#Celia y Jara

Llevo varios días con un par de entradas en la cabeza, pero el libro sobre el orfanato de Mukono me está robando más tiempo del que yo esperaba. He ido renunciando a ellas a cambio de continuar escribiendo sobre Uganda, pero hoy he hablado con Celia y no he podido resistirme a contarles esta pequeña historia, que igual también incluyo en el libreto ese, matando dos pajarracos de un tiro.

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Ventana del avión hacia París.

Mi último día en Uganda lo pasé en la guesshouse de Karibu-Project, desde allí salí sobre las once de la noche en dirección al aeropuerto. Tuve que contratar a un taxi para que me llevase a Entebbe. Era un chófer negro al que le gustaba el Barça y los prostíbulos. Durante el trayecto, a eso de las doce, ya no había partidos, de modo que lo único abierto que quedaban eran esas casas de luces azules, rojas y amarillas que tanto gustan a Sabina. Aunque yo no soy de fútbol, tampoco nos daba tiempo a parar en los burdeles ugandeses que medio en broma, medio en serio, aquel conductor propuso invitarme. Es la única vez en la vida que he renunciado a hablar del bello sexo a cambio del deporte del balompié, pues por sus comentarios mejor fue no darle demasiada bola. No quería animarle a que echase freno de mano y me secuestrara para hacer una visita a la madame de turno. Ya ven, a mí que me importa un huevo de pato eso del furbo, tuve que conversar in inglish durante más de una hora sobre Messi o Ronaldo. Los dos jugadores que me sé. Bueno, y Casillas, el marido de Sara Carbonero. A pesar de todo, me hubiera gustado entrar en alguno de aquellos tugurios que deben de apestar a cerveza y a sexo, y ver de cerca cómo se la juegan en el continente africano por echar un kalikeño; pero ya si eso para otro viaje, que esté uno más curtido, y no tema perder el avión.

Ya en la terminal, después de un café y de sacar el billete de Madrid a Málaga con el wifi que pillaba con mi Aifon, las vi por primera vez. Lo cierto es que me fijé en ellas porque me parecieron dos chicas muy atractivas. Eran altas y guapas y yo estaba recostado como podía terminando de leer el libro de Ébano de Kapuściński. De cuando en cuando levantaba la vista disimulando, intentando comprobar si eran extranjeras o españolas. Llevaba varios días peleándome con el inglés y necesitaba hablar en mi idioma. De modo que al cabo de un rato, con la excusa de preguntar una de esas chorradas de las que uno no se acuerda, comencé a entablar conversación con Celia y Jara.

Ambas rondaban los veinte y algo, y se volvían a España después de un mes, colaborando en un hospital, también a las afueras de Kampala. Luego, la suerte me guiñó el ojo y estuvimos compartiendo asientos ya en el aeroplano. Estudiaban —y siguen haciéndolo— medicina, y tienen unas inquietudes impresionantes. Me contaron su propia experiencia africana, lo que habían hecho y lugares que habían visitado, la familia que les despertaba todas las mañanas con la televisión a toda pastilla en la casa donde se hospedaban, el robo de una de sus carteras en un matatu (taxi ugandés), y lo que habían sentido con todos aquellos niños con los que se hicieron tantas fotos. Yo atendía sorprendido y envidioso a la vez de no haber sido tan precoz como ellas. A uno a veces se le va pasando el arroz para según qué cosas. Piensas por qué narices no hice esto o aquello antes, y en qué mundo estaba yo a esas edades para ser tan capullo de no haberme dado cuenta entonces.

Y me quedo perplejo cómo vienen algunos, cómo apuntan ya. Espero que esta sociedad no los prive de lo que de verdad importa, y que no les nuble la vista con esta tecnología barata y estas gilipolleces. Pero de veras, qué alegría cruzarse con personas así, tan brillantes. Hoy, como dije, hablé con Celia. Este verano que yo me quedo ellas se han ido a Etiopía. Me cuenta que colaboran con un hospital por la mañana y un orfanato por la tarde. También que van a hacer un pequeño viaje por el norte del país, y que evitarán la frontera con Somalia porque es más peligroso.

Les cuento esto porque este año en clase de primero de bachillerato, Historia del Mundo Contemporáneo, adultos. Ya saben, gente hecha y derecha. Como decía, en el insti donde he estado enseñando y tal, cuando tratamos la situación actual de los países pobres y el estado de los derechos universales, de cómo se muere la gente de hambre, de cómo matan, violan, torturan y todas esas cosas feas; un alumno me dijo algo así como: ¿Pero qué podemos hacer? Porque no vamos a viajar a allí para que nos pase algo.

«Para que nos pase algo». Lo peor que puede pasarte antes de morir es darte cuenta de que en la vida —la tuya— no te ha pasado na-da. En mis viajes siempre he coincidido con gente de todos los lugares del mundo, pero empiezo a creer que son las mujeres las que tienen más sensibilidad y más deseos por conocer esto que nos rodea. Por no hablar de valor, pues como en Uganda, vi a muchas chicas jóvenes aventurándose por ahí, de un lado a otro, por esos países de dios, como quien coge el veintiuno para ir a la Universidad. Precisamente he puesto en contacto con Celia y Jara a una amiga, para que visite el hospital donde ellas estuvieron el año pasado. Mi amiga viaja sola, y también tiene veintipocos abriles.

Algunos prefieren esperar a acabar sus estudios o a no sé qué. Cada uno hace sus planes. Yo lo que digo es que de mayor quiero ser como ellas. Con gente así esto no está perdido. Lo único que me cabrea del asunto es que no hayan sido mis alumnas; ahora estaría orgulloso y fanfarronearía de haber sido quien les ha inculcado esta forma de entender la vida.

Enrique Meneses, antes de morir, me escribió lo siguiente: Coge tu vehículo y tira para Algeciras y sube en el Ibn Batuta… Lleva tus papeles en regla y tus ahorros contigo (tarjeta de crédito recomendada además del dinero papel) Si te quedas sin dinero, instálate en algún sitio y da clases de español, de judo o de lo que sepas hacer y cuando tengas algo de dinero, tiras para adelante. No tengas miedo, África es menos peligrosa que cualquier ciudad española en un viernes noche. Sólo cuidado con zonas de secuestros. Investiga antes con indígenas la seguridad o la inseguridad que haya cuando quieras ir adelante en tu viaje.

¿Por qué carajo no leí antes sus memorias? ¿Por qué no leí ‘Hasta aquí hemos llegado’? Y en éstas me retuerzo este verano que no se volverá a repetir. El que viene, dios mediante, no me ven el pelo.

Posdata: Lo cierto es que Sara Carbonero me parece una auténtica imbécil, pero como todo el mundo babea por sus huesos y sus tetas de goma he decidido incluirla. No vayan a creerse todo lo que escribo, cáspita.

Segunda posdata: Igual me lee alguien que lleva regu lo de la comprensión lectora, así que aclaro: Sara Carbonero no me parece gilipollas por que tenga silicona en las domingas, me parece gilipollas porque no tiene nada en la cabeza. Sus tetas han quedado perfectas, y yo me alegro.

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