En la habitación de ‘Abadahemuka’

Me pregunto cuántos lugares como este habrá en el mundo. Lo hago cuando de repente me sorprendo a mí mismo sacando fotos, almacenando un reguero de imágenes por mera inercia como el que ve una iglesia aquí, una estatua de un célebre escritor allá. Clac, clac, clac. Sólo escucho el espejo de la réflex subir y bajar de forma intermitente. Inmerso en la composición, en la luz, en el encuadre, en capturar una expresión que sea diferente a lo que haya hecho antes. De pronto paro. Aparto el ojo del visor y miro alrededor. Lo que veo allí es un cuadro desolador: historias de niños marginados que luchan estoicamente tratando de vivir con dignidad.

Claude, Clarise, Esther, Eric… niños que han sido abandonados por sus padres y por sus hermanos. En barrios con vecinos que creen que sus enfermedades se contagian, o que tienen su causa en algún tipo de maleficio que ha de evitarse a costa de excluirlos en el oscuro rincón de la marginación.

Suelto la cámara sin el convencimiento de que las fotografías vayan a servir para algo. Me siento en una silla que hay en la puerta de la entrada y, ahora con más calma, continuo observando en la habitación de “Abadahemuka”, Los que nunca fallan, traducido del kinyarwanda. Esta es una asociación de discapacitados que fundó en 2006 Gaudence Mukamana, una monja ruandesa que pasó cinco años estudiando en España. Lleva diez en Kayenzi, una especie de aldea perdida situada en mitad de las mil colinas que bañan Ruanda, a cuarenta kilómetros de la capital y casi a veinte de la carretera más cercana. Para acceder a la casa de la congregación de Jesús y María hay que subir, no sin dificultades, en coche o en moto por un camino pedregoso plagado de peligros.

En la habitación de Abadahemuka from novadehistoria on Vimeo.

El centro se ubica dentro del complejo que tienen las monjas. Cuenta con una escuela, aulas para dar formación profesional, huerto, granja, y diversas habitaciones destinadas a las aspirantes a la hermandad y a los visitantes que deseen acercarse. El espacio donde se reúnen las familias y los enfermos es pequeño, está cubierto por esterillas y un par de colchonetas, aparatos para los ejercicios y algunos juguetes que completan el mobiliario. Sin duda un lugar demasiado reducido para asistir a más de los cien niños en las condiciones que se precisan. Por este motivo es que visitan por turnos, aunque es fácil que lleguen a coincidir veinte pacientes esperando a ser atendidos por Hiesron, un joven ruandés que se ha licenciado en Fisioterapia y ayuda con dedicación y una gran sensibilidad en el proceso de rehabilitación.

Casi todos los pacientes que acuden a Abadahemuka tienen problemas psicomotrices causados por dificultades en el parto. La mayoría llegaron sin apenas moverse, no eran capaces de sostenerse de pie o incluso de sentarse. Como cuenta Gaudence, enfermera en el Centro de Salud de Kayenzi: “cuando un niño tarda en llorar al nacer, tendrá problemas; cuanto más tarde, más problemas tendrá. A veces las familias prefieren que muera. Incluso a nosotras nos animan a dejarles morir porque se considera que será un estorbo para el futuro”.

Tal es el caso de Furgence, una niña de 7 años que lleva viniendo al centro desde que tenía cuatro meses. La madre, Valentina, tiene problemas para acudir desde que aceptó la ligadura de trompas en la Planificación Familiar. Su padre preferiría que se muriese y tener otros niños sanos a pesar de que son ya tres el número de hermanos. Gaudence detectó posibles síntomas de tétanos al poco de nacer, por este motivo fue hospitalizada con suero. Posteriormente también ha desarrollado epilepsia y se encuentra bajo tratamiento. Para llegar al centro debe caminar dos horas en unas circunstancias de movilidad notablemente reducidas.

Eric es otro de los más veteranos a sus 9 años. Recibe la atención de esta asociación desde hace cinco, cuando llegó completamente tumbado, sin conseguir sentarse siquiera. A partir de 2009 empezó a mostrar signos de mejoría y hoy nos dedica alegres sonrisas. También sufre una enferdad psicomotriz que obliga a sus hermanos a desplazarlo en silla de ruedas por caminos intransitables y montañosos. Su padre tampoco se ha hecho cargo de él; incluso se niega a darle a la madre el dinero que necesita para llevarlo al hospital. Ella ha aprendido a hacer los masajes y trata de enseñarlos en Abadahemuka al resto de familiares. Nos cuenta que lo más importante es el ambiente, el trato que se respira; un lugar en el que  desahogarse compartiendo el propio dolor.

Ruanda es un país en el que el dolor no se manifiesta, la exteriorización del sufrimiento o el afecto no es común en esta cultura. De hecho se dice que las lágrimas de los hombres deben quedarse dentro, y sólo un árbol considerado sagrado, el umuko, es el lugar donde poder encontrar consuelo para el llanto.

Para pertenecer a esta asociación antes deben presentar un informe médico que documente el tipo de discapacidad. Algunos llegan con distintas malformaciones, infecciones de hueso (osteomielitis), incluso ancianos con que necesitan muletas o se les ha implantado una prótesis. También tienen casos de malaria cerebral, una enfermedad con consecuencias desastrosas. Otros por haber sufrido marasma o malnutrición seca no pueden andar. Los hay que han sido operados y no han sanado correctamente. Sordos, accidentados, hemipléjicos, niños con síndrome de Dawn.

Todo esto me lo cuenta Gaudence delante de un álbum de fotos. Con un nudo en la garganta casi tengo que decirle en varias ocasiones que no continúe. Las imágenes desoladoras acompañan historias que dejan sin palabras a cualquiera. Como la de Donata, con 15 años vive abandonada por sus progenitores: su madre fue encarcelada y su padre huyó no se sabe a dónde.

Antes de la crisis en Europa recibían la ayuda de una ONG holandesa, Liniane Found; pero después de la muerte de la fundadora que lleva su nombre los ingresos han menguado drásticamente. A veces se han celebrado algunos eventos en Málaga para recaudar pequeñas cantidades con la que puedan continuar esta lucha.

El caso que me deja sin fuerzas es el de Claude, un niño epiléptico que en septiembre cumple dos años. Literalmente parece un muñeco de trapo. Su mirada perdida, desviada por el estrabismo, desgarra todas las conciencias. Hiesron lo introduce en un barreño de plástico pero es imposible, no se sostiene. Su cuerpo exiguo se balancea a los lados como si fuera una pelota que rodase por él. Como si no tuviera vida. A veces llora cuando tiene hambre. Y de su boca cuelgan hilos de baba todo el tiempo. A él lo trae su abuela, Generoza. Lo hace desde hace seis meses. El padre lo ha visto sólo dos veces, y su madre lo abandonó para irse a Kigali a buscarse la vida. Abuela y nieto viven solos de lo que la anciana puede cultivar. La microcefalea que padece ha sido lo que le ha provocado todos estos síntomas imposibles de disimular. Aunque en el tiempo que lleva recibiendo los masajes, la mejoría comienza a vislumbrarse. La primera vez que acudió ni siquiera podía abrir la mano y ahora su cuerpo parece más vivo. Está delgado, pero Geronza dice que no tiene problemas de alimentación. Suele comer una mezcla de cereales de sorgo, soja, maíz y leche llamada sosoma.

El sueño de Gaudence es conseguir que alcancen el mayor grado de autonomía: que aprendan a sentarse, a coger una cuchara, a caminar aunque sea con el apoyo de unas muletas. A muchos les ayuda para continuar sus estudios o una formación que les prepare para un oficio, algo con lo que puedan ganarse la vida. También tratan de concienciar a la comunidad para que vean este tipo de problemas como algo natural, un problema que sólo requiere  tolerancia y tratamiento.

La hermana no duda en admitir que las prioridades son económicas, pero también necesitan que médicos o fisioterapeutas dispuestos a echar una mano acudan para mejorar la atención que reciben los pacientes; hay tanto trabajo por hacer que Hiesron se encuentra desbordado. “Todo aquel –me confiesa con esa media sonrisa- que no se crea lo que aquí sucede, que venga y vea nuestra realidad”.

¿Cómo puede haber lugares olvidados por su propio gobierno y por el resto del mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos permanecer impasibles ante semejante dolor ajeno? Apunto estas palabras en mi diario y lo cierro impotente.

Claude, Kayenzi, Ruanda (2014)

El pequeño Claude realiza sus ejercicios en Abadahemuka, la asociación de Gaudence para ayudar a los disminuidos físicos y mentales.

Concluía Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás que: si sólo te dedicas a ver fotografías en las que se muestre el dolor ajeno para no hacer nada, sólo eres un mirón. Pero el problema es el sigue: No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad. Es lo que cada soldado, cada periodista, cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad. Y tiene razón.

Quien desee ayudar a esta organización que se ponga en contacto conmigo a través del correo electrónico novadehistoria@gmail.com o vía Twitter @novadehistoria Se están proyectando varias actividades que tendrán lugar durante este invierno en Málaga, pero las puertas están abiertas para todo tipo de colaboración.

Sólo compartiendo en las redes sociales estarás apoyando esta iniciativa. Gracias por contribuir.

3 Comments En la habitación de ‘Abadahemuka’

  1. María (Mil Colinas)

    Impactantes historias, duras realidades, mujeres increíbles… Como Gaudence, como esas abuelas y madres que luchan en Rwanda por sacar adelante a sus hij@s y que les quieren, aunque el mundo les de la espalda… Gracias, Rafa…

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    1. Rafa.

      Imagina estar allí. Luego dices en clase que es difícil que me comprendan y algunos se piensan que es chulería. En fin. Imagino cómo deben sentirse gente como Pampliega, Gervasio o el propio Reverte, que han visto tanto, situaciones que ni podemos hacernos una ligera idea. Situaciones que crean mellas que se graban en la cabeza para siempre. Es muy duro, sobre todo porque llegas aquí y la gente te mira con cara rara cuando no le hablas de Tele 5 y toda esta mierda. Tenemos que viajar más, ya lo sabes; lo hablamos en aquellas noches en Rukara.

      Un abrazo.

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