#Jodidos justos de la ciudad de Sodoma (y II)

Son las nueve de un jueves a menos de dos días de las vacaciones, ese privilegio que tenemos los maestros a diferencia del resto de la sociedad, pues vivimos como reyes con nuestro trabajo fijo, nuestra paga a final de mes y nuestras bolsas del Mercadona. Ya sé que lo del Mercadona es más de los funcionarios de la administración, y ya sé que éste no es lugar para quejarme de la consideración de mierda a la que nos ha relegado el conjunto de la sociedad; pero he arrancado así y además tiene alguna relación con lo que voy a contarles seguidamente.

El Roto en El País.

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Para septiembre

Son las cuatro de la tarde, los hielos del tinto se derriten mientras golpeo las teclas del ordenata, demasiado calor. Hoy empiezan las vacaciones del cole, de manera que también comenzarán las del blog, las del twitter y las del correo electrónico de novadehistoria. Hay que descongestionar un poco de tanta tecnología y tanto cable. Además, no sé por dónde voy a estar, así que el acceso a Internet probablemente no sea fácil y no quiero comprometerme a ello.

Mis alumnos de 4º de ESO.

Mis alumnos de 4º de ESO.

Han faltado algunas entradas por escribir, por ejemplo la de por qué me gustan esos viejos cascarrabias tan indignados, o una más sobre la Educación sin pelos en la lengua que no sé cuándo la escupiré, los capítulos que le siguen a «Y la lluvia»… En fin, que a mí también me han quedado unas cuantas pendientes como buen alumno que soy. De modo que doy permiso para que me pongáis en rojo, en el cuaderno de notas, como a Daniel Pennac: «NM» (Necesita Mejorar). Eso sí, prometo recuperarlas en septiembre.

El curso, como siempre, buenos y malos momentos. Así es la vida, parece que no vamos a cambiarla. Estoy bastante contento a pesar de muchas cosas, y me alegro de haber conocido a gente tan magnífica como he tenido la ocasión de descubrir este año. El próximo, pues dios dirá. Ojalá el destino, esa suerte rocambolesca que tantas vueltas da, nos guiñe la oportunidad de vernos con los sueños cumplidos. Hasta entonces.

El último sorbo de tinto cayó y sólo tintinea lo que queda de los hielos al posar el vaso. Ahora que me despido del curso anterior, me viene la sensación como cuando se cierra un libro que ha sido finalmente leído. Os guardaré en la estantería con las hojas dobladas por mi memoria.

Un fuerte abrazo a todos los que «me siguen». Clic.

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Pdta:/. Disfrutad el verano leyendo, viajando, soñando. Y apagad el ordenador para poder hacer todo eso.

Nota: Vamos a ir calentando motores para despedir este curso al que le queda un suspiro. Para ello recuerdo una vieja entrada en blogspot (30/06/2010). Esta es una entrada nostálgica con la que también les mando un abrazo a mis alumnos de siempre.

Las reformas educativas

En cinco segundos podemos ver en qué consiste la reforma democrática del sistema educativo y un retoque de última hora llamado LOMCE. Que conste que todas ellas tienen sus puntos buenos y que si se hubiese empleado más y mejor el presupuesto económico cualquiera hubiese tenido mejores resultados. Pero los problemas son también otros que no se tocan. Como por ejemplo la autoridad del profesor. Un, dos, tres, responda otra vez…

#El vendedor de enciclopedias

Desde que comencé hace algunos años en esto de la tiza y tal (sic) —que le pregunten a mis primeros alumnos— a veces me comporto en clase como un abuelo cascarrabias refunfuñando. En una ocasión me dijeron que era joven, pero hablando parecía un viejo. Me refiero a esa característica tan mía de indignarme ligeramente cuando pregunto si se ha visto una película (de leer libros ya ni hablamos) o se conoce algún escritor, periodista, fotógrafo, etc.

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Aquellos ojos que me miraron en La Habana

La sorprendí mirándome fijamente a los ojos, con sus ojos azules, transparentes como dos cristales de agua. Los que se clavaron en mí durante esos segundos que parecen alargarse horas. Y su pelo rubio, y era alta y esbelta, y muy llamativa; completamente irresistible.

Debí de acercarme por instinto puesto que no recuerdo haberlo razonado. Mi cerebro jamás mandó esa orden, pero mi cuerpo se dirigió a ella sin más. Todo de un modo irracional, como son estas cosas; como un reflejo sin sentido que te empuja de forma natural en mitad de un torrente de impulsos.

Ya de cerca, el encanto fue aun mayor, diría que en aumento, como me imagino lo infinito, creciente. Me detuve justo enfrente y de nuevo sin calcularlo, le tendí la mano preguntándole su nombre. Qué sorpresa del destino —pensaba mientras tanto— alinearía los planetas para que la descubriese en aquella plaza de La Habana, allí, como si estuviera esperándome.

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