONG que colabora con la formación de los niños de una pequeña población al este llamada Rukara. Ya conocen quienes me leen lo que opino de la educación: en los países subdesarrollados está considerada un derecho que no siempre se consigue, en países tan estúpidos como España hablamos de ella como una obligación. Derecho y obligación, palabras enfrentadas, inútil tutelaje del Estado. En el primer caso es un bien perseguido, los niños quieren ser médicos para curar a sus familiares, o abogados porque creen que salvarán a su pueblo de las guerras y de los políticos corruptos. En el segundo hemos acabado entre todos con tales aspiraciones para la población más joven, aquí lo que mola es ser un futbolista chusmeta o una putita que salga en la tele. Lo que nos llevará a la ruina de manera irremediable salvo un milagro no es el capitalismo, el consumo desenfrenado o la contaminación ambiental, ni siquiera la corrupción como tal o la idiotez (entiéndase en su origen clásico, idiotis: indiferente o despreocupado de las cuestiones cívicas), no; son los valores que proyectamos los adultos sobre los jóvenes. Estamos hipotecando el futuro fabricando una generación de hombres y mujeres deshumanizados.

En las Mil Colinas se vive otra realidad, la de un país que se coloca a la cola del Índice de Desarrollo Humano. Un territorio que vivió en 1994 uno de los mayores genocidios de la historia, la matanza de hutus y tutsis con pangas (machetes) y piedras acabando con la vida de casi un millón de personas. Mientras la ONU, los belgas y el resto del mundo miraba a otra parte como sigue haciendo después de dos décadas y demasiada sangre derramada.

Además de Rukara también tengo previsto viajar a otros pueblos y aldeas para visitar distintos proyectos: en Kamonyi acompañaré durante unos días a Gaudence Mukamana, una monja que ayuda a discapacitados en su centro de acogida, en Kigali (capital) el padre Donatien se encarga de recoger niños que viven en la calle, o Gitarama y Mushubati, cerca del lago Kivu donde también atienden a enfermos y discapacitados físicos y mentales.

En esta nueva experiencia he elegido dos libros: El club de los faltos de cariño que compré hace meses y está escrito por Manuel Leguineche, recientemente fallecido. A Manu lo leí cuando me traje de Cuba Los ojos de la guerra, en homenaje a Miguel Gil. Este periodista fue un viajero infatigable y un apasionado narrador de historias, amigo de Enrique Meneses y de Gerva Sánchez. El libro es, como promete su contraportada, «un mosaico narrativo de viajes, guerras, amigos, lecturas, política, sorpresas y sueños». Con el segundo tengo mis dudas. No sé si echar Moby Dick de Herman Melville, del que he extraído una cita para acompañar esta entrada; Victoria de Joseph Konrad o Cien años de soledad de García Márquez. Lo decidiré esta noche para ver cuál se ajusta mejor a mis deseos de lectura. No me cansaré de decir que lean clásicos. Algún día comprenderán su importancia. Por lo demás, me cargo con un equipo fotográfico nuevo y la intención de grabar vídeo a fin de reproducir varios documentales a mi regreso. Una Nikon D800 y tres lentes fijas: 24, 35 y 50mm; así como una pequeña Fujifilm X-A1 con un 27mm (41mm en paso universal) para tratar de pasar desapercibido.

Sé que muchos me habían propuesto embarcar conmigo, pero existen varias razones por las que he decidido desestimarlo; espero que me comprendan. Primero porque preparar un viaje como este no es fácil, y poner de acuerdo a tanta gente no sólo es complicado, sino que suele resultar poco conveniente. Segundo porque yo mismo me he visto sorprendido del desenlace final, pues mi primera opción era otra y las condiciones en las que voy no permiten la participación de más voluntarios. Tercero porque desde que comencé a patear el planeta la idea de hacerlo solo me plantea retos personales que me gusta resolver de este modo. Y por último, porque quizás sea cierto que la fuerza de lo que te empuja a la aventura de navegar sea más fuerte que la atracción que te lleva a esos lugares inciertos y desconocidos. De cuando en cuando entran ganas de huir y perderse en el camino sin mirar atrás, rompiendo todos los lazos y recuerdos, buscando el olvido de la nada y la vacuidad que nos rodea, con la esperanza de toparse con algo más interesante, con algún motivo, una razón para seguir.

Hace algunos años —no importa cuántos exactamente—, con poco o ningún dinero de mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que mi alma se posa en un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

– Herman MelvilleMoby Dick.

Ojalá este verano sea bueno para todos, que lo aprovechemos de algún modo, al menos para descansar, pues también es necesario. No me busquen por aquí, no me verán. Regresaré en septiembre con más historias y alguna que otra cosa aprendida, que «quien mucho anda y mucho lee, algo sabe» (Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote). Fue un placer esto de acompañarles un curso más.

Un abrazo grande.
R.G.G.

*Foto de cabecera: imagen tomada en Uganda en 2012. Daniel, uno de los españoles que se mostró voluntario en la Escuela Mother Kevin camina cogido de la mano por varios niños.

5 Comments El club de los faltos de cariño

  1. Silvia Panadero Amaro

    Permítame que le diga que admiro como vive usted su vida. Espero ansiosa esos vídeos, fotos e historias de su verano. Y una cosa más: quizá no sea cuestión de perderse, sino de encontrarse. Bon voyage.

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  2. Anónimo

    A veces de quien huimos al partir es de nosotros mismos,y en el destino al que vamos esperamos encontrarnos ,la vida y el mundo es del modo y con los ojos que la mires,alli,a donde vas,la gente lo pasa mal,ellos seguro que serian mas felices aqui,y nosotros alli tambien,por que esta sociedad no ha combertido en personas que no sabemos que nos hace felices y que no,y a pesar de genocidios,hambre y pobreza ellos tienen sentimientos que nosotros jamas vamos a conocer,para eso nos tendriamos que desprender de la tele ,el movil,internet…creo que sabes por donde voy,un abrazo rafa,cuidate.

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  3. Rafa.

    Gracias por vuestros comentarios y vuestro calor. Ya estamos de nuevo cargados de historias que iré contando este curso.

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