Ángeles en la guerra

Lo hablaba el otro día con un colega del trabajo; no aprendimos nada de nuestra historia más cercana en la Uni. Ni siquiera había un tema específico al respecto, no digo ya una asignatura. La historia de Málaga se la pasaron por el arco del triunfo quienes diseñaron los planes de estudio. Al menos es lo que recuerdo, es decir, nada. Sin embargo, esto no exime mi responsabilidad a la hora de acercarme a ella, pues no necesitamos de Universidades ni Escuelas para aprender ciertas cuestiones. De modo que en eso estoy, investigando un poco qué pasó en la guerra civil española en Málaga. O mejor dicho: cómo pasó.

Con esto de la fotografía —que tantas satisfacciones me da—, hay una especie de mantra que circula entre los grandes de este oficio: no te vayas a la India, Ruanda, Cuba o Nueva York y haz fotos de tu entorno más cercano. Una idea que comencé a aplicar también a mis inquietudes históricas, y no sé por qué —porque el tema está bastante manido— di a parar en la guerra «incivil» española como algunos la llaman. En concreto a la toma de Málaga por el bando nacional. Estoy recopilando bibliografía de todo tipo y lo cierto es que parezco gorrino en lodazal descubriendo hechos y personajes interesantísimos. Recuerdo un artículo de Pérez-Reverte que advertía de que cuando uno viaja a los lugares de los que ha leído, éstos toman un aspecto o una apariencia diferente, pues uno se imagina a los protagonistas de dichas novelas allí mismo, casi viviendo, y todo cobra un olor distinto, más intenso, más rico. Me está pasando igual, ahora veo en los rincones de mi ciudad sucesos pasados: calle Larios y la Aduana con los tiroteos en julio del 36, la catedral como el refugio de los republicanos, el Peñón del Cuervo por donde cruzaron quienes trataban de huir de las bombas franquistas. Lo bueno de esto es que no hace falta irte a París o a Berlín, en este caso lo tengo a tiro de piedra, sólo he de leer un poco.

Monumento a la Carretera Málaga-Almería, 14 de marzo de 2007 (Torre del Mar)

En esas me encuentro, recopilando información a través de algunas entrevistas con protagonistas de la época, visitando museos, exposiciones y sobre todo, comprando muchos libros. Uno de los que terminé recientemente fue Un boomerang en Jimena de la Frontera, que es de lo que venía a hablarles hoy. Estas memorias sobre la guerra de una —entonces— niña del Campo de Gibraltar, están escritas por Ángeles Vázquez León, quien hubo de escapar junto con su familia desde Jimena de la Frontera, su pueblo natal en la provincia de Cádiz. Desde allí se trasladaron a Genalguacil, Estepona y Málaga, cuando el 8 de febrero de 1937, junto con miles de refugiados, recorrerían una larga travesía con los ojos puestos en Almería. Una odisea que les llevó mucho más lejos: Alicante, Argelia y Francia ya de regreso.

Ángeles con 15 años (tercera comenzando por la izquierda)

Una sociedad que no ha vivido ningún conflicto carece de valores importantes, y en el caso de España basta hablar con nuestros abuelos para darse cuenta. Por muy mal que creamos que estamos, esto era un auténtico caos desde principios del veinte y hasta después del triunfo de Franco. La tensión social, el enfrentamiento y el pistolerismo de la época nos llevaron a un golpe de Estado que desembocó en una guerra con dictadura posterior, sumergiendo a los españoles en la oscuridad. Sin embargo, todas aquellas penurias y calamidades, como las que nos narra Ángeles Vázquez en su libro, sirvieron para forjar a los hombres y mujeres que con su esfuerzo y sacrificio dieron vuelta a la situación. No me refiero sólo a las calamidades materiales y económicas por las que tuvieron que pasar nuestras generaciones antecesoras, sino también, por las renuncias a la justicia y el dolor que soportaron quienes comprendieron a la perfección que el único camino, si de veras queríamos avanzar, era el perdón.

Todos y cada uno de los hechos y anécdotas que se cuentan en Un boomerang en Jimena de la Frontera tienen un gran valor, pero personalmente me quedo con el siguiente: «Es curiosa la vida. Uno de los que venían dándonos alcance, de los que yo venía huyendo durante tantos días, de los que me aterrorizaba caer en sus manos, es hoy mi marido y padre de mis nueve maravillosos hijos. Como ven, nosotros hicimos nuestra unión particular de las dos Españas hace muchos años, desde el cuarenta y cuatro, con muy buen resultado». Como destaca ya desde el prólogo Felipe González: «Sobrevivir a la experiencia era difícil. Pero salir de ella sin rencor parece milagroso».

Dicho lo anterior, no parece que vaya a ser poco lo que se aprenda de la lectura de este libro. Sin embargo, hay mucho más. Otra de mis partes favoritas, esas que tienen el valor auténtico de las personas que de verdad sufrieron lo que nos cuentan: «No vayan a creer que vivíamos todo el día pendiente a los bombardeos. A todo se acostumbra la persona. Mientras esto ocurría, pasábamos mucho miedo, pero una vez que pasaba, la vida reemprendía de nuevo». También me sorprendió bastante el trato recibido por los españoles de otras regiones, por ejemplo: «Aquella buena gente había tenido que revolver mucho para conseguir que nos quedáramos en Alicante, dejaron su trabajo en el puerto y pasaron toda la tarde de un lado para otro, hasta conseguirlo y no paró todo ahí, sino que luego nos acompañaron y nos buscaron alojamiento entre sus familias y amigos, y ropas para podernos cambiar, y alimentos y, sobre todo, algo muy estimable, la confianza en que no todo el mundo quería matar».

Existían, asimismo, otros hechos y personas de menor grandeza moral: «Ingresó un día, venía del frente, estaba mudo debido, según nos decía con sus gestos, a la explosión de una bomba. El médico lo estuvo reconociendo y le dijo que lo tenía que operar, que se preparara todo para la mañana siguiente. Ese día, o sea, el anterior a la operación, yo tenía libre por la tarde hasta la hora de la cena. Cuando volví, al entrar en la sala, oí que me llamaban. La voz no me era conocida, miré hacia donde venía y era el mudo que avanzaba hacia mí muy sonriente, saludándome (…). Me contó que había ido con otros compañeros de la sala a la playa y que él quiso bañarse y se tiró al agua desde lo alto del balneario y que, con la impresión del choque con el agua, empezó a hablar. Todo me lo creí y estaba muy contenta por él. Al día siguiente, salió él para el frente. ¡Menudo susto se llevó con lo de la operación y yo que me había creído lo de la mudez y todo lo demás!». Pero quién cuestiona a esta gente sin haberse puesto en su pellejo. Quién es capaz de afirmar que en su lugar no habría uno hecho lo mismo.

También podemos leer otras historias curiosas como la picaresca de los soldados a la hora de redactar cartas de amor: los ahijados de guerra… «No llegué a conocerle nunca ni por foto. Fue a través de un muchacho de mi pueblo que supo mi dirección. Mi ahijado escribía muy bien, me hacía unas descripciones muy interesantes, muy amenas, con humor, de cómo pensaba, de cuál sería su vida en adelante si salía de la guerra (…) Le pregunté cómo era físicamente, ya que no tenía foto (…) y él me contestó haciendo su descripción. ¡Y aquí terminó todo!… No porque me dijera que era tuerto, cojo, feo, no. Fue porque, en esos días estaba yo leyendo una novela de Jardiel Poncela, creo que era Amor se escribe sin H (…) y él empezó su descripción exactamente igual que la que en esta novela hacía el autor de su personaje. Recuerdo aún que empezaba así: “Soy bajo, bajo, elevado al cubo”. Y así seguía, punto por punto, la misma descripción que yo estaba leyendo en la novela. Resultaba que todo lo que me escribía eran copias».

En estos días que busco información sobre nuestra guerra, momentos en los que incluso he tenido la suerte de hablar con familias que de alguna manera corrieron la peor de las suertes, ya cayesen en uno u otro bando; quiero manifestar mi máximo respeto y mi profunda admiración y agradecimiento. En este caso, especialmente a Carmen Gómez, una de las hijas de Ángeles; quien me ha atendido con una amabilidad exquisita facilitándome este libro de memorias de su madre. También deseo enviar mi agradecimiento a la editorial, en concreto a José Regueira, por su publicación y por haberme puesto en contacto con la familia.

Foto de cabecera: Refugiados malagueños regresando por la carretera de Almería. Archivo Norman Bethune.

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