#Demasiados, quizá

Home es un documental que trata de explicar de forma simple algo tan complejo como el funcionamiento —o el mal funcionamiento— de nuestro el planeta. Está elaborado a partir de imágenes de todo el Mundo, tanto en ciudades como en lugares deshabitados por el hombre. Lo publicaron no hace mucho a nivel mundial y gratuito. En él se conjugan conceptos históricos, económicos, científicos, biológicos, etc., porque todo es uno y todo está íntimamente relacionado en un ecosistema con un equilibrio perfecto hasta la llegada del homo ¿sapiens?. Home se difundió de manera gratuita por la red debido a la importancia de su mensaje y podemos consultar más información acerca de él en goodplanet.org y verlo íntegramente en youtube.com.

Hace unos días estaba en clase proyectando este documental de Yann Arthus-Bertrand, un fotógrafo apasionado con la Tierra, a la que observa con esa mirada que sólo tienen los buenos fotógrafos. Como digo, estaba disfrutando como gorrino en pastizal cuando al ver esas imágenes espectaculares de lo que viene siendo nuestro el planeta caí en la cuenta de lo que uno se está perdiendo, maldita sea. Luego, para desahogarme, puse en twitter y facebook que al ver esto y al escuchar a Enrique Meneses me parece que vivo entre gilipollas y que me lo estoy perdiendo todo. El gilipollas soy yo, no crean, lo sé. Pero es tan español echarle la culpa a los demás que no voy a ser menos.

El caso es que aunque todos los veranos desde hace algunos cojo mochila y cámara para patearme lo que puedo. Un par de meses al año, a veces también cae algún otro sitio en navidades o semana blanca. Sin embargo, desde la ventana del televisor cuando me engancho con algún documental de animales o sociedad, tengo la misma sensación como al enfrentarme a varios pisos de anaqueles en librerías o bibliotecas: ése tampoco —digo—. O sea, que me faltan tantos lugares por descubrir y por leer que no consigo deshacerme de la idea (y de la sensación) del tiempo que estoy perdiendo en otras cosas. Perdemos el tiempo en un montón de banalidades. Escuchar a los políticos. Un dos tres, responda otra vez… Escuchar a los políticos, oír decir estupideces a nuestros jefes, a nuestros conocidos; a través de televisión, de Internet, en el trabajo; peleas con la pareja, con los niños, con la suegra. Perdemos el tiempo incluso escribiendo y leyendo este blog. Piensen en qué le ha pasado el último mes que les resulte verdaderamente memorable. ¿Algo nuevo? Menos mal que nos queda la lectura, que si no.

Tendríamos que replantearnos muchas cuestiones, como se explica en el Bolígrafo de gel verde, de Eloy Moreno, del que escuché su presentación en el extinto programa de Canal Sur 2: ‘El Público Lee’. ¿Qué narices estamos haciendo con nuestras vidas? Hemos venido hasta aquí para hacer algo importante; conocer el mundo, no mirarnos el ombligo. Apaguen este estúpido cacharro y pónganse a leer, a escribir, a viajar, a descubrir. La seguridad —como dijo el citado Meneses— es lo contrario de vivir. Perdonen mis desvaríos.

No sé, yo venía aquí para comentarles solamente algunos apuntes que cogí mientras veía con mis alumnos de la ESA el trabajo de Yann Arthus-Bertrand. Cosas que me hicieron reflexionar. Como que la vida tiene unos 4.000 millones de años, su origen está en una tal cianobacteria capaz de captar la luz del sol (energía). Ella es la que emprendió el camino de la vida a partir del cual se comenzó todo. Y el hombre apenas cinco o seis (si hablamos de la especie actual, el homo sapiens sapiens, mucho menos, unos 200 mil años). Tan sólo unos 12 mil años de sedentarismo. Y los últimos cambios son vertiginosos. O sea, que el mundo se está transformando tantísimo más en menos de 0,001% ó el 0,000001 —soy de letras— de toda su historia.

También me llamó la atención una definición de la economía como «el pacto natural y equitativo, no tomar más que lo necesario». Esto era así hasta que surgió la ciudad o la urbe, la cual hizo un uso diferente a través del comercio de lo que da la tierra. La agricultura cambió la relación con la naturaleza. Aún recuerdo una clase de prehistoria en la universidad en la que nos advertían del concepto de evolución cuando hablábamos del neolítico. ¿Evolución? A veces lo digo en clase, pero mis alumnos envueltos en móviles y portátiles no me comprenden, no saben a qué me refiero, no pueden imaginarse la vida sin microondas, televisión, Facebook o WhatsApp. Quizás yo tampoco.

Aunque la mitad de la población mundial se dedica a la agricultura, 3/4 partes cultiva la tierra con las manos. Sólo el 3% de los campesinos posee un tractor. Pero llevan seguramente un móvil en el bolsillo. Yo lo he visto. Cuando me quedé en mitad de una carretera kilométrica al norte de Uganda, cerca de Alenga, lo único que había en las pocas casas que salpicaban el camino era publicidad de telefonía. Airtel, concretamente. Ya mismo pintarán a las vacas y las cabras como en aquel anuncio de Milka.

En los últimos 60 años la población mundial se ha triplicado.

La introducción del petróleo ha sido el gran impacto para la economía del planeta. La mayor parte de los cereales se destinan al ganado y al biocombustible. Esto que parece una nadería es la causa de que millones de personas se mueran de hambre en el llamado Tercer Mundo. Se debe al aumento de su precio, culpa de los especuladores.

Al paso que vamos han desaparecido 3/4 de las especies vegetales. El máximo interés consiste en fabricar carne más deprisa que lo hace el animal. Existen hoy día 900 millones de vehículos, pero eso no significa que se distribuyan de un modo equitativo. Antes de que acabe el siglo se habrá agotado la casi totalidad de los recursos energéticos del planeta.

Dubai es el símbolo del derroche y la desmesura.

La mitad de la riqueza del mundo se concentra en manos del 2% de la población. ¿El dos por ciento de la población!. Cada semana aparece un millón de habitantes nuevos en las ciudades. Otros 1.000 millones no poseen agua potable y pasan hambre. El 40% de las tierras cultivables se ha degradado, 3/4 partes de los recursos pesqueros agotados, en declive o al borde de estarlo.

Costa Rica no tiene ejército.

Pero al final del documental, la mayor preocupación no era el fin del mundo, sino: ¿esto entra en el examen?

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