En tus ojos cabe todo

En tus ojos cabe todo, una vida entera.

***

Café. París, 2013.

Dejó escrita una frase en la servilleta. Se levantó de la silla que ocupaba y antes de irse puso un par de billetes de cinco junto a una tarjeta de visita. Dos cafés, un trozo de tarta de manzana y un paquete de cigarrillos americanos. La camarera llegó, recogió el dinero y seguidamente leyó el contenido de la servilleta. «En tus ojos cabe todo, una vida entera». Después revisó las señas de la tarjeta de visita. Guido Ferrara era un poeta italiano. Guido, como el protagonista de La vida es bella, pensó. Con el platito y la taza vacía de café en una mano, se detuvo un instante, fijó la mirada perdida y con un gesto de resignación dedicado al destino rompió en dos o tres pedazos la tarjeta y la posibilidad de ver de nuevo a Guido.

¿Entonces vive solo?

Esto es prácticamente una cita, pero le daré el dudoso honor de hacerla «entrada» aunque no sea yo quien aporte nada en este caso; o en este caso también, pues la mayoría de los post, o bien son fruslerías o bien citas y reseñas de otros que acuden en mi ayuda para darle algún contenido a este blog. En cualquier caso, así os dejo, en compañía, una vez más, de Alejandro.

—Señor —dijo de pronto la condesa, tras diez minutos de silencioso paseo—, ¿es cierto que usted ha visto tanto, viajado tanto, sufrido tanto?

—He sufrido mucho, sí, señora —respondió Montecristo.

—¿Pero es feliz ahora?

—Sin duda —respondió el conde—, pues nadie oye que me queje.

—¿Y su felicidad actual le serena el alma?

—Mi felicidad actual iguala la desgracia pasada —dijo el conde.

—¿No está usted casado? —preguntó la condesa.

—¿Yo, casado? —repuso Montecristo estremeciéndose—. ¿Quién ha podido decirle eso?

—No me lo han dicho, pero varias veces se le ha visto llevar a la Ópera a una joven hermosa.

—Es una esclava que compré en Constantinopla, señora, hija de un príncipe, a quien he hecho hija mía por no tener otro cariño en el mundo.

—¿Entonces vive solo?

—Vivo solo.

—¿No tiene hermana…, hijo…, padre…?

—No tengo a nadie.

—¿Cómo puede vivir usted así, sin que nada le ate a la vida?

—No es culpa mía, señora. En Malta estuve enamorado de una joven y, cuando íbamos a casarnos, llegó la guerra y me llevó lejos de ella como un torbellino. Pensaba que me quería lo suficiente para esperarme, para permanecer fiel incluso a mi tumba. Cuando regresé se había casado. Es la historia de cualquier hombre que ha pasado de los veinte años. Yo tenía un corazón más débil quizá que los demás, y sufrí más que hubieran sufrido ellos, eso es todo.

La condesa se detuvo un instante, como si necesitara aquel alto para respirar.

—Sí —dijo—, y ese amor se le ha quedado clavado… Sólo se ama bien una vez… ¿Y no ha vuelto a ver a esa mujer?

—Nunca.

El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Capítulo LXXI.

El violonchelista y la canadiense

Hace ya más de un año que visité en Verona una exposición de Robert Capa. Se llamaba así, como él. O como el nombre que le puso Gerda Taro, pues ya saben que el suyo verdadero era Andree Friedman. Una de las mejores muestras de fotografía en las que he estado, y puedo asegurarles que van siendo unas cuantas. Para que se hagan una idea, sólo en los Rencontres d’Arles (Francia), hace dos veranos, sesenta y siete salas anduve. Cada vez que cojo la mochila lo hago con la excusa de meterme en una de ellas. Hagan cuentas.

Robert Capa © 1939

Robert Capa. Francia. Bram. Marzo, 1939. Músico de la filarmónica de Barcelona en el campo de internamiento de refugiados.

Como les decía, creo haber contado que en Verona, donde Romeo y Julieta, conocí a otra profesora canadiense con la que coincidí de manera fortuita. Un encuentro casual si quieren llamarlo así. Juntos recorrimos sus calles y llegamos incluso a ver la ópera de Carmen en la Arena de la ciudad, el anfiteatro. Fue increíble oír la música de la orquesta mientras la brisa francesa de julio me acariciaba la cara y un vaso de vino tinto me mojaba el paladar.

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#Siria y la escalera de Chaval

El otro día colgaba en el blog la portada del libro de Mrozek, cuyo nombre, cada vez que tengo que escribirlo he de recurrir a él porque siempre se me olvida. Cuando estuve en Polonia no logré aprender ni a decir hola. Para mi alivio, al parecer, el polaco es el idioma más difícil del mundo. Creo. Si no es asín no me lo desmientan, por favore.

Manu Brabo © 2012

Manu Brabo. Tomada el 3 de octubre de 2012. ¿Cuántas fotos como ésta hacen falta para que cese la matanza?

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¿Han visto ustedes algo más bello que la sonrisa de un invidente? ¿Y si el secreto es cerrar los ojos?

Hay tantas balas que uno ya no sabe quienes son los buenos y quienes los malos.