#Aprobado

Esta es otra entrada de esas a las que tengo especial consideración. Quizás es una cuenta pendiente, llámenla como les plazca. Aquella evaluación no fue fácil. Gracia me hace cuando escucho comentarios sobre mí acerca de los suspensos, da igual de quienes vengan. Algunos no tienen ni puta idea (permítaseme el exabrupto) de lo que uno piensa o siente cuando debe evaluar y poner notas.

’Aprobado’ fue publicada el 1 de octubre de 2011. Léanla…

Ya hace tiempo que me convertí en un escéptico a pesar de todo. Y sin embargo, no puedo dejar de defender en lo que creo, con todas sus consecuencias. Luchar por aquello que me enseñaron quienes me enseñaron: padres, maestros y amigos. Pura contradicción, por otra parte.

Así que cuando ha comenzado el nuevo curso aún arrastro cuentas pendientes del pasado. Tengo deudas que saldar, o al menos motivos suficientes para dar alguna que otra explicación aunque no se me pida. En cierto modo, es una especie de autoevaluación como lo llaman ahora los teóricos de la tiza. Porque a veces esto de dar clase resulta demasiado complicado. Y no me refiero a explicar el absolutismo monárquico o por qué narices nos despellejamos vivos en la guerra civil española. Lo difícil de verdad, créanme, es vacunar con inyecciones de valores a los hijos de esta sociedad enferma y cancerígena que se encuentra al borde de la metástasis.

Sobre todo, se me hace tremendamente tortuoso cuando me encuentro con alumnos —siempre los hay, al menos de momento— que en el terreno ético y moral poco tengo que enseñarles que no sepan. Esa gente noble que viene ya educada de casa, que guarda las formas, que no desafía, que simplemente escucha, acepta las normas, comprende o asume que quienes están sobre una tarima, tienen el derecho de ser respetados por habérsela ganado. O al menos, el derecho de la duda. En pocas palabras, me refiero a esos chicos de quince años ya cívicamente maduros, que abandonaron la rebeldía que desbordan otros compañeros de aula. Dibujo mentalmente durante estos días esta escena en la cabeza, así que dejen que les cuente un poco sin nombre ni apellidos.

Me figuro que se despertó con un nudo en la garganta, el corazón intranquilo y apenas pudo engullir un vaso de leche y un bocado de tostada. Los nervios le robaron el apetito y su estómago se cerró. Septiembre, otra vez las malditas notas. Corriendo hacia el instituto, los mismos compañeros de siempre. El guaperas de orejas con brillantes, la chica megaguay que vacila de la ropa que le compran sus padres, el que dice “paso de todo”, la que pasa de todo de verdad, el aburrido, la modelo, el perezoso. Todos en la entrada del centro. Cada loco con su tema. Parece que se lo pasan chachi. Y ella que cruza esa puerta, el pulso cada vez más acelerado. Seguía sin comprender, todo un año esforzándose, qué carajo tenía que ver con toda esa clase de gente. Por qué le había tocado estar allí. Por qué un suspenso la hermanaba con quienes no dan un palo al agua. Después de tantos sacrificios; al final el mismo resultado.

Intento borrar de mi imaginación cómo el mundo se le cayó encima cuando logró localizar en el tablón que su nombre figuraba en esa lista de nuevo, que se mezclaba entre todos los insuficientes donde no hacen distinción de esfuerzos, de sacrificios, ni de más gilipolleces. Puso cara de circunstancia como quien no se lo explica, e intentó disimular que era algo que se esperaba. ¿Qué es lo que falla? —se preguntó— En qué me equivoco cuando otros que trabajan menos aprueban… La megaguay dijo que se había pasado el verano entero en la playa con unos primos de fuera. Y le han puesto un cinco.

No puedo darte respuestas. Lo siento, créeme. Quizás argumentaría mil historias que nunca llegues a comprender. La vida a veces es muy injusta y muy perra. Y en el fondo viene siendo frecuente que yo tampoco logre entender nada. Cada vez menos además. ¿Cómo es posible que permitamos que triunfen los jetas, los caras, los trepas, los sinvergüenzas? Y que la puñetera astucia se lleve el gato al agua ahogando los valores del trabajo, del esfuerzo y del sacrificio; única fuente de prosperidad, único medio que con suerte algún día pudiera sacarnos de esta maldita crisis generalizada y global que padecemos, en la que la honradez ha quedado hueca y su significado ha sido pisoteado cínicamente. Permitido por miopes e indolentes que alimentan el sistema, tan culpables como quienes lo inventaron y reintentaron.

Aquí te confieso en mi descargo que hice cuanto pude. Que intenté mantenerme firme. Que me dolió un final triste más que a ti. Pero ojalá tu sacrificio y todos esos suspensos que vas cosechando, te sirvan más que cada uno de los malditos aprobados que mendiguen y rapiñen tus compañeros. Que aprendas con ellos a levantarte, a no rendirte, a familiarizarte con la caída para dar un brinco y avanzar. Que cuando pasen los años, me cruce con una mujer fuerte, y sigas tan honrada como cuando te conocí. Y que te permitas de una vez una sonrisa de felicidad en la boca porque te lo mereces más que nadie. Que sepas que la vida te debe ese aprobado; deja darme el gusto que sea yo quien te lo firme.

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