La vida es bella con Marina Marfil

Corría el año 1997-1998, y el que golpea a la tecla era un estudiante universitario de Historia. Muchos, le debemos nuestra afición cinéfila a aquellas novias de entonces porque lo normal era ir al cine un sábado o un domingo. A veces el sábado y el domingo. Era la época en que ponían «Salvad al soldado Ryan», «Más allá de los sueños», «La delgada línea roja», «El Show de Truman», «La máscara del zorro», «American History X»… Muchas de ellas eran muy buenas películas, tengo que reconocerlo. Y todas galardonadas, o nominadas a los Oscar de la Academia de Hollywood.

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Españoles en el corazón del horror

Hace unos años escribí para mis alumnos de secundaria un texto sobre el horror de los campos de concentración nazis. Subo ahora aquí el mismo a la espera de que a alguien le guste y especialmente para los nuevos alumnos de bachillerato.

Foto: Republicanos españoles supervivientes del campo nazi de Mauthausen saludan a los soldados norteamericanos tras su liberación. Mayo 7, 1945. Obtenida de periodismohumano.com

El chasquido de sus botas negras me despertó de nuevo en mitad de la noche. Aquel taconeo en el gélido hielo vibraba dentro del barracón y aún se me erizan los vellos cada vez que salgo a la nieve y repiquetean en mi memoria los pasos del verdugo. Teníamos tanto miedo, demasiado miedo; convivíamos con él y de él nos alimentaban cada día.

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Los fusiles que nos esperan

En lo que va de historia, o sea, desde hace tres mil años que navegantes griegos y fenicios hablaban de Hispania, el territorio donde vivimos ha sido objeto de numerosísimas guerras y revoluciones. Supongo que como en cualquier otro lugar del mundo porque —como leí esta misma mañana— la paz está representada por una paloma que no sabe dónde va ciscarse cada día, pero bien que lo hace. Así que tampoco es que este hecho sea algo particular de nuestra tierra, basta con abrir cualquier libro al uso o encender el televisor para darnos cuenta de que la guerra es algo intrínseco al ser humano, algo que lo define desde tiempos inmemoriales.

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Cartel del Partido Obrero de Unificación Marxista exigiendo el reparto de tierras en 1936, inicios de la Guerra (in)Civil española.

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La pasión de Henri

Siempre he sido un apasionado de la pintura. De niño pintaba los jueves y los domingos; el resto de los días soñaba con hacerlo.

Henri Cartier-Bresson.

Aquellos ojos que me miraron en La Habana

La sorprendí mirándome fijamente a los ojos, con sus ojos azules, transparentes como dos cristales de agua. Los que se clavaron en mí durante esos segundos que parecen alargarse horas. Y su pelo rubio, y era alta y esbelta, y muy llamativa; completamente irresistible.

Debí de acercarme por instinto puesto que no recuerdo haberlo razonado. Mi cerebro jamás mandó esa orden, pero mi cuerpo se dirigió a ella sin más. Todo de un modo irracional, como son estas cosas; como un reflejo sin sentido que te empuja de forma natural en mitad de un torrente de impulsos.

Ya de cerca, el encanto fue aun mayor, diría que en aumento, como me imagino lo infinito, creciente. Me detuve justo enfrente y de nuevo sin calcularlo, le tendí la mano preguntándole su nombre. Qué sorpresa del destino —pensaba mientras tanto— alinearía los planetas para que la descubriese en aquella plaza de La Habana, allí, como si estuviera esperándome.

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Grito ¡sensibilidaaaaaaaaaad!

Apaga esa maldita luz. Sí, la que no te deja pensar. La luz ambiente. ¿Pensar? ¿Dije pensar? Perdón; sentir. La maldita luz que no te deja sentir. Ese ruido que ronronea constantemente martilleando tu abollonada cabeza. Pum, pum, pum. Estupendo, ahora que tienes la luz que ronronea apagada, ahora que ya no se oye nada y todo está en absoluta quietud. Ahora que lo que escuchas es todo negro y lo que ves se sumerge en el silencio…

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La noche de Brassai

La noche sugiere, no enseña. La noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza; ella libera en nosotros las fuerzas que, durante el día, son dominadas por la razón.

Brassai, fotógrafo.

El refugio del capitán

Dejó el vaso de vino y se acercó, sentándose en el borde del lecho, para posar una mano sobre la carne tibia. Mi vida, había dicho ella. No tenía donde caerse muerto —incluso eso lo establecía a diario con la espada— y tampoco era lindo elegante, ni un hombre gallardo y cultivado de los que admiraban las mujeres en las rúas y los saraos. Mi vida. De pronto se encontró recordando el final de un soneto de Lope que había oído aquella tarde en casa del poeta, y que concluía:

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.

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