#Cinco minutos de éxito

Hace algún tiempo en una de mis clases les hablaba a los alumnos del éxito. Recuerdo que fue acerca de la consecución del título de la ESO, cosa que hoy día sólo sirve para limpiarse el culo. Primero porque todo el mundo lo tiene a pesar de todo; y segundo porque tal y como están las cosas significa realmente poco. Vale que a algunos les cueste verdaderamente obtenerlo, no digo que no. Pero la mayoría de los chavales con los que he tenido la suerte de tratar, la ‘eso’ se la sacarían de calle si les diera la gana. Lo que significa que, aprender a leer y escribir en los tiempos que corren no te aseguran nada más allá de ser carne de cañón en un mercado cada vez más competitivo. Perdónenme, pero yo es que parto de la idea de que una carrera universitaria —o un grado como dicen ahora—en este país sirve para lo mismo que la ‘eso’. No salimos del retrete.

El Roto.

Aunque, como es lógico, son papeles que sin ellos sería imposible de ejercer ciertos trabajos; pero en un país como el nuestro donde hay 6 milloncejos de parados y otros tantos de subempleados, ya me dirán qué uso le va a dar una cajera del Mercadona a su Máster en Criminología, o un repartidor de cosméticos la licenciatura en Historia. Dos ejemplos que los pueden encontrar a poco que lean los periódicos, o a poco que hablen con la gente de la calle; sino es que no son ustedes mismos los jodidos en este asunto.

Por eso, cada vez se me cae más la cara de vergüenza cuando les digo a mis pupilos y pupilas que, con el trabajo, el esfuerzo y el sacrificio se consigue el éxito en esta vida. Como si en este puñetero país de mierda en el que intentamos sobrevivir, esos términos significasen algo. Como si fuésemos gilipollas cuando vemos en las noticias cómo trincan unos y otros, y se pasan la ley por el forro de forma impune ante la atónita mirada de unos pocos, y la gran indiferencia del resto. Mis alumnos suelen ser tan vagos como nosotros le consentimos, pero no imbéciles. Como me contaba una compañera que trabajaba en Cádiz; cuando preguntó a un grupo de tercero de la ‘eso’ sobre qué debían hacer si tenían unos ingresos de 1000 euros y unos gastos de 1200. Naturalmente respondieron; que «trapichear». Yo les habría corregido porque trapichear es lo que llevábamos haciendo desde antes de que ellos nacieran. Ahora estamos pagando todos los trapicheos juntos de políticos, empresarios y resto de trabajadores. El Lazarillo y la picaresca son españoles, además de otros fenómenos de dudoso honor que hacen de España y de los españoles lo que somos. Para dudas, ya saben: abran un libro de Historia.

Pero venía a hablarles del éxito, cuando entusiasmados, un grupo me invitaba a esos actos de graduación que cada vez se parecen más a los que se festejan en Estados Unidos o Canadá. Pura parafernalia vacía de contenido, aplausos y palmaditas en la espalda, tratando a los estudiantes como si hubiesen logrado llegar a Júpiter o hubieran descubierto el remedio contra el cáncer. Si es que ya lo hacen incluso los párvulos. Tengo familiares con niños de menos de cuatro años con el birrete en la chola para la foto de la orla de la guardería. Cuando birrete, según la RAE, es un gorro que llevan los profesores, magistrados, jueces y abogados. Toda esta parafernalia se ha convertido en un auténtico acontecimiento de idiotas que nos está haciendo cada vez más idiotas por creer que de verdad hemos alcanzado algo de valía. Luego la realidad les dará un guantazo en la cara, borla incluida, con un mísero contrato de condiciones cada vez más inadmisibles. Eso, si es que consiguen uno por el camino que vamos, dejando en manos de quienes estamos, hacer y deshacer mientras sólo rebotamos en nuestro sillón cuando el tontolaba de Cristiano Ronaldo o de Messi marcan un gol. Porque hasta para el fútbol tenemos mal gusto y somos meros y previsibles.

Puntualizo: no estoy en contra de estos festejos. Con lo que no comulgo es con la exageración, con perder los pies de la tierra. Eso no quita que los chavales que han currado de verdad y se han sacrificado para sacar cualquier título, se merezcan una buena fiesta y disfrutar de lo conseguido, que el camino es largo. Muy muy largo.

Bueno, pues en aquella ocasión les dije —luego creo que también lo he apuntado vía twitter— que el éxito para mí era que los hijos lograsen superar el escalafón profesional y social de sus padres gracias a unos estudios y un trabajo que ellos mismos se hubiesen ganado. Porque una característica propia de nuestra sociedad de clases a diferencia de aquella que se encontraba en el Antiguo Régimen, es precisamente ésta; que tenemos la oportunidad y la libertad, a pesar de todo, incluso de lo escrito más arriba; tenemos la oportunidad de prosperar a través de nuestra cualificación. Y conseguir eso, es para mí el éxito del que la comunidad educativa –ahora que está tan de moda este tipo de chorradas—, o sea, profesores y padres, debería sentirse verdaderamente orgulloso. Ayudar a que un alumno sea lo que quiera ser según su trabajo, sacrificio y esfuerzo, junto con su talento. Porque no olvidemos que nadie nos va a librar de nuestras limitaciones intelectuales. Cada uno que cargue con las suyas y que no nos tomen el pelo con estas falacias psicopedagógicas de ahora.

Sin embargo, hoy, aquí, quería añadir alguna cosa más —llevo cerca de la hora redactando esta fruslería, aunque en un principio iban a ser cinco minutos los que dedicaría al «éxito»— y termino. El otro día chateando o como se diga cuando uno habla vía twitter o email por Internet con otras personas, lo hacía yo con algunas alumnas de cuyo nombre no puedo olvidarme, y me contaban sus cosas de la carrera, de las asignaturas, sus sueños y demás. También con alumnos que ya están haciendo sus trabajos o incluso sus colaboraciones con organizaciones de Ayuda, voluntariados y demás. Viajes incluidos, etcétera. El caso es que me di cuenta de la suerte que tengo de haber tenido a estos alumnos y de que en un futuro me aportarán —algunos ya lo hacen— aun más reflexiones y conocimientos de los que me aportaron en su momento. Alumnos que estoy seguro de que triunfarán en la vida porque ya lo han hecho hoy manteniendo la actitud y las inquietudes que siempre me han demostrado. Alumnos que cuando vuelva a encontrármelos con un café o una copa por delante, escucharé con la boca abierta todas esas cosas que siguen aprendiendo y que yo desconozco. En definitiva, gente interesante que te sigue recordando que todo esto, maldita sea, merece la pena. Justos en Sodoma que sobreviven en cualquier ecosistema educativo por infame que éste sea.

A toda esta gente, antiguos alumnos, ahora amigos y colegas; os doy las gracias y os detesto a partes iguales. Pues si por alguien no mando la toalla a hacer puñetas es porque estáis ahí, en mi mente y en mis recuerdos. Tirándome de la oreja y diciéndome que no cambie. Vosotros ejemplificáis perfectamente el éxito. Lo demás son paparruchas.

[Nota: Esta entrada se publicó en blogspot el 19 de septiembre de 2012]

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