#El garrulo educado

El otro día estaba en el gimnasio, ya saben, lugar de moda en la actualidad. En la antigua Grecia compartía el espacio —la palestra (así se llamaba)— con las bibliotecas. Sin embargo, hoy día no puedo imaginarme algo más antagónico con él que la casa de los libros; basta con escuchar las conversaciones en unos y otros. En los primeros no se sale del fútbol o los asteroides*, mientras que en las segundas lo que abunda es la comunicación silenciosa con los grandes filósofos de la Historia (bueno, más o menos, reconozco que las bibliotecas universitarias también han evolucionado).

El Roto, en El País.

El Roto, en El País.

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#Ya no puedo recomendar El conde de Montecristo

A menos que creáis en vosotros mismos, nadie lo hará; este es el consejo que conduce al éxito. —John D. Rockefeller

Es media noche y me dispongo a interrumpir la lectura del que se ha convertido en un libro de cabecera como El Príncipe de Maquiavelo para Napoleón. Uno de esos libros que trascienden en el tiempo y te cambian los esquemas por completo. Ya sabe usted que suele decirse que uno es lo que lee. Desde hace poco mi admirado Edmon Dantés me ha trastocado la forma de pensar tanto como lo hizo hace unos meses Don Fabrizio. Y es una pena que sean estas las obras que más huella me están marcando cuando no puedo más que recomendarlas con cierta timidez en esta casa que es mi blog. El último, El Gatopardo, porque sé que no comprendería su mensaje, pues ni conocen en profundidad la decadencia de la nobleza en el siglo XIX, ni habrán experimentado como éste que firma lo que escribe el inexorable paso del tiempo cuando las manillas del reloj se hacen cada vez más pesadas. Tampoco puedo animarles a la lectura de El conde de Montecristo simplemente porque tiene mil páginas, y reconozco que no nos queda ni la paciencia ni el interés necesarios en los días que corren para devorar este plato, tremendamente nutritivo, pero demasiado copioso para sus delicados estómagos. En el mejor de los casos renunciamos a todo ello sustituyendo a uno y a otro, a los clásicos en general, por otras lecturas epidérmicas de las que no se pueden extraer grandes aprendizajes, de las que sólo entretienen con el dominio dudoso de la técnica literaria, sin dejar ningún recuerdo importante en nuestras memorias. Cuanto menos: una pena.

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javirroyo.tumblr.com

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#Periodista y profesor

Creo que otras veces también lo he comentado. Eso de que cuando leo, veo pelis o estoy en algún museo no puedo evitar acordarme de mis alumnos. Lo sé, en cierto modo me gustaría desconectar completamente, pero incluso cuando viajo fuera y andurreo perdido en África o Asia ‘me se’ meten en la ‘cabesa’. Sobre todo los difíciles, o sea, los rebeldes sin causa o los que tratan de demostrar con razonamientos inverosímiles que tienen la razón cuando no la tienen. Cuando no han cogido un libro en su vida ni para calzar un armario o no han salido de España, ni de Andalucía, ni siquiera de su pueblo. Me acuerdo de ellos porque con la frecuencia que pienso en que este mundo sería más habitable y más humano con ciertas prácticas muy poco políticamente correctas, al mismo tiempo cada vez parezco tener más claro eso de que la cultura y tal evitaría ciertas purgas. Tampoco es que un médico cirujano, un ingeniero náutico o un juez del Constitucional tengan que ser necesariamente mejores personas, amantes de los derechos humanos y toda clase de buenas maneras. Lo cierto es que los modales y la forma de comportarse cívicamente brillan por su ausencia, en las mejores familias que se dice. Pero, desde luego, si existe algún remedio éste pasa por la lectura, el cine, el teatro, los museos.

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Imagen de la portada de una selección fabulosa de reportajes de Joe Sacco. Imprescindible.

Hoy de vuelta a Málaga de mi viaje express a Barcelona estaba terminando ‘Reportajes’ de Joe Sacco del que he hecho alguna mención en el blog o en tuiter. La cosa es que leyéndolo pienso: si mis alumnos conocieran estas historias tendrían otro modo de ver las cosas. Es, esa barrera que los distancia de la lectura, la misma que los separa de poder comprender este mundo en que vivimos y esa condición humana que nos define. Al menos de intentarlo con cierta esperanza de éxito.

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#Colitis digital

Llevo cierto tiempo con esto de la fotografía y desde que empecé hace unos cinco años, cada vez se me presenta con más frecuencia la ocasión de hablar sobre la metralla de fotos o la «diarrea visual» de la que hablaba Jimmy Fox, el editor de Magnum.

Desde que se propagó el uso de las cámaras digitales, junto con el móvil, se ha convertido en un apéndice del ser humano. Cuando nos vamos de vacaciones, cuando nos damos un paseo cualquier fin de semana, asistimos a un concierto o cualquier tipo de evento; lo que nunca puede faltar es la cámara de fotos. Da igual que todos la lleven y que luego puedan pasármelas, sic, cada uno debe colgarse su cámara al cuello. ¿Por qué? Porque de no ser así no podríamos comprobar quién la tiene más grande.

Fotógrafo ataviado con todo tipo de cámaras

Fotógrafo de deportes

El mundo anda loco y el mercado nos ofrece lo que pedimos los locos. Las cámaras digitales compactas emprendieron una doble carrera: menor tamaño de un lado, mayor número de pixeles de otro. Y reducir el tamaño de una cámara de fotos me parece la mejor idea que puede destinarse para su diseño. Cuanto menos peso y menos espacio ocupe en tu bolsillo, más cómodo será llevarla. En cambio, aumentar el número de píxeles no lo es tanto. Todo el mundo piensa que la calidad de una cámara digital radica en los ‘megapízeles’ que tiene, y esto no es así. La calidad es una combinación del sensor y de la lente, y por tanto, cuanto mayor es el primero mejor será la calidad de la imagen capturada.

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