La honra de la verdad

¿Qué puede objetarse contra quien anhela decir la verdad y consiente en morir por ello? […] Yo he nacido para combatir el crimen, no para dirigirlo, y aún no ha llegado el tiempo en que los hombres honrados puedan servir a la nación sin ser castigados.

Robespierre, discurso en la Convención poco antes de ser guillotinado el 28 de julio de 1794.

La muerte de Dumas

—¿Piensas en la muerte, mi señor? —dijo ella.
—Es un sano pensamiento, hija mía —dijo el sabio.

Alejandro Dumas, El conde de Montecristo.

Disidente Hitchens

Esperar una época propicia para disentir es esperar demasiado. La mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo, prefiere buscar la aprobación de los demás o la seguridad. Aun así, en todos los períodos de la historia ha habido gente que se ha sentido al margen de alguna forma. No es exagerado decir que la humanidad tiene una gran deuda con esa gente.

Christopher Hitchens, Cartas a un joven disidente.

El placer de la lectura (Paco Montero)

“Tolle, lege”, decía San Agustín en sus Confesiones. “Toma, lee”: una exhortación, un mandato, un deber y, en el fondo, una condena. Porque el hombre está condenado a descifrar el mundo que le rodea mediante sus experiencias, sus sentidos y su razón. Lee el campesino cuando reconoce el significado de las señales celestes y naturales, y sabe si lloverá o nevará, o por dónde soplará el viento, o cuándo parirá la oveja (1)… Lee el pescador en los movimientos de la mar rizada, en el vuelo de las gaviotas y en la suavidad de la brisa (2)… Lee el músico en su partitura; lee el arquitecto en su proyecto; lee el crítico de arte en los cuadros de pintura ajenos…

 

Leer es comprender lo que antes se contemplaba sólo como un enigma o como un conjunto de endemoniados ringorrangos trazados en el papel. Cuando el niño o el adulto que aprende tardíamente a leer balbucean las primeras letras y oyen la música de sus sonidos, se sienten poseedores de un conocimiento milenario y universal que les permite desentrañar misterios hasta entonces ocultos. Esas primeras letras que brotan de los labios se perciben como música celestial. No sólo las ven los ojos o las palpan las manos, sino que parece que huelen y que son saboreadas por la lengua. Descifrado el código, el mundo se hace más claro.

En las sociedades antiguas, como Egipto o China, una casta de escribas se adueñó del lenguaje y lo apartó del pueblo. Se convirtieron así en los celosos guardianes de un bien superior, un don otorgado por los dioses. El dios egipcio Thot, patrón de los escribas, fue el inventor de la escritura y, mediante las palabras, creaba las cosas del mundo, escribía las leyes y la historia, conocía las fórmulas mágicas y autentificaba las decisiones de los faraones, incluyendo su nombre en el libro de la historia. Esta facultad de leer y escribir convirtió a una minoría de servidores reales en sacerdotes indispensables para el equilibrio de la sociedad y el mantenimiento del orden político y social. Quien desconocía los entresijos de la lectura estaba privado de una función tan necesaria como la de respirar y, por tanto, de la posibilidad de medrar en el escalafón social.

Escritura y lectura son las dos caras de una misma moneda: escribir es leerse a sí mismo. Escribir era como tallar y fijar en el tiempo lo esencial y verdadero; leer, por su parte, era retrotraerse a los orígenes para comprender lo que sobrevendría. Los primeros textos escritos surgieron en Mesopotamia, allá por el año 4500 a. C., en tablillas de arcilla pictográficas, con unas pocas marcas y con una finalidad económica. La sencillez de una muesca y unos trazos que representaban a un animal (buey, cabra u oveja) principia el largo viaje de la humanidad por los caminos del saber. Igual que el granjero sumerio leía en la tablilla, quizás, “son diez cabras” o “aquí hubo diez ovejas”, nosotros, los lectores de estos días o los de cualquier época, hemos repetido esta labor de desciframiento y de amena revelación. El lector que se abisma en la hondura del papel de un libro, con los codos apoyados en la mesa o repantigado en el sillón, revivifica a otros muchos lectores pretéritos (lectores de papiros, de pergaminos, de vitelas y de pliegos de cordel), e incluso pronostica la venida de ciberlectores (perdóneseme el palabro) más difusos, pero cautivos también por el mundo de la lectura.

1. Nini, protagonista de Las Ratas, de Miguel Delibes, es un ejemplo literario del lector natural, verdadero, práctico, hecho a golpes de trabajo y sudor.

2. Hermós, personaje de Un viaje frustrado, de Josep Pla, recuerda vivamente al viejo lobo de mar que vive embelesado entre el cielo y el océano.

Fragmento de El placer de la lectura, escrito por mi compañero Francisco Montero Ruiz para el departamento de Lengua y Literatura del IES de Campanillas.

El texto íntegro deberían descargárselo pinchando con la rata en el siguiente enlace. No se lo pierdan.

El placer de la lectura, Francisco Montero Ruiz (pdf).

#Exámenes sin virgulillas

Llevo toda la mañana corrigiendo hasta acabar con retortijones. Vienen y van según me voy saltando los renglones. Lo de corregir es un decir, la mayor parte de las pruebas son tipo test, ya saben a,b,c,d… Bueno, a decir verdad, «a» o «b», y ya.

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Imagen: Felipe, de Mafalda. QUINO.

Desde hace tiempo tengo una máxima: cuantos más exámenes peor. Por eso me limito a los estrictamente necesarios, ni más ni menos. El silogismo es de cajón: si a más exámenes peores resultados, cuantos más ponga más gente me cargo; luego más estudiantes aprobados cuantos menos haga. Así todos felices. Yo contento, la delegación contenta, los papás contentos (mucho ha que doy en adultos, pero seguro que sigue habiendo por ahí algún padre feliz por que su hijo se saque el graduado de secundaria o el bachiller), y los alumnos con… los alumnos jamás estarán contentos.

Ustedes están pensando, este tío está chaveta, ¿cómo van a suspender más estudiantes si das más oportunidades para aprobar? Pues aunque les parezca ilógico es así, y tiene una explicación bien sencilla. Imaginen que tienen dos oportunidades para una prueba física. La primera se realiza en junio y la segunda en septiembre. Seguramente entrenarán durante todo el invierno sabiendo que aún les queda el verano si no han hecho todo el esfuerzo suficiente. No la superarán en junio y el verano en realidad lo tomarán como descanso, pues en época estival poco o nada se hace. De modo que la prueba de septiembre saldrá incluso peor que la anterior. Pero si de entrada ya conocen que sólo tendrán una única oportunidad en junio, irán con todas sus fuerzas a ella. Aprobarán o no, pero se habrán sacrificado al máximo.

Esta es la realidad que me encuentro cada curso. Por regla general (siempre hay excepciones) los exámenes de septiembre son de una calidad óptica abominable. Los alumnos llegan de las vacaciones (también pueden incluir pascua y cualquiera en la que estén más de tres días alejados de la Escuela) en pésimas condiciones, como los deportistas antes de la competición. Parecen haber olvidado todo lo que han aprendido durante el curso. Y me pregunto si sólo somos capaces de retener conocimientos y destrezas durante los nueve meses que dura y durante los doce o catorce o los años que sean que dure la vida académica, ¿para qué estudiamos? O sea, si luego salimos por la puerta de la Escuela, del Instituto o de la Universidad con nuestro titulín bajo el brazo, pero con la cabesa vacía, ¿de qué nos sirve?

Algo estamos haciendo mal sin duda. No es normal este nivel Maribel. Porque ¡cómo es posible que no pongamos ni las mayúscula a los nombres propios?, ¡cómo es posible que no escribamos bien nuestro propio nombre? Me he encontrado con casos en los que no sólo no se colocaba la tilde en un apellido, sino en los que se olvidaban hasta de la virgulilla de la de la eñe. ¡Nuestra eñe! ¿Quieren decirme cómo le llamamos a esto? Y también, ¿qué hace uno con semejante equipo al que le da pereza ponerle siquiera el rasguillo a la ene para convertirla en eñe? Si respetásemos las reglas de circulación como las de la ortografía adelantaríamos a la India en accidentes de tráfico.

Algunos estarán pensando: qué meticuloso, dará igual una tilde más o menos. Efectivamente, por eso mismo porque da igual, ¡me la ponen! Es fácil deducir, imagino, que con esta tendencia del laissez faire, laissez passer si a un médico se le olvida qué vena ha de pinchar, no pasa nada; si a un juez se le pasan dos o tres pruebas y por ello un acusado queda absuelto, no pasa nada; si un mecánico olvida (o no le apetece, o no sabe) cambiar el líquido de frenos, no pasa nada; si un taxista se equivoca de dirección porque la desconoce, no pasa nada… En mi caso, en el de quienes nos convertimos en profesores con la ilusión de transmitir conocimientos, hago la siguiente reflexión: si no podemos enseñar, si no quieren aprender; qué narices hacemos aquí.

Lo peor de todo es que uno se siente impotente ante semejante rebeldía, ante colosal huelga de saberes ortográficos o cualquiera de aquellos que con tanto esfuerzo pretendemos comunicar.

Lo del contenido de las pruebas, eso ya lo dejo para otro día porque aún me quedan exámenes por corregir. Me desahogué, que es lo que llevo haciendo en este blog desde que con la excusa de colgar apuntes lo abrí para ustedes.

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Posdata: Bienvenidos al nuevo curso escolar 2013/2014. El objetivo será ponerle el rabillo a la ene para convertirla en eñe. Me apuesto un café a que no lo consigo.

Con razón (y arte), falso Neruda

Hace tiempo publiqué en el blog antiguo esta entrada que sigue y que contiene un error manifiesto y magnánimo, pues se le atribuyen unos versos al poeta chileno Pablo Neruda y como comprobarán quienes lean este enlace, no es así realmente. Sin embargo yo he querido dejar tal cual la entrada, con error incluido, pues no por ser anónimo es menos cierto su contenido. A veces la autoría o la asignación de esta puede ser muy curiosa, pues hay cierto celo en saber a quién pertenecen estos versos y en cambio nadie acepta la autoría del Lazarillo.

*entrada antigua (14/02/2011)

Pensaba que ya lo había comentado en el blog, pero buscando no he encontrado nada. Supongo que haberlo tratado varias veces en clase me ha confundido. El siguiente poema de Pablo Neruda lo he gritado varias veces dentro de las cuatro malditas paredes donde nos vemos encerrados habitualmente, aunque a veces sean benditas. Un alegato a la vida tal y como la estimamos, la entendemos y la asumimos algunos, no podía quedar relegado en los cajones del olvido o, lo que es peor, de la ignorancia.

Pablo Neruda (fuente desconocida)

Hoy, en refuerzo de lengua he vuelto a hacer mención a ella. Este año no es la primera vez, pues una copia está clavada en la tabla de anuncios de mi tutoría. De allí no se escapa.

Bueno, a lo que vamos, que nos cuente don Pablo eso de morir lentamente:

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, / repitiendo todos los días los mismos trayectos, / quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien evita una pasión, / quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, / quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, / quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, 
quien no lee, 
quien no oye música, 
quien no encuentra gracia en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, / no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, / recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

Pablo Neruda

Recuerdo que me leí la biografía de Pablo Neruda en los descansos de un curso de Retoque fotográfico que realicé al año siguiente de mis primeras oposiciones. Recuerdo aquellas mañanas escuchando Sade sentado en el césped del parque de Huelin, y leyendo lo mujeriego que era el poeta. Así comprendo mejor a Sabina o Serrat cuando dicen aquello de que antes para tocarle el culo a una chica o eras muy guapo o escribías poesías.

Parece que Pablo también era del tipo de pájaro de los dos anteriormente mencionados. O sea, tirando a feo, pero con mucha labia; como son esos tipos que siempre hemos envidiado, no por su careto, sino por el de las mujeres que los acompañaban.

También decíamos en clase que su nombre no era Pablo Neruda, sino el de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, pero nosotros mejor nos quedamos con Pablo.

Y bueno, en cuanto a la poesía, ¿qué os voy a contar nuevo que nos os haya dicho ya? Muchos se están muriendo lentamente sin darse cuenta. Por eso me encanta otra frase de Jung que es una de las citas del blog y que he comentado en otras ocasiones: «La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir». Para mí la poesía de Neruda debería estar serigrafiada en todos los centros educativos, pero… ya saben ustedes queridísimos lectores.